Trepar

los hilos que cuelgan de la ventana

se escaparon de tu vestido

ese rojo con negro que ahora te tapa poco

te veo lejos como antes

como siempre

como antes

yo quiero trepar pero el peso no me lo permite

Melodía

En la jaula

canto para vos.

Me miras y te pico.

El tiempo se va achicando,

se convierte en arena,

hueso molido.

 

Te pico

porque es media mañana

y la historia se pegó en la arena húmeda.

Porque fuimos felices,

con la mano en la cintura,

y cruzamos el vidrio de la entrada.

Coreografiamos el día

y la jaula

y el filo.

 

Voy hacia adentro con la voz.

Te canto.

Te dejo en la tierra

que bebe la melodía.

dientes de mar

Se despide de los días nublados como de papá en la siesta.

Lleva colgado un nombre, estrena mano y vientre.

Extraña la arena de otra playa, lava caracoles como dientes de mar.

Botellas

estacionar botellas

una al lado de la otra

mirar a través

recrear el mundo

verde

marrón

translúcido

estacionar botellas de noche

todas vacías

todas bebidas

pero la pena

se instala no ya en la carcasa

que se libera el genio

estacionar botellas con pena

muere el día

las líneas blancas me dibujan

rastro blando

la mirada del otro

 

de este lado la geografía cambia

 

río de rastro oscuro

el suelo blanco de sal

duelo

de noche

 

muere en la luz

manta de azucar

en una manta de azucar

acostado boca arriba

la barba le crece

entre el sonido

del sorbo lento

y el beso que erró de mesa

 

salta las partes extraordinarias

 

nace el día

en la mesa una frutilla

nace el día

dos nubes más

y se tapa el cielo

alas de arroz

tallo de cuerpo enlazado

a través de la lluvia

y las migas

golpes

el fuego es dos golpes

secos de piedra lisa

como las pieles

como el silencio

 

rompe la siesta

rompe la frontera

secos golpes de fuego

amarillo

Como un diario amarillo, soleado

como las luciernagas que se prenden y apagan

son las tardes, las horas, el llanto.

como tierra helada

se rebela el sol
revela
mareas de números
que se llevan al pecho
como tierra helada
duele el cuerpo
como duelo la palabra
los perros que gobiernan mi siesta
aúllan a una piedra
que se parece a otro mar

notas de agua

toco el espacio que ocupo
soy carne a pesar de la muerte
putas gotas de aire
habitan todo
corren 
con el color de la noche
las notas de agua
sonoras
miden el tiempo
lo ajustan al paso
 
las notas de agua que se pierden
soy también esta muerte

Piedra del río que pincha

 

j

 

 

 

 

 

Piedra del río que pincha
En dos tiempos con pausa
las piedras rebotan entre sí
para acariciarse.

Pincha el río marrón.
Borda piedras sin hilo
escapando de la fuerza brutal del pasado.
Construye un río nuevo en cada corriente,
en cada luz.

Pie descalzo,
nube que viaja,
pájaro, hoja.

Todo en el río.

Ema

No tenemos auto. Vamos a todos lados en colectivo, en tren, subte o taxi. Para ir de vacaciones primero tenemos que tomar un colectivo hasta la estación, el tren y después otro colectivo más hasta la casa. Ema esta pesada. Mamá nos lee los libros que elegimos, nos habla, contamos cosas, animales. Ya no aguanto más. Pasamos por un lugar con el tren en dónde los pastos son altísimos y la ventanilla hace de cortadora y nos llenamos de pastos chiquititos que pican. Y el tren entero se llena de bichos. Con Ema gritamos y papá nos tapa con los abrigos, y como no dejamos de gritar nos reta. Mamá prefiere viajar de noche así dormimos. Pero no había tren de noche. Mamá también se pone pesada cuando viajamos. Antes de salir rezonga por lo que no encuentra, por lo que no cierra; después de salir, por lo que se olvidó, por lo que trae de más y le pesa… Ema habla fuerte. Todos la miran, le da vergüenza y se abraza a mamá.
Tardamos 9 horas en llegar.
Llegamos. Mamá y papá alquilaron una casa alpina. Parece de un cuento. Tiene muchas flores en la entrada y atrás un jardín grande con árboles. Corremos por la casa de una habitación a otra mirando los muebles, los espacios, las ventanas y por supuesto eligiendo camas. Arriba están los cuartos y abajo el comedor y la cocina. Nos empujamos, Ema salta de la emoción. No perdemos ni un minuto, hay sol, nos ponemos la malla.
Papá y mamá nos miran desde el sillón y piden tiempo técnico, pero se ríen.

Con las ojotas puestas Ema salta sobre los caracoles blancos. El ruido que hacen tapa el de la fritura de los cornalitos.
Hay olor a sal. La playa se vuela con el viento.
Sentada en la piedra más baja veo los pies descalzos de la gente. Los chicos todavía no me encuentran, la playa es grande y Ema sigue saltando. Escucho las voces de papá y el tío. Están friendo con la garrafa más atrás.
Tengo ganas de que me encuentren para correr hasta la piedra grande. Soy rapidísima.
Como gano siempre, quieren que pierda.
Ema mira apenas hacia arriba y me doy cuenta de que se acercan. Me levanto y empiezo a correr. Salieron a buscarme. Lo veo a Joaquín. Me ablando y por mirarlo caigo en la trampa de caracoles blancos que preparaba Ema. Descalza empiezo a saltar para salir de tanta punta.
Llego tarde a la gran piedra.

Abajo de la sombrilla me miro los pies. Los caracoles blancos de Ema me dejaron cortes pequeños, medianos y grandes. Mamá dice que vaya al mar, que el mar lo cura todo. Pero lo que siento no lo cura. Ema apoya la cabeza en mis piernas y le acaricio el pelo. Se siente mal, la trampa no funcionó. O si, pero conmigo. Hay viento fuerte. Cierro los ojos.
Ema me pregunta si vamos a buscar almejas y me parece una idea espléndida. La arena seca nos quema y la que vuela nos pica. Cuando llegamos a la parte húmeda, solo nos ocupamos de las almejas. Hacemos agujeros profundos, pero las almejas no aparecen.
Papá nos llama a comer.

No me gusta el pescado. Los cornalitos no parecen pescado. Fritos se ponen crocantes y con Ema jugamos a ver quién hace más ruido. Mamá acá no nos reta, mira el mar. Nos comemos la parte de atrás. Las cabecitas se las damos a papá que dice que son ricas.

Los demás se fueron al camping. Yo no quiero volver a la casa.
Una araña hace cuevitas, se hunde en la arena y vuelve a salir diez veces contadas.
Con Ema nos enterramos hasta el cuello lejos de esa araña. Muy lejos de nuestra voluntad aparecen otros bichos no identificados. Corremos al mar a sacarnos arena, bichos y calor.

Hace frío. No quedó nadie en la playa. Ema tiene el pelo duro, yo también. Mamá nos pone unas vinchas para volver a la casa. Me pica la cabeza.
No quiero caminar. La calle es de piedritas grises que se meten en la ojota.
Papá le hace cococho a Ema. Me quejo, a mí quién me lleva. Ema se duerme en los hombros de papá y la cabeza le cuelga. Papá dice “a mí quién me lleva”.
La casa tiene la entrada y el fondo con pasto verde. De noche está mojado.

Mamá llena la bañera y nos mete a las dos en el agua caliente. Primero quema, Ema llora y mamá le juega con el único patito que metió en el bolso, y al rato se le pasa. Mamá va a preparar fideos.
Abajo del agua el pelo se pone largo, se deshacen los mechones y jugamos a la sirenita. Yo soy la sirenita, Ema es mi hermana. El pato se vuelve pez y la bañera barco y Ema caracol y viene mamá a sacarnos. Ema llora otra vez. La salida de baño me raspa. Tengo los hombros colorados. Llenas de crema, con la ropa que se pega empieza la peor parte: desenredado, ahí si lloro. Papá me abraza.
No se si llego a los fideos.

Me despierto primera. Bajo. Afuera, el día nublado. La casa sin sol tiene olor a humedad.
Está todo tirado como lo dejamos anoche.
Los sillones de cuerina negra se me pegan en las piernas. Por la ventana lo veo pasar a Pancho. Salgo y lo acaricio, se frota contra mis piernas y me lame las manos.
En el camping era distinto. Salía de la carpa y siempre había alguien para jugar. Bajábamos al arroyo a encontrar sapos o a caminar por las raíces, en silencio para no despertar a los que dormían en las carpas.
Al que deseaba ver era a Joaquín. Juntos buscábamos las gatas peludas que caían en los sobretechos de las carpas y las tirábamos a la tierra con palitos o ramas. Cada gata peluda corría una suerte distinta según la mañana.
Si sigue nublado hoy no vamos a la playa. No lo voy a ver.
En la casa alpina papá y mamá duermen hasta que Ema los despierta.
Mamá está linda. Me gustan la malla y los vestidos que usa.

Papá nos lleva a un lugar, lejos de la playa. Va a pescar.
Mamá pone las reposeras cerca de la orilla de un río color marrón, lo más lejos posible de los pastos altísimos. Me doy cuenta de que a ella tampoco le gusta ir. Camina inquieta y mira para los costados con las manos en la cintura. Nos llena de off y protector solar y después nos manda a jugar sin hacer ruido, porque si no se asustan los peces. Con Ema vamos de la mano entre los pastos a buscar bichos.
Metemos los pies en el agua porque aunque está nublado hace mucho calor. Primero no nos gusta. Los pies se resbalan en el fondo que no se ve, siento entre los dedos la cremosidad del barro. Mamá nos hace bajar la cabeza y nos moja la nuca. Papá nos reta y dice que le ahuyentamos los peces con tanto ruido. Igual nunca pesca nada.

Las salidas de baño son blancas, tienen bordes rosas con lunares blancos y bolsillos. Nos sentamos a comer sandwiches en una manta. En la heladerita naranja mamá también trajo agua muy fría y cerveza que toman ellos dos. La caña de pescar quedó puesta en una base por si pica algún pez. Papá abre una valijita y se pone a mirar los anzuelos y las plomadas. Con Ema nos abalanzamos para ver los que tienen plumas o formas raras. Papá nos presta uno a cada una.

Día de sol de febrero, carnaval. Salimos de la alpina a las once. Antes de ir al mar pasamos por el centro a comprar el almuerzo y bombitas de agua. Le pido a papá casi de rodillas que vayamos a la playa del camping. Por el camino de piedras grises nos acompaña Pancho.
Llegamos. La arena es más fina y quema. Estiramos la manta rayada cerca de las rocas altas que nos gustan a Ema y a mi, porque todavía hay lugar. No veo a nadie conocido. Mamá nos lleva al baño de Cocoloco a cargar las bombitas de agua y ponerlas en nuestros baldes de playa. Papá se va a caminar con Pancho que cada tantos pasos se mete al mar saltando y mordiendo el agua.

Tengo la malla turquesa que me regaló la abuela; Ema, la verde. Son casi iguales, pero a mí se me mete uno de los lados en la cola y hago movimientos raros tratando de sacarla. Nos da gracia. La malla roja es más cómoda, pero estaba mojada.
Después de la milanesa humana viene el mar. Está frío. Vuelvo y mamá me espera con el toallón de princesas, me envuelve y me siento al lado de ella hasta que empiezo a secarme como iguana. Primero me separo un poco de mamá, me saco el toallón y espero a que la sal del mar se ponga blanca en las piernas; después salgo corriendo.

De lejos veo llegar a Joaquín con los nenes del camping. Traen baldes, más grandes que los nuestros.
Con Ema pensamos tirarles de sorpresa. Nos subimos a la roca para atacarlos desde arriba y empieza la guerra.
La primera bombita se la pegamos en el brazo al de la carpa verde, todos se ponen alerta y buscan de donde vino el tiro, y nos encuentran…Cuatro contra dos ya es desleal y más cuando la segunda es Ema, que les llega a la cintura.
Recibimos los bombazos con dignidad, resistimos y les acertamos muchos lanzamientos. Cuando ya nos quedan apenas dos bombitas de agua, recibo en la espalda el tiro que desencadena el llanto.
No me gusta llorar. Pero esa no era una bombita común, era un arma pensada y preparada maliciosamente. La bombita con arena duele. Determina la suspensión de la batalla.
El dolor más grande es saber que el responsable es él. Fue Joaquín y yo, llorando a moco tendido, con la espalda echa fuego, no entiendo.

Tiro dos veces los dados. Dos generalas seguidas. Se termina la partida y nadie más quiere jugar. Entonces armo edificios con el dominó de madera. Ema rebota de una punta a la otra del comedor haciéndose la bailarina. En la corrida me tira la parte linda de la casa que hice para la playmobil roja. Lloro, lloro porque todavía me duele lo de la espalda, porque está nublado y sobre todo porque Ema me molesta, tira todo y le pego. Y llora. Mamá nos reta; pero más me reta a mi, porque soy grande y entiendo.
De la bronca que tengo me siento en el sillón y miro para afuera, Ema me habla y la ignoro.

Paró de llover. Papá está sentado en el umbral de la casa. La lluvia dejó todo mojado. Me siento con él. Silencioso mira lejos. Trato, pero es imposible estar callada, y le pregunto qué le gusta más si nuestra casa de Buenos Aires o ésta, si de chico fue a la playa y cómo eran los abuelos. Contesta, pero cortito, hasta que aparece un sapo que busca comer los bichos que se juntan alrededor de la luz de entrada. Lo agarro. Si te hace pis te mancha la piel dijo el de la carpa azul. No le creo. Intenta escaparse pero lo tengo fuerte.

 

Entramos a Cocoloco y con Ema empezamos a correr entre las mesas. Mamá elige la mesa de la ventana. Nosotras la vemos pero seguimos corriendo. Mamá nos llama una vez, dos, tres y en la cuarta, mientras pronuncia nuestros nombres completos, se levanta y ahí si nos acercamos. Me siento al lado de la ventana y Ema se enoja. Llora y mamá dice que en un rato cambiamos y yo digo que no. Aunque sé que es mejor no decir que no, digo que no, que me senté primera. Y eso trae como consecuencia que mamá me hable de compartir y que por qué soy así con Ema que es chiquita…
Agarro un sobre de azúcar, una servilleta y empiezo a envolverlo. Soy vendedora. ¿Qué quiere? Mamá me pide una cajita de chocolate, envuelvo dos sobres de azúcar para que tenga volumen. Envuelvo otro de bombones, le cobro dos pesos.
Llega papá y se sienta conmigo. Me pregunta por qué me quiere tanto, por qué soy tan linda y lo abrazo. Por la ventana se ve la cancha de voley y más atrás el mar con el cielo nublado.
Ema se quedó dormida y la está babeando a mamá.
Bajamos a la playa de la casa que es más aburrida, pero no pedí ir a la del camping.
Papá nos lleva al mar. Mamá se queda en la reposera mirándonos fijo. El mar la preocupa.
Ema va a cococho y yo de la mano. El agua está helada y nos revienta en la piernas; gritamos, aunque Ema no se moja. Todo está bien hasta que la ola gigante me tapa, arrastra, raspa y deja tirada en la orilla. Con la malla por cualquier lado. Mamá viene corriendo, me abraza. Trata de sacarme la arena pegada, pero el agua salada me arde en los raspones. Papá no se explica cómo se soltaron las manos y Ema quiere ver.

Vamos a caminar por los médanos. Entre la arena crecen unos pastos gruesos que pinchan los pies y más allá las rocas también. Somos espías. Nos escondemos atrás de unos yuyos altos y desde ahí vigilamos la playa, la orilla. Una señora se moja las muñecas y la nuca, como la abuela Ahydeé; dos chicas juegan a la paleta, pero no le pegan nunca. Mamá y papá están en la manta, hablan, se dan las manos y cada tanto un beso. A Ema y a mí no nos gusta que se besen y nos tapamos los ojos, pero un poco espío. Mamá dibuja la arena con los dedos y cada tanto lo relojea a papá que tira caracoles al mar. Papá le dice algo, mamá se ríe, él la abraza fuerte, le pasa la mano por la cola y con Ema gritamos. Entonces mamá empieza a mirar para todos lados con cara de loca. Nos tenemos que hacer ver para que no se asuste y cambiar de juego, porque no tiene gracia ser espías así.
Son las nueve y llegamos temprano a la playa. La espuma del mar es tan blanca como el día que me tapó la ola gigante. El sol me hace picar los ojos pero si me rasco los lleno de arena y lloro. Nos sentamos en la manta violeta. Mamá prepara el mate y saca la bolsa de bizcochitos de grasa. Nos abalanzamos con Ema y con papá. Aparece colado un cuernito y lo gano en la lucha. Ese es el más rico.
A esta hora la playa es nuestra. Pasa de vez en cuando algún caminante o corredor y nos miramos, papá le cabecea un hola y sigue. Es linda la playa a esa hora.
Cerca de las once otra familia se instala al lado nuestro. Papá se fastidia y dice fuerte ¡con toda la playa que hay! Mamá lo chita y lo mira con ojos grandes.
Los vecinos tienen hijos. Empezamos a mirarnos.
El estudio dura unos minutos y los cuatro corremos al mar.
A Ema le compraron un salvavidas. Es un aro con un caballito en el frente. Lo nombró Popolillo. No se lo saca. Le habla. Yo elegí unos flotadores para los brazos, amarillos con flores rojas.
En el mar los vecinos le dicen a Ema que es una bebita y yo la defiendo. Los empujo y uno de ellos me pega.Le digo que es un tarado.
Despues llegan los nenes del camping, entre ellos Joaquín. Sin decir nada nos vamos a jugar y los tarados de los vecinos quieren jugar con nosotros. No los dejo. Les cuento a todos los demás que se burlaron de Ema y eso los sentencia a destierro.

El centro está lleno de luces. Corremos por la calle asfaltada. Mamá nos puso a Ema y a mí las sandalias blancas y un saco de hilo. No nos deja sacarnos el abrigo y estamos con los cachetes colorados. Arriba de la ropa Ema lleva a Popolillo.
Nos sentamos en una mesa afuera y mientras esperamos la comida juego a que soy doctora y le envuelvo el brazo a papá con las servilletas. Cuando me canso acomodo el aceitero sin que me vean porque no se puede. Doblo y desdoblo servilletas y Ema me copia. De vacaciones comemos bien. Comemos todo. Terminamos rápido y vamos a jugar a la entrada del hotel que está al lado del restauránte. Sin alejarnos. Como es de noche, el pasto está mojado y hay sapos. Agarro uno y la molesto a Ema, se lo pongo cerca y grita la boba. Pero no se va. Viene mamá y me explica que ella es chiquita, que no le tengo que hacer esas cosas y yo le digo que me molesta, que está encima mío y no me deja hacer nada. Paciencia es la palabra final.
La vuelta a casa por el camino de piedras grises es dura. Estoy cansada y no quiero ni cantar ni mirar estrellas. Quiero que me lleven a upa.

Nos quedan tres días de vacaciones. Vamos a tener que volver a casa.

El mar está helado. Con Ema nos quedamos acostadas en la toalla mientras mamá toma mate en la reposera. Nos mira. Nos mira con cara de algo lindo, pero rara. Después de esa cara viene el que si sabemos cuánto nos ama y lo lindas que somos. Piensa. Papá sale del agua y se sacude como un perro adelante nuestro, nos salpica y se ríe. Ema y yo le hacemos tomas de karate y se cae en la arena. Entonces otra vez va al mar a lavarse. Vuelve y se sienta con mamá. Le da la mano y mamá se queja de que está frío y la moja.
Con un palito rasco la arena, dibujo una flor con pétalos redondos, un centro chiquito y tallo largo. Dos hojas grandes a los costados con forma de gota. De una cueva en la arena surge un bicho, justo en el centro de mi flor. Lo toco con el palo. Es rápido, empieza a subir por la madera y del miedo tiro el palo, grito, doy un salto con pisotones sobre Ema que llora. Los bichos me dan miedo. Como la vez del barranco y la abeja. Casi me caigo.

Ema y un nene buscan patas de cangrejo. Cuando las encuentran me corren porque me da asco. Bueno, al principio me da asco. Después los ayudo y hacemos una torre de patas de cangrejo. Los grandes nos miran.
Uno de los cangrejos huele muy mal, papá dice que se murió hace poco. Entonces le hacemos una tumba. Cavamos la arena, lo acostamos en el fondo y lo tapamos. Buscamos una piedra grande y la ponemos como lápida.
Ema ya no me molesta tanto. Está con el nene. La cargo, le digo que gusta de él. Se enoja, se pone colorada y empieza a llorar. Mamá me reta, basta.
A la noche comemos asado en la casa alpina. Después salimos a ver si encontramos los sapos. Hay lechuzas, ruido de grillos, pero sapos no.
No nos desanimamos, porque hay caca de sapo, dice papá. Tiene aspecto de caca de gato, pero nos convence y seguimos buscando.
El jardín tiene plantas y árboles en los contornos. Revisamos cada hueco. Hoy los sapos no están.
Día de playa. El mar y la arena están llenos de algas. No me gustan las algas. Son horribles y olorosas.
Mañana, último día de playa y a mi me duele la panza.

La arena está linda. No hay algas a la vista. Corremos sin parar. Las olas, la pelota de las paletas. Ema me acerca alguna pata de cangrejo. Escapo, solo por jugar porque ya no me da miedo. Nos quedamos hasta las ocho.
No nos queremos ir.

Se fueron las vacaciones.

Armamos los bolsos. Mamá ya esta nerviosa. Se pone a limpiar la alpina porque hay que entregarla bien.
No dejamos nada. Nos fijamos si hay algo abajo de las camas.
Quedan los cepillos de dientes, que es lo último.

Otra vez colectivo, tren, subte o taxi.

Casa.

 

 

 

 

Infancia

Pura historia

Soy la cuarta de cuatro hermanos.
Nací en octubre de 1976.
Cuando se casaron mis papás, construyeron su casa sobre la de mis abuelos Ricardo y Clarisa (y Eduardo Sánchez).
La casa de mis abuelos era muy sencilla, pero tenía el patio y el limonero, con su brazo extendido. Yo me dedicaba a sacarle esos bichos blancos con panza rosada que lo atacaban por temporadas y por supuesto los examinaba.

Puedo volver a momentos precisos de mi infancia.
Al cuartito.
Cierro los ojos y abro la puerta. De este lado claridad, adentro oscuro.
Manoteo la llave de luz antigua. Una lamparita aparece colgando del centro del cuarto. Está la silla de madera con ruedas y las herramientas.
El patio, los dos galpones y el cuartito

Es así todo el año. El sol se niega a irse.
La parra proyecta sobre la mesa azulejada sombras claras, oscuras.
Paso horas sentada dibujando espirales en un libro de actas.
Las espirales forman una red, se tocan en sus lados y convierten las hojas en un campo poderoso.
Dos veces no. No es un patio cualquiera, no es cualquier cortina. Es justo esa de plástico en tiritas de colores.
Y en el patio esta el fondo, el mundo adentro del mundo.
Los cambios y las nuevas adquisiciones en este sector de la casa los trae Eduardo Sánchez, el mejor juntador de objetos útiles para la creatividad de un niño. Él clasifica, ordena, distribuye los tesoros en tres sitios: el galpón, el galpón cerrado y el cuartito.

El que más me gusta es el cuartito. Ahí había trabajado mi abuelo. Es el más misterioso.
Está la silla de madera con ruedas.
A pesar de la acumulación exagerada de objetos, sigue siendo un cuarto.
El centro de creación de perfumes de mi hermana Lory y mio.
Molemos las flores de la abuela, mezcladas con alcohol y con algún perfume de mamá, para darle algo más que olor a naturaleza alcoholizada.
Las preparaciones son colocadas en los pequeños frascos aceiteros que trae Eduardo del bar y guarda en el mueble de madera, gigante. Adentro también hay: una máquina registradora, hormas de zapatos, libros de actas, pedazos de un motor y un libro de historia antiguo.

El galpón cerrado me da miedo. No es diferente en esencia de los otros, pero el clima es raro, un poco más oscuro y pequeño. Solo entro si busco algo desesperadamente. A veces está con llave.
El galpón abierto es para la creación, me paro en frente del banco de trabajo, abro el cajón y todo tipo de herramientas, clavos, tornillos se despliegan sin ningún orden. Todo para mi.

La Abuela Clarisa

Mi abuela Clarisa es bajita, tiene poco pelo blanco peinado para atrás.
Es una gallega maciza.
Exagerada, dramática y picarona.
Con los años se le formó una joroba.
Me cuida todo el día.
Ama no con las palabras, con la comida.
Anda de la cocina al comedor trayendo y llevando fuentes. “¿Te sirvo?, en la cocina hay más” y no comer es despreciarla.
Tiene esa heladera antigua, redondeada y blanca, con manijas grandes de metal (como las de los negocios) que suena en toda la casa cada vez que la cierra.
En la cocina las fuentes del horno son negras, pesadas y tienen toda una cobertura de años cocinados. La mesa del comedor es de madera y tiene un mantel de hule con flores para protegerla. Las cortinas son marrones caladas y no combinaban con nada, pero a ella no le importa.
Usa delantales de cocina que tienen bolsillos y juega adentro con los dedos.
Tiene las manos gastadas, tibias, llenas de líneas.
Saben acariciar distinto esas manos. Me gusta como las mueve, enteras.
Las deja caer en la falda y dando golpecitos me llama a sentarme con ella.

Clarisa lleva siempre ropa vieja, manchada. Guarda la ropa linda para salir. No sale casi nunca.
En el ropero marrón, madera, está el sobretodo verde, el vestido blanco y gris con flores grandes que usó para el casamiento de mamá y las cajas con las tres medallas. Un tesoro. En su habitación está la cómoda. En una de las puertas está la comida empaquetada, latas, y en otra puerta papeles importantes. El medio, vacío.
La cama es antigua, con el colchón de resortes desvencijado y el cubrecama de seda que ya no tiene un color definido. En la cabecera, arriba, está el cuadro de Jesús rubio con barba y pelo largo, que mira. A los costados, las mesitas de luz. Entre la madera y el vidrio, fotos del abuelo, de Constante y estampitas de la virgen.

Eduardo Sánchez

Eduardo es el sobrino de mi abuelo. Llegó de España a los 18 años.
Ama España. Cuenta que cuando llegó quería tocar el saxo, pero no lo hizo. Trabajó de sodero, panadero, y ahora es mozo. No es un hombre alegre, todo lo contrario, es más bien malhumorado, gritón y triste.
Cosas que le gustan a Eduardo: la música gallega muy temprano, las herramientas, arreglar cosas (con su propio estilo), el vino y las cartas.
Se pasea en camiseta, todo el año. Tiene la panza más redonda y dura que jamas vi.

La historia de ellos

Mi abuelo Ricardo trabajaba sentado en el cuartito, sellando bolsas después de perder la pierna. Tengo dos o tres imágenes de él, mías, las demás son prestadas de mi hermana mayor o de alguna foto vieja. Dicen que fue alto, buen mozo, sereno, pero sobre todo bueno. Se me aparece el enfermero gigante que venía a darle inyecciones, me acuerdo. El abuelo tenía cara de dolor, pero no se quejaba.
Ya no está la máquina de sellar bolsas, y de él queda algún chaleco y la silla de madera con ruedas.

Me contó mi hermana Daniela que la abuela Clarisa y Eduardo se enamoraron cuando el abuelo aún vivía.
Como si supiera, Ricardo se enfermó y vino lo de la pierna. Estaba en la casa todo el día. Cantaba siempre una canción de ojos negros. Miraba. Testigo.
Después murió.
Pero la abuela estaba triste, decía mamá. Entonces yo me pasaba el día entero en su casa y las noches también. Porque la abuela estaba triste, decía mamá.
Eduardo estuvo a punto de casarse una vez. Pero a la abuela no le gustaba esa señora.
Hace un tiempo Eduardo se lastimo la misma pierna que el abuelo, y lo atendió Clarisa como años antes había atendido a Ricardo.

Los venticinco

Los 25 al mediodía se festejan en lo de Clarisa con toda la familia de Isolina (la hermana de Clari), su esposo Carlos, Carlitos Jr., con Raquel y los 4 hijos.
Son muy divertidas las navidades, jugamos y nos peleamos de lo lindo.
Cuando la fiesta está terminando, Eduardo se aparece en el patio con un sobretodo negro que lo cubre por completo y arrastrandose en cuatro patas nos asusta con ruidos espantosos. Todos corremos y gritamos escapando de la criatura, hasta que decidimos el momento para treparnos juntos sobre él, que se sacude entre carcajadas y temblores.

Papá

Papá colecciona cosas. Latas de gaseosas, discos, CDs. Todo en cantidades. En una época se le da por tener pájaros cardenales. El lavadero está lleno de jaulas, de ruidos. Otra época, peces. El living se tapiza con peceras. Después llega su pasión por comprar libros de todo tipo, de geografía, de historia, de música y de arte. Libros maravillosos. Tardes enteras mirando al Bosco, Gauguin o Van Gogh.
Mi papá se llama Eduardo, como su tío, el que había trabajado con Evita y según Dany estaba enamorado, pero mi papá dice que no. No es para nada peronista.
Ahora colecciona mates.

Popolillo

A mis tres años, en la playa, mamá me compró un salvavidas. Popolillo.
Todo el año siguiente, Popolillo y yo éramos uno.
Era un aro celeste con lunares y tenía un caballito en el frente.
No sé qué pasó con Popolillo.

Mamá

Con mis hermanos jugamos a ser los Ingalls.
Mi mamá es cariñosa y sacrificada. Le tocó trabajar mucho.
Se casó muy joven.
La preocupación por nosotros no la deja dormir.
Las reuniones de amigos de los cuatro se hacen en casa porque ella prefiere tenernos ahí.
No se enoja casi nunca. Pero si se enoja… Es irónica.
Templada. En cada época distinta.
Preocupada por mis impulsos.

En casa hay mucha palabra política. Los domingos hay debates permanentes, discusiones eternas. Pocas palabras de las otras.

La primera lectura es de Lory

Nuestra habitación es en un altillo. Las tres camas rodean las paredes del cuarto. Tiene una ventana por la que se ve el patio de la abuela y el limonero.
Lory es la primera persona que me lee un cuento. Ahí en la cama, recostadas, ella va tejiendo palabra por palabra. La historia crece con una mujer enferma. Nadie sabe qué le pasa, ni el doctor, ni su marido. Yo escucho la historia con miedo. La tapa del libro tiene hojas, verdes, amarronadas, y el título está en rosa fuerte. El marido destroza el almohadón y ahí está lo que le causa la muerte a su mujer. Me pego al cuerpo de Lory, las dos nos alejamos de la almohada, y ella, como aquella vez en el cine, me abraza, fuerte.

La ciudad nuestra

En el cantero grande armamos Dany, Leo, Lory y yo ciudades diminutas para los playmóviles. La poblaciones tienen casas de barro, con mesas, sillas y utensilios armados con ramas. Sus cultivos, las plantas de la abuela, a veces no logran reponerse a la depredación de los pequeños hombrecitos plásticos, y nosotros nos ligamos unos buenos retos.

Sucesos

Una serie de sucesos me marcan: La muerte del abuelo Ricardo, el accidente de mi hermana Daniela y la enfermedad de mi mamá.

Se murió el abuelo, la abuela está triste. Traslado mi vida con ella.

Daniela es la mayor de mis hermanas, me lleva 8 años. Es muy delgada.
Tiene el pelo negro con rulos, pero corto, porque a papá le gusta más y nos lleva a cortar a todas juntas.
Este diciembre están pintando el comedor de casa, y los muebles del living pasaron a la cocina.
Daniela limpia el mueble con una franela naranja, Lory y yo estamos paradas detrás de ella sobre los almoadones del patio, también naranjas. Hacemos de cuenta que la ayudamos. Estamos hablando.
Dany tiene 12, Lory tiene 7 y yo 4.
No sé qué veo, pero escucho el ruido del vidrio que cae desde arriba del modular sobre ella. Mi mamá nos revisa, nos sacude. Papá corre, trae una toalla, Dany camina y deja un rastro a su paso, habla, no pasa nada, no pasa nada.
Papá tiene una cara que no le conozco.
Mamá llora.
Papá se va con Dany.
Mamá se queda con nosotras dos.
La abuela no está. No tiene que ver todo esto. Mamá nos da una esponja a cada una y lavo. Está todo teñido. Limpio y lloro, los seis metros de pared no terminan nunca.

No queremos dormir. Estamos Lory, Leo y yo en el balcón esperando que la traigan.
Cuando la vemos todos lloramos. Está tan cansada y los tres queremos saber si esta bien, si le duele. Ella duerme y nosotros también.

Con mi hermana enyesada nos vamos de vacaciones, pero tiene que volver a Buenos Aires para controlarse, porque casi perdió el brazo. No lo perdió, está bien.

En la carpa, mamá no se siente mal.
Está muy nublado, horrible, y papá no llega con Dany. Lory y Leo van a buscarlos al puente. Comienza a granizar y mamá creo que llora.
Al final llega papá con Dany y nos volvemos a Buenos Aires.
Mamá queda internada. A mi me parece que es mucho tiempo. La extraño.
La comida de papá es horrible y él se enoja porque ninguno la quiere comer.
Los cinco en la cocina, con esa luz, esa que hace que todo se vea poco, tan triste.
En la mesa celeste con caracoles blancos.

Esa soy yo. Estoy ahi, en la puerta del cine San Roberto, enfrente del hospital Álvarez con Lory. Papá nos deja en el cine y se va con Dany y Leo a ver a mamá.
Entramos. La pelicula ya empezó. Hay un bosque, árboles y animales. Aparece Bambi, muere mamá Bambi y yo me pongo a llorar, Lory me abraza. Lloro tanto y con tanto ruido que tenemos que salir de la sala. Nos quedamos abrazadas en el hall de entrada. Es continuado y la película que sigue es Mary Popins, así que volvemos a entrar para verla.
Después nos vienen a buscar.

La abuela Ester

La abuela Ester es la mamá de mi papá. Llena de remedios. Llena de indiferencia.
Todo es para sí.
La casa de Ester tiene objetos bellos. Pero no se puede tocar nada. Todo ordenado.
Fui pocas veces a su casa. No le gusta recibir a casi nadie.
Cuando vivía el abuelo si, a él le gustabamos.
Ester tiene las manos frias, con sabañones.
Cuando viene a casa baja última las escaleras para que, si nos caemos, no la tiremos a ella.

El abuelo Manuel

El abuelo muere poco después que Ricardo.
Cuando venía a vernos, se sentaba en la cabecera de la mesa, papá le servía un whisky en los vasos que me gustaban, los que tenían rombos de cristal. Nos iba llamando de a uno para que nos sentáramos en las rodillas. A mi hermano lo llamaba con el peine y lo dejaba a la cachetada. A mí no sé qué me decía. Una vez me trajo una muñeca muy hermosa.
Si pienso en él me viene un almuerzo en su casa. Era muy parecido a mi papá, pero más duro.
Un señor elegante, siempre de traje y peinado a la gomina.
La ultima vez que lo vi, papá nos había llevado a su casa. Se enfermó de cancer de pulmón. Fumaba.
Estaba acostado en su cuarto y lo trajeron al comedor para que no lo vieramos en la cama. Flaquísimo. Como otro. Con la barba crecida, en el pijama violeta de tela, manga corta, ese que se ataba con cuerditas en la cintura. Papá nos llevó para despedirnos. Era la tardecita, y estaba oscuro.
El día que muere no me dejan ir al cementerio. Me quedo con la abuela Clarisa. Es una mañana de mucho sol, y estoy en el patio jugando con un oso rengo que me encontré en lo de Isolina hasta que vienen todos.

Tráfico de uvas

La comida no es siempre la que nos gusta. Muchas veces no queremos comer. O no queremos ayudar a levantar la mesa porque ya ayudamos a hacer otra cosa y les tocaba a los hermanos colaborar. Después de una pelea, por una u otra razón, papá manda a alguno al rincón. Antes del postre, porque estas cosas pasan siempre antes del postre. Y entonces comienza el tráfico de uvas. El que está en el rincón extiende la mano hacia atrás para recibir una pequeña y redonda uvita violeta o verde. El penitente, con disimulo, la come cara a la pared. Pueden ser cuatro o cinco llevadas por hermanos con excusas variadas, ir al baño, la cocina, la pieza. No hay que exagerar porque a papá no le gusta que nos levantemos de la mesa.

Rara como Constante

Constante y su té.
Constante era hermano del abuelo Ricardo. Había venido de España antes que el abuelo.
Cuando llegó el abuelo de España vivieron juntos, hasta que el abuelo se casó.
Entonces Constante se fue a vivir a una pensión.
La dueña de la pensión era una mujer viuda con un hijo.
Clarisa insistía en que ella lo había “traído medio trastornado”. Que se había enamorado y como él no le correspondía, pasó lo del té: la señora de la pensión le había dado el té y él empezó a andar mal. Pensaba que lo persguían.
Ricardo y Clarisa hicieron de todo, fueron a ver doctores, le dieron remedios, rezaron (decía Clari).
Pero no mejoraba.
Hasta que fueron a ver a Doña Francisca, que veía cosas, y les dijo lo del té.

Mi hermana Daniela se puso rara, como Constante y su té, pero distinto. Como sin ganas.
Por eso apareció en casa Don Gómez. Seguro que lo había traído mamá o la abuela.
Don Gómez era de esos que ven cosas. Como doña Francisca.
Me daba una mezcla de miedo e intriga, sobre todo en nuestras partidas de dominó. Por supuesto, yo atribuía mis derrotas a sus visiones. Don Gómez no venía solo. Venía con María, su asistente. Se quedaba conmigo mucho rato cuando hacían no sé muy bien qué con Dany.
Daniela tenía una amiga, Andrea. Andrea y su mamá no eran felices con nuestra familia Ingalls y por eso algo le pasaba a mi hermana.

Mi primera Barbie me la regaló Andrea (antes de ser la responsable del malestar de mi hermana). Tiene unas cintas pegadas en una pierna porque está rota. Dos años más tarde, cuando Dany ya es más parecida a la de antes y habla, decido que la muñeca no tiene nada y que la cinta no le hace falta. Asumo los riesgos. Le saco la cinta vieja. Me cae encima de las piernas una cantidad de polvo blanco no identificado.
Podría atribuirle a este suceso mis problemas, pero en realidad les tengo mucho respeto a estos temas.

Leo y las flores

Mi hermano Leo tiene los ojos enormes, el pelo oscuro.
Me cuida. Me da la mano. Las aventuras son con él.

Me lleva a andar en bicleta. Yo voy atrás, sentada en los cañitos de la bici verde. Andamos en la cuadra de casa. Mamá no nos deja ir más lejos. Pero nosotros vamos dos cuadras más allá.
En la vereda de enfrente hay una casa con jardín. Las flores son hermosas, especiales para mamá. Cruzamos.
La casa tiene rejas blancas, finitas. La mano de Leo no pasa entre ellas. La mía sí.
Empiezo a sacar las flores rosas, pequeñas, con los pétalos cerrados, apretados.
Saco cuatro. Cuando voy a sacar la última se abre bruscamente una ventana y una señora mayor comienza a insultarnos. Cosas horribles dice, algunas no se le entienden.
Subímos rápido a la bici, nos tiemblan las piernas y la señora ya abre la puerta a los gritos.
Me pongo a llorar.
Leo pedalea tan rápido como puede. En la esquina no logra esquivar la raíz del sauce y salimos volando.
Mi pierna es un rallador. Las flores machucadas son tristes, las dejamos en el arbol. Leo está blanco.
Volvemos caminando a casa. Leo lleva la bici verde con la rueda torcida en una mano y con la otra me sostiene a mi.

Leo a secas

Leo caza arañas. Las guarda en un frasco que en la tapa tiene agujeritos. Horribles. A mi me dan miedo, pero las tengo que mirar. Él sale de expedición al fondo y ahí encuentra de todo. Las lleva a su cuarto y las observa. Mamá ruega que no se escapen.
Tiene un microscopio y examina a los bichos.

Jugamos al vóley con globos. Los sillones son la red. Horas.
Le encanta hacerme enojar.

Dice Fernanda es una tarada. Yo me ofendo. No, dice, vos no, Fernanda Beatriz, y más furia me da. No vos no, Fernanda Beatriz Bolichopi, que vive a la vuelta…

Rueda de patas

Limpio un canasto. Bichos bolita ruedan en el fondo.
Se abren y con su cantidad de patas se desplazan en el tramado del canasto de mimbre.
Como yo, no buscan nada. Los tiro en el patio. Las baldosas rojas me queman. A los bichos bolita también.
Corren y quieren llegar abajo de la maceta, pero los acerco para que se queden conmigo un rato más. Se hacen bolita en la palma de mi mano. Los hago rodar. Los apoyo en la mesa. Pero no se abren los sonsos. Espero un rato. Aburrida voy a cantero a buscar lombrices. A los bolita les queda su travesía desde la mesa a cualquier rincón del patio.

El abuelo escucha

Verano. Hace calor.
Estamos los cuatro en el patio jugando y aparece Eduardo con la manguera. Es una fiesta. Las baldosas tibias, el sol, las corridas. El agua nos da alegría. Simple.
La abuela grita desde la cocina que terminemos, que los vecinos, que la siesta. Ninguno quiere parar.
“Hombre, cierre la canilla”. “Bueno mujer, qué le hace”, y seguimos así.

Hasta que oímos el portazo de calle.
Nos quedamos quietísimos un momento. Nos miramos.
La abuela se fue.
Se acabó la fiesta.
Eduardo, enojado e inquieto, nos manda a secar. La culpa es nuestra por un rato.
Cuando llega mamá, la culpa es de Eduardo.

La tarde pasa larga, silenciosa.
A la nochecita vuelve Clarisa. Se fue al cementerio.
El abuelo sí la escuchaba.

Polleras

Con la abuela salimos a la puerta. El Taunus verde llega cinco minutos más tarde. Estaciona adelante de nosotras. Eduardo se baja y le díce algo a la abuela. La abuela corre y trae una bolsa. Nos subimos. Eduardo arranca. La luz es blanca, blanquísima. Los asientos marrones me queman las piernas, después no.
La abuela va callada. Eduardo le grita algo a otro auto. ¡Ostias!, siempre dice ostias o me cago en tu alma. A mí me da gracia.
La casa de Isolina queda lejos, en Temperley. Pero con el auto es mejor, si no es colectivo, tren, colectivo.
Eduardo nos dice que llegamos, que bajemos.
La tierra, el olor de la calle, es otro mundo. En la vereda las gitanas pasan y mueven las polleras de colores, largas, hermosas. Yo quiero esas polleras y esos aros. La abuela no me deja ni que las mire.
La tía nos recibe. Usa, como la abuela, unos batones de tela finita con estampados de flores. No se parecen para nada a las polleras de las gitanas.
Entramos al jardín que está lleno de arboles frutales, damascos, ciruelos, naranjos. De todos ellos nos robamos algunos para comer. Sobre todo las ciruelas amarillas.
Los pasos son: primero ver el gallinero, si hay pollitos, si tienen huevos, si cambió algo; segundo: explorar el jardín y el galpón, ver los conejos; tercero: la hamaca; cuarto y menos interesante: comer en la casa.
Hay mosquiteros en todas las puertas y ventanas. No entra el sol en ninguna habitación. La casa es gris. Tenemos que usar patines para no llenar todo de tierra. El contraste entre ese afuera y ese adentro me obliga a comer rápido y salir. Después del almuerzo ellas se sientan y hablan bajo, cosas de ellas, no quieren que yo escuche.
Un rato más y la vuelta es dormir en el Taunus verde hasta casa.

El oso marrón clarito

Los zapatos de mi abuela me quedan grandes.
Me hice pis, no tengo otros acá.
Me quedo quieta, porque si no me caigo.
Descalza no puedo estar, porque la abuela no quiere.
Los miro. Son negros. Feos. No lo digo porque a la abuela le gustan.
Tengo el oso marrón con la pierna rota que me dió la tía Isolina. Todavía no le puse nombre.
Me siento en la silla y caen los zapatos al piso.
Acuesto al paciente en la mesa.
Le grito a la abuela, que está en la cocina, que me traiga la venda que le pedí.
La abuela la trae.
El oso mira para mi lado, pero no me mira a mi.
Le pregunto el nombre y no me habla. Me tiene miedo. Seguro.
Lo acaricio y le digo que no es nada, que va a estar bien.
Le paso un algodón, lo limpio.
Poner la venda no es nada fácil, y creo que se la dejé apretada, pero no se queja el pobre.
Lo nombro.
La abuela trae el café con leche con galletitas.

La escoba

La abuela, Eduardo, Amigo, Teresa y su hijo Raúl, que es bueno y hace todo bien, y algunos más que no sé los nombres estamos en el patio.
La mayoría de los hombres se quedan en camiseta. La de canelones blanca. No disimulan las panzas de vino, las golpean.
Gritan, se pelean y rien fuertísimo. Juegan a la escoba.
Los porotos se desparraman en la mesa y se intercalan con las cartas. Eduardo hace trampa y se dan cuenta. Le gritan cosas. Hablan en gallego. No les entiendo.
La abuela está entre la partida y el servicio de mesa. Trae vino tinto en la jarra blanca y sirve cada vaso hasta arriba.
Me aburro bastante.

La caja de madera

Eduardo me regaló una caja de madera grande, clara. Barnizada. Yo no tengo mucho que guardar. Pero es hermosa.
A mi hermana Lory también le parece bellísima.
Una tarde estamos las dos en el patio.
Ella sabe cómo hacer que algo se vea único, deseable. Guardó un perfume fabricado con la mejor colonia de mamá, azaleas de la abuela picaditas, un toque de alcohol, unas gotas de agua (aplicadas con gotero) con un ingrediente secreto que no me quiso decir. Todo en un minúsculo frasquito.
Así, perdí mi caja. A cambio recibí un pequeño recipiente de vidrio, con tapa de “cristal” y perfume de un día.

Lorena Paola

La abuela me dijo que a la tarde, a media cuadra de casa, iba a venir Lorena Paola.
Se lo había contado el diarero, el Cholo.
¡No lo podía creer!
Le pedí a mamá que me diera los ruleros. Yo tenía el pelo muy lacio en ese momento.
No me moví del balcón.
Los rulos que me había imaginado devinieron en ondas casi imperceptibles.
Yo me sentía otra.
¿A qué casa vendría? Eso no lo sabía la abuela.
Mis hermanos se reían, pero de reojo miaraban a ver si aparecía.
A las 16:43 llegó un auto blanco a la cuadra y estacionó enfrente de la casa de Don Albino.
Del auto bajaron un señor de pelo negro y del asiento de atrás, ella, Lorena Paola.
Se acercaron a la puerta gris del PH. Esa por la que había que pasar rápido. Por la que la abuela nos tenía prohibido pararnos. Si el Chileno nos hablaba, no teníamos que contestarle.
El Chileno había estado preso por lo que le había hecho a un chico.
Puerta gris, pantalón gris, camiseta blanca. Flaco, esmirriado, bajito era el “Chileno”.
Lorena Paola había entrado ahí. Con sus rulos, con su enterito de jean. Había entrado con el otro, que a lo mejor era su papá. O no.
Esperé en el balcón. Mamá me decía que fuera, que le toque el timbre y que la invitara a jugar. Pero no. Ahí no. Esperé en el balcón. Pensaba que cuando saliera le diría algo y las dos con rulos, algo.
Una hora después salió. Rápido. Se subió al auto blanco y se fue.

El encuentro con el limonero

Los hermanos mayores, cuando son varios, no quieren jugar con los menores, a menos que sea necesario para que ese más chico sea lo que nadie quiere ser. O eso es lo que me pasa a mi.
Los roles que me tocan, en general, son los peores. Por supuesto prefiero pagar el precio, carísimo a veces, y tratar de superarme y ascender, aunque sea por minutos, de mi rango de menor, cola de chancho, mono, última.

Esta tarde soy mancha. Mucho rato soy mancha.
Corremos. Los persigo de una punta a la otra del patio rozando con los dedos las remeras.
Eduardo, en el galpón, nos mira. Nos cuida.
El patio se puso oscuro. La ropa blanca de Leo resalta sobre las demás. Es el más rápido. A él, más que a ninguno, lo quiero agarrar.
Lo tengo a milimetros haciendome “ole” con ese baile irritante y altanero que no puedo resistir. Me abalanzo sobre él, segura de agarrarlo, pero no.
La nariz se me incrusta en el limonero. De frente, el árbol-pared me frena y caigo de espaldas.
Cuando me levantan, pálidos, presienten lo que viene. Me toco la cara y siento la sangre, pegajosa y tibia. Después el susto y después el llanto.
Eduardo me lleva al baño. Y justo ahí, en ese momento, llega mamá.

Regalería

Sobre la calle Gavilán Luis tiene su negocio. Vende de todo. Nada útil.
Yo lo quiero todo. Cada vez que junto dos pesos, voy. Compro anillos, aros o collares que al instante dejan negra o azulada la piel.
Me gusta ir porque Luis me escucha, nos reimos. Es alto, flaco y con un bigote que se está poniendo gris. Es amigo del dueño de la peluquería, a la que iba para que me cortaran el pelo como Gabriela Sabatini.

Embalsamados

En mi escuela esta el cuartito de los duendes.
Tiene una puerta pequeña, por la que la profesora de educación física se contorsiona para entrar. Ahí guardan el material de gimnasia. Además hay muebles destartalados, baldes y lo peor, animales embalsamados. Hay un águila, una mulita y un gato grande, con los ojos como vacíos y las pieles rancias.
En el lugar hay ventanas con vidrios esmerilados que dan al patio, es muy luminoso, pero tiene esa oscuridad, de la otra.
La puerta está abajo de la escalera de atrás, al lado de los baños.
Nadie quiere acompañar a la maestra a buscar el material. Ella lo sabe, y nos elige con goce.
Es de esas profesoras que en las clases se lima las uñas al sol mientras nos hace dar vueltas al patio hasta que termina. Una voz fuerte, imperativa.

Vecina en bicicleta

Cuando hace calor y Clari barre la vereda, yo salgo a jugar.
Pasa una vecina que anda en bicicleta en mi cuadra y aparentemente mi presencia le molesta. Cada vuelta que da me dice que me corra, que estorbo, que ella tiene que pasar.
Entonces la empujo. Fuerte.
Con ganas, la tiro de la bici.
Por supuesto la nena me acusa con la abuela. Llora a los gritos, exageradamente.
Clari me defiende. La vereda es de todos los nenes, dice.

Estética familiar

A los cuatro años empecé a peinarme sola.
Mi mamá, a las 7 de la mañana, con nosotros cuatro. Corriendo para ir a trabajar, no puede lograr que las dos colitas queden a la misma altura.
Si me pellizcan de un lado, me emparejo con otro pellizco identico del otro lado. Todo simétrico.
Por eso, una colita arriba, alta, al centro. Autorrealizada.

El baño es un territorio a conquistar.
La casa de Páez es muy luminosa, pero a las siete no. Esta oscuro y ahí donde se apoya la pecera grande, donde había estado la piraña (la que Nuria mató en un cumpleaños dándole una feta de salame), ahí, en el filo del murito, me reventé el dedo chiquito del pie. Dolor apretado. Único, que solo cabe en onda expansiva en todo el cuerpo.
La puñalada por sorpresa a las siete de la mañana, descalza.

La ropa no es un tema menor en la familia.
Es poca. Es cara. Somos muchos.
Equipos adidas azul, verde y marrón van pasando de uno a otro. Son de buena calidad. Nadie los quiere usar. El marrón menos.
La ropa tarda en secarse. Y no siempre está lista los días de gimnasia.
Como hoy. A mamá le parece que nadie se va a dar cuenta si me pongo el pijama de Lory rojo veteado en remplazo del adidas. Me convence.
Todo va bien, a pesar de creer que todos saben que estoy en pijama.
Cada tanto Lory y yo nos miramos. Llueve y ambos grados tenemos clase en el patio techado.
Casi termina la clase y un compañero suyo se me acerca y me dice que él tiene un pijama igual.

Perros

Hay algo del perro azul que pintó Mabel que se parece a Yaky, el perro de la abuela.
Para mí siempre fue grande de edad. Nací y él ya estaba abajo con Clarisa.
El perro azul es flaco y tiene un arbol al lado. Yaky también lo tenía.
Su cucha era blanca, de material. Estaba pegada al galpón cerrado, y a un costado se levantaba la parra.
Era tranquilo, parecía cansado. Callejero, de color negro, mas bien petiso. El pelo duro.
Veintidós años vivió y al final no quería morirse. Estaba ciego por las cataratas, sordo y cuando salía a la calle a hacer pis se caia al levantar la pata en el árbol.
Tosía como humano, mucho y de noche.
El perro azul que pintó Mabel mira por la ventana, se quiere ir. Me hace acordar a Yaky.
Asomaba su cuerpo y salía siempre por el mismo portón blanco y negro del garage, atravesaba las mismas baldosas rojas pulidas y se acercaba al mismo árbol.
El auto verde no estaba a esa hora.

Sigue la historia

Volver a los recuerdos me inquieta.
Está viva mi infancia.
Me traje gran parte de ella, todo guardado, todo vivido.
A veces me dan ganas de llorar. El tiempo, la luz, el contorno de algunas cosas. El silencio que pasó.
La pequeñez, el cabello lacio, el vacio.
Cosas bellas de mi infancia: mi abuela, el patio, los juegos, mis hermanos, mis sueños.

Sigo siendo la cuarta.
Sigo entrando y saliendo de esa casa.
Manoteo la llave de luz antigua, la apago por hoy.
Cierro la puerta. De este lado claridad, adentro oscuro. Pero veo.

dos perros

Dos perros que se reconocen
saben de deseo
de encuentros casuales
de lo que dura un segundo.
Tensión en los hocicos.
Vibración.
Una forma de dos
dibuja el día.

Vals

vale decir no
tal vez sí
vale dar vueltas
quedarse quieto
marearse
vale esperar
amor
suerte
vale repetir
tu nombre
hasta traerte
vale traerte
repetir que sí
esperar suerte
vale marearse
quieto
amor
sin vueltas

jugador

cartas caras
acolchado de color de oveja
color sin sol
el anillo tirado en la vereda
vacío de dedos ciervos
en el pecho hebra de edición
recorte de diarios
de meses
destapado
desnudo
sin manos
con la partida
perdida

Silueta

d-2

 

 

 

 

 

 

 

 

Silueta del día que va quedando vacío.
Tiempo, horas con un rastro fino.
Se busca en la silla,
en los ojos, las manos.

Haciendo equilibrio
en una pierna
le tiran sobras,
apenas migas.

Quieto, bueno, manso.
Ve pasar la línea de sal
en la silla,
vacío de canción inconclusa,
de pierna rota
entre migas de paloma
sobran palabras.

Días desnudos

b-1

 

 

 

 

 

 

 

 

La ausencia de palabras
se va llevando todo.
Despacio,
arrastra al fondo oscuro
toda clase de sonidos.
Va desnudando los días,
muestra los esqueletos.

Patos de la luna

Mirar los dedos de los pies
abre un sinnúmero de preguntas.
Por rebote
indago en la idea de los lunares esparcidos
como quién le da de comer a los patos.
Aprendemos a contar pecas,
dedos, piojos a veces,
los dientes que se ven, y los que se caen.
El lunar de la planta del pie izquierdo
parece borroneado.
No puede ser el tiempo.
Ha mudado
otro punto negro
al frente.
Mirar los dedos de los pies,
en línea, cortos, anchos
provoca graznidos
pero los patos
sí comen migas,
lunares,
sí vuelan juntos.

Carta

h

 

 

 

 

 

 

 

 

tomo tu grito
me desplazo de un punto a otro
tiempo
que deja ser un manojo
de deseos prestados
los dedos que escriben
sobre
otros tiempos
corridos de lugar
sentidos en el cuerpo mudo
carta
que describe el recorrido de las mentiras
dichas en voz baja
con sombra
enviada

Vicio

La miro, la miro desde lejos.

¿Me llama? Comeme, dice.

Si. Me llama su presencia.

Un mordisquito y listo.

Una sola nada más.

No hace nada.

Otra y listo.

Migas.

Pena.

Sombra que va lejos

g-4

No piden permiso. Simplemente despliegan sus cuerpos.
Agigantadas buscan separarse. Sin embargo un segmento nos queda unido, nos pertenece.

Hay personas que parecen sombra, pero no lo son.
Hay quienes quisieran convertirse en sombra.
Hay sombras que se disfrazan de personas de a ratos.

En el agua aparecen siempre las sombras más bellas.Una vez que entran, quedan ahí para siempre.
¿El fuego tiene sombra?
En las tormentas de arena, las sombras se hacen en el aire, lástima que es tan difícil verlas.
La tierra es la mejor compañera de las sombras, las recibe con abrazo blando.

Existen sombras rastreras, viles.
Pero también están las mágicas, las que se crean con las manos, las que acompañan.

Los edificios crecen.
Las sombras de los pájaros nos hacen mirar para arriba.
Las de los museos, sin duda, son las más misteriosas.

Con las sombras nos chequeamos los peinados, nos ajustamos la ropa, miramos el cuerpo de nuestro compañero más disimuladamente.

Los perros les ladran a las sombras.

Herradura

Retomo palabras,
se convierten en varas
de obstinación mediocre.
El alambrado me deja de este lado.
Lugar de víctima.

¿Llegar siempre tarde 15 minutos,
con el tiempo,
termina siendo puntualidad?

El día perdido,
entre pensar en la acción
y los 15 minutos de espera
para llegar puntualmente tarde.

Entendí que sería esto para siempre,
ese intermedio de nada.
Pastar.

La calle se puso verde.
Los que esperan el colectivo
perdieron el concepto de fila
y aparecen como salpicados.
Gotas esparcidas en la vereda.

En una vidriera
los caballos galopan pero están quietos,
como yo.

La bisagra que abre
y cierra la tranquera se descompuso
y al final nadie puede entrar.

Busco caballos que galopen de verdad.
Los ciclos crecen y se achican,
crean actos nobles de caballeros sin princesa,
o con muchas.

Potro desbocado.
Corro sin descanso.
La maratón pierde sentido al tercer día,
pero el resto sigue en carrera.
Para mi la palabra carrera
lleva en sí misma la asociación con barrera,
así me quedo sentado a un costado
mirando pasar a todos,
comiendo pasto verde.
Sin tiempo.

Cuerdas

g-1

Cuerdas tensas amarran diálogos
que no conducen a ninguna
palabra conocida.
Sin excusas.  Con lamentos.
Pico que mete secretos en la tierra,
cava pozos entre las patas de los perros.
Larvas que nacen en los árboles.
Cuerdas amarran secretos
palabras conocidas con pozos.
Larvas de diálogos que conducen
a meter el pico
en los árboles.
Sin excusas. Patas de perro
con lamentos.

Carta con semillas

Trazo una curva con los ojos.
En el punto máximo, un avión.
Es una señal, hay que volar alto.
¿Pero qué tipo de vuelo?
Los gansos también vuelan alto.
Pájaros que migran.
Yo mudo de piel, y parezco lagarto.
La evolución se olvidó detalles.
Nos faltan alas. Faltan sirenas.
Sobran reptiles.
Los caracoles se alejan en fila.
Cuerpo blando se adapta al terreno.
Inadaptada miro todo con extrañeza.
Adentro de un sobre una carta con semillas.
Comida para pájaros voladores.

Punto muerto

Punto muerto en el tiempo.
Algo habla de ayer y de mañana.
Separada por un hilo azul, la memoria.
Lo de acá y lo de allá.
Caí en el punto muerto
que no tiene espacio.
El verde de la esperanza,
de la putrefacción.
Dos caras.
El ojo que espía atrás de la cortina por el agujero
es azul como el hilo que cose los días
de 1982, de 1989 o de 1990.
Coser el mundial no se puede.
No se puede remendar el pasado.

si

si la alfombra tuviera otros colores
si el beso me enamorara menos
si las flores fueran para mi
si a la torta le faltara un pedazo
si por la ventana se viera mi cara
si tu pulover no fuera verde
si tuvieran los pies en la tierra,
si el té tuviera el sabor de la tarde
si en la mesa estuviera escrito mi nombre

Estrella de mar

Ver ampliado lo hueco
lo salado
besar una estrella de mar
no trae suerte

Preguntar si sus días
terminaron con punta

Bajo el agua bailaba
y de este lado silencio

Tres veces quiero que vuelva

Sin buscar suerte
sin palabras que remedien
la beso de lejos y la devuelvo
el agua que la recibe
la expulsa
la orilla la abraza
la niña la abraza
no pregunta
Se la lleva

Sobremesa

Juntó los vasos de la mesa.
Mantel de hule.
Flores rojas y azules aplastadas
dibujan la marca de un plato a la cabecera.
Apenas levanta el plato
la marca empieza a desaparecer.
En el patio los gorriones se comen la siesta.

Lejos traza

no pienso
hace meses
caímos
            lejos

sobre la pollera
bordada
            traza
en círculos
            dedos
desnudos
            de tiempo

Piso palabras

im-5-fragmento

Piso palabras.
Papeles pisados por las tazas
por las manchas de café
por las miradas ajenas.
Piso palabras
para no decirlas
para que no me duelan.
Mastico horas
regurgito días
pido tiempo.
Me limpio la boca de migas
abandonadas por la lengua
materna con su idea
con su discurso
Piso palabras.

Cómo

¿Cómo es que los gatos
escuchan las promesas
de la noche?

¿Cómo es que dos palabras
llevan el mismo nombre
y la misma edad?

¿Cómo es que cada tres pasos
aparecen la piedra y el pozo
y adentro el silencio?

¿Cómo es que
los gatos
las palabras
y las piedras
caen en la edad
silenciosa
de la noche?

Redibujando

día verde
contraluz
la silueta
sirve agua tibia

en el té
el día se vuelve
primero rojo
después negro

por la ventana
las hojas simétricas
sobresalen de la rama
redibujan el cielo

adelante los cables
con mechones
vegetales
secos

calientan las patas
de las palomas
de plumas verdes
azules
rojas y negras

Carga de agua

mujer-aguaweb

 

 

 

 

 

 

 

 

Tiro una sábana al agua.
Se revuelca ondulada,
cubre todo de rosa.
Caigo en su centro y me traga,
rasposa.

Enrosacada en la tela pienso en mi trampa.
Miro cabeza al piso, cabeza al agua,
cabeza al rosa,
de trampa cubierta, sofocada.

Trapo sucio el día.
Asomo la cabeza cubierta por la sábana.
En la superficie todo se tiñe de tejido.
Las pestañas me aprietan los ojos.

No hay sol.
Salgo. Fantasma pesado.
Cargado de agua.
Arrastrando silencios.
Teñido de trampa.

Bajorrelieve

im-1-2
Lunes que me da de baja.
La taza deja gotas al pasar.
El tiempo es
la cucharita en el té.
El pan se hace comida de palomas
y ya no está el viejo en la plaza.
Se voló con la otra.
Estrella de tantas puntas,
uno de tus lados es más claro.
Escondida, tenés mil ojos.
Autoridad sin cuestionamiento.
Me rindo ante ese espacio de tiempo inexplorado.
Recorrido oculto de los astros de las noches.
No entendí los años.
Me fui escapando tantas veces,
siempre en hueco, en bajorrelieve de armas.
Ese camino lo trazaron otros
vestidos de batones, de armaduras.
Pero no fui por ahí.
Te esperaba.

Grafitti

Alguien pintó un graffiti
con una estrella,
abajo un cartel dice:
Sr vecino:
no arroje aquí sus residuos médicos.
Marmol frío este invierno.

Mitad

¿Cuantos años en sentido contrario avanzan?
Hoy hay solo una medida.
Parado en la mitad justa un punto.
El hilo se hunde.
Lo que hay en ambos lados del hilo
cae hacia el centro,
sobre aquel punto.

Tijerita china.

Corto el espacio de tiempo entre
que me acerco y te hablo.
Me duelen los dedos.
Corto el día de duelo, de pena.
Dos gotas no pueden cortarse,
se escurren.
Corto el beso en el diente de lata,
y me lo guardo.

Me pregunto

im-6

Repito las preguntas.
Tres no tienen respuesta.
Me van cubriendo en capa fina,
alejan despacio.
Me pregunto qué pesa más,
el edificio o mi idea de hombre
que pasa por delante de él.
Las grietas del edificio
se parecen a otras grietas,
más profundas.
Me pregunto si la sombra del vuelo
sobre la vereda blanca de sol
puede hacerme perder,
puede dejarme ciega.
Me pregunto por qué las excusas
se vuelven preguntas.
Cada siete días busco, escarbo.
Las vidrieras no pueden
reflejarme completa,
casi no ven.
¿Cuántas preguntas caben?

Bosco delicias

Trenes en el jardín. Más trenes.
Hay lugares a los que se llega en tren, o no se llega.
Desde la ventanilla se puede ver el patio.
Hoy los galpones son pasto verde y hay otro perro.
Hay otra nena jugando.
Una figura negra parece una sombra, pero no lo es.
Los pájaros enormes alimentan a otros yo.
Paso con mi tren entre otros trenes, que van a otros lugares.
Los cruces tienen encanto, se arman vínculos breves entre pasajeros.
Y cómo no salir a pescar en pez. A la noche, cuando está oscuro.
¿Cómo podría ser de otra forma? Hasta el paraíso se presenta inquietante.
Las personas empujan. Juntas hacen fuerza.
La monja chancho no pide permiso.
La belleza se esconde en la ostra, pero deja ver un pie,
y todos se desesperan por tocarlo.
¿Hasta donde llega el miedo a la muerte?
Oídos afilados, hombres perseguidos,
pesados por la balanza y tocados por la música.
Escondidos, acosados.
Me quedé entre dos puertas que no abren.
Construcciones camarón.
Rosadas, huecas.
Ambas puertas tienen luz que sale por las hendijas.
Hay gente adentro. Retumban risas.
Ayer había ruido de animales, hoy de fuego.
Me quedé con preguntas.
Y cómo no escaparse disfrazado de lechuza. O de cangrejo. O de lagartija.
¿Cómo podemos quedarnos ahí?
Espejos.
Como semillas de la planta carnívora.
¿Cómo?

Mantas del perro

im-5

Mantas del perro.
Mentiras.
Perros de mesa de luz.
De acá para allá
con el pelo ralo,
la lengua afuera,
el deseo de otro.
Cumplo con lo pedido.
Sueños que desprenden humo,
que dejan resaca.

Puñado de arroz

e

Abrí descalza
sin mirar.
Encontré
tu silencio,
que te envuelve,
como un puñado de arroz
vuela hasta que duele y cae.
Las voces susurran miniaturas.
Echadas al vuelo,
se estrellan
contra los vidrios de tus lentes
y descienden.
Sueños en cajas.

Pienso demasiado.

Sueño en blanco y negro,
como las películas antiguas,
como ven los perros.
Pienso en el pasado.
Pero no soy un perro.
Reconozco los pasos.
Son los de antes.
En la noche llena de agua
descubro que los zapatos me bailan,
que me olvidé de regar las plantas,
que se acabó la comida para el gato
y que la lamparita no prende.
Me siento a esperar que aclare.
Repiqueteo, simple, misterioso.
Es una noche fresca.
Desde la ventana no distingo más allá del camino.
Me pierdo en preguntas
sobre lo que ven los gatos de noche.
Veo poco.
No soy un gato.
De los pies a la cabeza me mido.
Soy tan grande como mis amigos,
tan chico como un hermano menor.
Transparente
como un vaso de agua transparente.
Pero yo me veo.
Solo a veces, otros me ven.
La casa, seca, suena.
La atravieso.
Miro de costado,
como los pájaros,
como las palomas.
Veo las terrazas desde arriba.
Pero no soy un pájaro.
Las cortinas se mueven,
se parecen a gente que conocí.
Pienso nombres.
Se escapan nombres.
Toda el agua afuera.
Los techos,
los autos, los paraguas.
El tiempo, constante,
sigue cayendo y yo no envejezco.
Me vuelvo liviano.
A esta hora me aclaro.

ÉL

Él es una pregunta.
Camina finito.
Agarra el lápiz con tres dedos.
Hileras que son posibles.
Me acaricia la cara.
Hace rulos con mi pelo. Calabaza.
Resonga con ojos de papilla antigua.

Lo que guardo

Camina lento y se lleva palabras,
las mezcla, no las entiende.
Se arrastra por el peso,
se lleva los ojos,
crece con sus imágenes.
Las manos trabajadoras,
tejedoras de historia, también se las lleva.
Los dientes los deja en la mesa de luz.
Pero lo que guardo yo, no puede quitármelo.
Hasta que me lleve a mi.

Salto de cama

Balbucéa.
Camina pesada.
Tiembla el camisón
de flores azules.
Que no te mire
que te congela, que no te mire.
Pasan unos pocos años
pero ella no se ve en el espejo.
No se reconoce.
Ve a los otros.
Le cuesta que fue joven.
Lo que tiembla
es el cuerpo desnudo
bajo el batón.
Los pies vagabundos.
El otoño le enrojece la nariz.
Mole irlandesa.
Huerfana
Abandonada

Calco de madre

im-3-2

 

Tiene poco.
Su calco de madre,
su hermana.
Trepa por un tiempo
y se desata.
Come descalza,
come con la mano.
Poco tiene de niña.

Rapadura

d-1

Domingo pleno sol.
La muerte no es cinematográfica.
El dolor no se mide.
Rasco el fondo buscando sentido,
libero las semillas que no germinaron.
Crece sin secante.
No hay tiempo para las palabras con algodón.
No hay filtros que protejan del sol
lo que no creció.

E y punto

El punto
El punto se cansó de ser silencio y emprendió el viaje. Dejó atrás su pasado rayado. Allá quedaron amontonándose las palabras.

La letra E
La E era la última letra. Cuando vio al punto descolgarse del renglón, lo llamó: ¡E! pero él no le dirigió ni siquiera una mirada de despedida.

La E volvió a mirar al resto de las letras. Se estiró para contenerlas. Quiso pensar con rapidez, pero la invadió un irremediable eeeeeee.
¿Qué podía hacer?
Se fue en busca del punto.

El camino del punto
El punto caminó, o más bien rodó, y rodó, dio giros y vueltas sin saber qué lo impulsaba.
Hasta que agotado, se sentó.
Miró con todo el cuerpo hacia abajo y un poco hacia atrás.
Ante él se desplegaban sus propias huellas como un mapa infinito.

El camino de la E que seguía al punto
Con temor, la E se lanzó del renglón.
Le temblaban las tres patas. Se estiró, descubrió cada parte de su cuerpo en movimiento.

Primero fue muy sencillo seguir el rastro finito y recto.
Pero luego, en el camino aparecieron surcos gigantescos que terminaban abruptamente.
Decidió subir a lo alto y tener otro punto de vista.

Lo que vió la E
El mapa era magnifico. La huella del punto trazaba surcos profundos. Zigzagueantes.
El punto ya no era pequeño. Entero, giraba en el aire, y una música le salía del cuerpo.
Desde lo alto la E enmudeció ante la voz del punto.
El punto, entre tanta voz, crecía.
Sus bordes se expandían.
Sonó muy fuerte y de él se desprendieron miles de puntos diminutos, brillantes, que se fueron por el camino trazado y se perdieron en su propia luz.

Del infinito al punto y a la ‘E’
El punto volvió a tener forma y color de punto.
Pero algo había cambiado.
La E escuchaba y vibraba distinto.
Ninguno dijo nada.
El punto dejó que la E lo llevara de regreso.

El regreso
Cuando llegaron, todo el texto era un desparramo de letras.
Las palabras que aún seguían unidas habían perdido el sentido.
Una fila colgaba del renglón como una cadena.
El punto sintió el silencio más lleno que nunca.
Ante la presencia de la E y el punto, las demás letras se agruparon en una forma nueva, construyendo palabras nunca vistas.
Y también el punto.Y también la E.
Todos sintieron que, por un tiempo, estaban bien así.

Media luna

Me comí las uñas hasta dejar una media luna finísima en el dedo. Como para compensar, la naturaleza hace brotar el limonero. Limones no da.
La pollera de tablas arrugada, la remera blanca, limpia. Los pelos contenidos por dos horquillas para evitar que se eleven alrededor de las sienes.
Viene papá.
Hace dos días que en secreto espero las palabras de mamá anunciando que viene, pero recién hoy llegaron. A las cinco pasa. Mamá habla mucho por teléfono con todos, pero con él no, arregla y listo.
Estar sola con papá todavía es raro. Nos miramos, pero hablamos poco. Él tiene miedo de preguntarme como me siento, porque si me siento mal no sabe que decirme. Pero no pregunta y me abraza, porque se da cuenta.
La noche con sus cuentos es hermosa. Armó en su nuevo departamento una cama con peluches y estantes con juguetes que elegí para traer. Las cortinas dice que las va a cambiar por unas de princesas que vio. Las princesas no me gustan ahora, pero lo dejo.
La mañana es el momento en que me gustaría estar con mamá para que me peine. Las nenas en la escuela me cargan porque voy horrible. Me peina la maestra y a ellas les da más bronca.
Cuando estoy con uno extraño al otro. Caro dice que después se te pasa, que es así al principio.
Cuando sea grande no me voy a casar.

Lágrimas

Levantó las manos al techo. Necesitaba los caireles con forma de gota. Los chatos facetados no. Los de gota. Se subió a la cama, no llegó. Puso un banco arriba de la cama y ahí si.
La escultura necesitaba lágrimas. El pensador tenía que llorar como un bebé. Tenía que salir de esa cabeza atormentada de ideas y dignarse a sentir algo. Solo un dolor profundo iba a lograr arrancar de su eje a ese marmol helado que lo mantiene erguido. Despejarlo de las ideas rotundas y el juicio despiadado de los gansos Ni remotamente cerca de una definición clara, pero la escultura, según él, necesitaba lágrimas más reales. Ninguna más llorosa que las de la araña de la abuela.
El, un escultor reconocido en el medio, refritaba y miraba con visión actual obras famosas. Al parecer, esto que a mí me resultaba una completa idiotez, a los críticos del momento les resultaba fresco y revolucionario.
Pues bien. Mi tarea era impedir que se robe los caireles. La abuela jamás le decía que no a nada. La única forma era convencerlo, crear una teoría lo suficientemente sólida que derribara el castillo de cartas que se había construido en torno al pensamiento-sentimiento.
Empecé a decirle lo mucho que me conmovía la escultura, que en sí misma atravesaba las fronteras del tiempo para tocar las fibras intimas tanto de la razón como del espíritu, porque ese pensador no era solo pensamiento, era la fina sensibilidad que modelaba la piedra.
Por supuesto no lo convencí. Se llevo los caireles. Utilizó mi discurso como propio para el catálogo de la exposición que realizó en Ruth Benzacar. La obra se vendió por una millonada. Con la abuela seguimos en la misma casa, aunque cada vez está más vacía. Los artistas contemporáneos son así dice la abuela (sentada en un tacho de pintura que usa de silla).

 

Misterios de la pesca

Desde la ventanilla del 110 veo que de un balcón cuelga un hilo con algo brillante en la punta. Me parece un anillo.
El colectivo está atrapado en el embotellamiento y no se mueve. Me detengo a mirar el anillo y aunque quiero distraerme con otra cosa, el brillo plateado me llama. Nadie más parece repara en él. Una trampa, sin dudas. Un hilo que cuelga desde el cuarto piso de un edificio con un anillo atado en la punta ¿que otra cosa puede ser?
Sin embargo empiezo a diseñar mentalmente planes para escapar con el anillo y vencer a quien colocó la trampa.
El colectivo avanza cinco pasos de hombre o dos giros de las ruedas.
Busco algo con lo que cortar el hilo, busco en mis bolsillos. Lo único que aparece es el pez azul con código de barras y el árbol genealógico familiar que me hizo la tía Chichita para el estudio de nuestros orígenes y las complicaciones a las que nos arroja.
La luz pega tan linda en el anillo que me obliga a tirarme del 110 y clavar los dientes en el hilo, (que es extremadamente resistente, imposible de cortar). El anillo me hace cosquillas en la lengua.
En fracciones de segundo me estoy elevando. Mis pies se alejan del piso, lo veo de reojo, porque a gran velocidad subo en este pescador. Si abro la boca me estrello. Por eso espero el pip del ascensor pescante.
La roldana que sostiene el hilo deja de girar, se abre la reja del balcón y una voz en off me invita a soltar el anillo y pasar. Lo hago, claro.
No hay ninguna persona en el living. A mi izquierda, una pecera gigante llena de peces. A la derecha, una pequeña pecera vacía y una máquina registradora como la de los supermercados.
La voz en off dice “Pase el pez por el posnet”.
Me impaciento al no saber si agarrar un pez de la pecera, y como eso sería raro eso, busco en la habitación algún otro pez.
La voz en off repite cada dos segundos “Pase…” y a mi me traspiran las manos.
Me toco el bolsillo y me acuerdo del pez azul. Lo paso por el posnet, y la voz en off agradece. Sale un ticket que la voz me sugiere guardar, y me invita a retirarme por el ascensor. La puerta se abre. En la última mirada al departamento me doy cuenta de que la pecera chica ya no está vacía: nada un pez azul brillante.
Una vez en la calle el 110 sigue ahí, dos metros adelante de donde me había bajado. Vuelvo a subir, saco uno de uno veinte y por la ventanilla veo el brillo de plata que cuelga del hilo.
El pez rojo lo paso mañana.

Maquina registradora

No me gustan las máquinas registradoras.
Cuando entras al negocio salen al humo a registrarte el bolso.
Las máquinas registradoras de antes eran distintas. Se contentaban con los números, los precios de las cosas. Estas en cambio escarban, buscan lo que no se puede comprar, recuerdos.
Si descubren que llevas una foto, algo de valor sentimental, sacan las pinzas, lo capturan, levantan la tapa de la caja y se lo guardan para siempre.
Uno puede ir al Ministerio de la Propiedad Sentimental y explicar por que llevaba semejante cosa por la calle, bla, bla, bla.
Pero nunca devuelven nada.

Chinches en el mapa

La guerra duró todo el verano.
Antes, nos veíamos en la orilla. Ella escondía secretos que yo quería robarle.
De este lado había cintas rojas, chinches rojas en el mapa y pilas de notas.
Me quedaba en el refugio recibiendo las coordenadas día a día.
Cuando llegaban los aviones de papel con los datos, yo los recogía, los estiraba, los planchaba y los apilaba en orden. Finalmente colocaba la chinche roja en el lugar indicado por el grupo.
Cuando terminaba, me sentaba a comer mandarinas cerca de la ventana, mirando el río.
Del otro lado estaba ella. Cintas verdes, chinches verdes sobre el mapa y pilas de notas.
Una mañana llegó sin aviones de papel y salí a buscarla.
No la encontré.
En su refugio solo había un mapa con muchas chinches verdes y una chinche roja.

Camarón

En el balde de playa puse mis cosas y empecé a caminar por la orilla buscando solo caracoles blancos. La espuma fría es irresistible. Papá juega a la paleta con Toto y mamá toma sol lejos. Se la ve chiquita, cabe entre dos dedos que arman una c.
Mi tarea es buscar caracoles hasta que por al lado mío pasa un señor con un balde de pescador. Asoma una pata de langosta. La pata se mueve y aprieta el aire. Pobre bicho horrible, ahí solo respira su pata. Es tan asqueroso que no puedo dejar de mirarlo hasta que el pescador se adelanta. Papá y Toto lo corren al hombre para que les muestre al bicho. El hombre les acerca el balde. Corro y los tres miramos al crustáceo, al extraterrestre de tenazas. ¿De donde viene semejante ser? Las manos me transpiran, su mundo está lleno de cáscara rosa, de bigotes que en un dragón serían fantásticos pero que en esta cáscara de huevo se ven repulsivos. Quiero que lo maten y me siento culpable. Me provoca un miedo tan espantoso que no puedo moverme, no está bien desearle la muerte a un animalito indefenso que seguramente va a morir, pero me transpiran las manos y pienso que si no se lo lleva me voy a morir yo. En pánico, grito fuerte. Papá me abraza, el hombre se va, Toto me dice boba. Boba, pero lo escucho de lejos. La mano floja deja caer el balde con los caracoles blancos, ya no los quiero.
Me acuesto en la esterilla con mamá y me duermo.
Marco una linea de puntos, hasta acá vivo yo, de aquel lado el falso camarón.

Rigidez

Una mañana Lucio se despertó rígido. Un bloque de dureza. Tal vez lo más comparable hubiera sido una tabla de lavar, pero seguramente tenía más movilidad que él.
En calzones llamó a su mamá. Las palabras de Susana rebotaban como en un frontón sobre el cuerpo investible de su hijo que insistía en vestirse. Susana lo empujó sobre la cama. Le hablaba y le daba razones por las que había terminado de esa forma, razones todas que Lucio no escucho.
El pantalón fue fácil de colocar, pero la remera era imposible sin flexionar los brazos, así que Susana, le cortó los lados a una que aprobó Lucio de reojo. La ató con dos cintas a los costados para que no se abriera.
La doctora que vino a domicilio, lo mandó a hacer kinesiología. Para ello contrataron un micro, porque solo podía viajar parado.
Le compraron camisas y Lucio empezó a parecer un señor.
La kinesiología no hizo el efecto deseado. Recorrieron hospitales, médicos particulares, pero nada solucionaba su problema. Curanderas, recetas naturales, baños térmicos, inyecciones, etc.
Lucio se convirtió en un maniquí. Lo llevaban y traían Por casualidad comenzó a ejercer de modelo profesional y promocionaba unas pastillas para la felicidad. Todo el mundo las quería comprar y por eso lo llamaron de un programa de chimentos en canal trece. Hasta le ofrecieron un lugar con la utilería para que se quedara en el canal y no tuviera problema con los traslados. Salía muchísimo, las chicas se peleaban por estar con el.
Hasta que un día, pasó el furor. Comprobaron que las pastillas eran perjudiciales para la salud y fue dejando de aparecer. Quedó arrumbado en un camarín a disponibilidad del canal.
Un señor de limpieza le llevaba de comer.
Susana lo fue a buscar y se lo llevó a rastras, porque el no quería.
Hoy, cada vez que alguien va a su casa, le pasa las grabaciones en las que aparecía.

Notas comidas

Me comí la mala nota de la maestra, esa fue la primera vez.
Después en casa nadie podía dejar notas en la heladera, ni en las libretas porque yo los tragaba de un bocado.
Lo peor llegó de grande, cuando en el trabajo no descubrían cual era el misterio de los recordatorios pegados en las computadoras, que yo masticaba en los baños a la hora del almuerzo.
Mis hijos llegaron con una memoria envidiable, pero muchas veces las novias revolvían frenéticas las carteras en busca de direcciones casi digeridas.

En viaje

Gira la puerta, da una vuelta completa y una señora sale arreglándose el pelo. Otra vuelta más y cuando entra el señor de traje, nos metemos. Dos por hoja. Es difícil avanzar girando con los pies tan juntos y los pasos obligadamente cortos, pero vamos. No salimos nunca. Algunos entran, otros salen, pero nosotros, ahí, en la puerta giratoria del banco nación de San Martín.
El guardia nos grita desde el interior del banco que nos vayamos, pero nuestro viaje esta en el mejor momento y no se puede detener.
Joaquín maneja el volante negro, yo soy vigía, Maricel tiene el control de comando y Agus está en los motores. El guardia intruso logra subirse a bordo y se ubica en frente de mí, camina hacia atrás para mirarme a la cara. Me doy vuelta, y cambio el sentido de la puerta, porque soy vigía pero me da miedo la cara del señor. Me dice cosas, pero trato de no entenderlas. Los chicos me hacen señas, es momento de la huida. Prolongo unos instantes más el escape, mirando por última vez al guardia enfurecido y me arrojo con ventaja sobre la avenida, por la que los chicos ya avanzaron cuarenta metros. Escucho los gritos a mi espalda. A las tres cuadras ya no hay peligro y nos sentamos en un umbral a recuperar el aliento y a decidir nuestro próximo viaje.

Cosas sueltas

Lo ve y se hace migas de pan.
Se siente cachorro, estatua, jamón.
Se desenrolla las medias que vencidas por el elástico se vuelven a deslizar y se acurrucan en el tobillo. Molesto sube y baja. Arma la danza del zombi, parece un animal que relincha. El partido lo pierde por las medias, claro. Pero se las pone seguido.
Entre dos amigos que se quieren tiene que haber respeto.
No vale pellizcar finito.
No valen las patadas en la parte de atrás de las rodillas.
Entre dos amigos que se quieren no vale la comida masticada adentro del pan, ni la lanzada de babitas.

Semillas

La palma de la mano izquierda, llena.
La palma de la mano derecha, repleta. Pelotitas amarillas del árbol listas para ser lanzadas.
Espero atrás del sauce a que salga Mauro de su escondite. Cada vez que espío, recibo bombardeo de piñas secas que chocan con la corteza de mi escudo y se deshacen.
Paciente espero la posición que necesito de mi contrincante.
En el segundo preciso, el lanzamiento es certero y mi semilla le pega en la cara.
Mauro cae al suelo y grita.
En ese minuto se me aflojan las manos y todas las bolitas caen al piso en cámara lenta. ¡Le saqué un ojo! Y él se tapa la cara con las manos. ¿Estás bien? No contesta.
Me acerco despacio, no veo sangre y me alivia.
Cuando le toco el hombro, se levanta de un salto y me tira con todas las piñas que logra juntar del piso.
Acierta todos los tiros en mis piernas que huyen veloces atrás del arbol.
¡Me las vas a pagar!, le grito.
¿Estas bien?, me dice, burlón.
Bien, bien es otra cosa.

Umbral

Estaba sentada en el umbral de la puerta de casa cuando apareció un perro. Olfateó el aire y se sentó. Primero me hice la desentendida. Dicen que los perros si no les das bolilla se van. Pero no. El señor se quedó ahí. Entonces me paré y empecé a caminar despacio. Así.
No lo miraba, pero relojeaba cada tanto. En una de las disimuladas miraditas que detrás del perro venía una paloma. Me paré. La fila se paró. Seguí la marcha y caminé tres cuadras, pero en ese momento la fila contaba con dos integrantes más, un gato manchado y otro perro. No ladraban, ni maullaban, ni parecían pedir comida, ni nada.
Todos me miraban.
Yo ya no quería disimular mi preocupación, mi desesperación, y empecé a correr lo más rápido que pude de vuelta a casa. No quería fijarme, pero sabía, sabía que atrás mío había cada vez más animales.
Nunca me habían interesado particularmente los animales, qué lindos sí, pero nada más.
En la entrada de casa, al cerrar la puerta, y ví que había cientos de animales de todo tipo. Sin ruido, mirándome.
No intentaron entrar.
No empujaron.
Ordenados.
Me escondí atrás de la cortina y los espié. Me dio miedo. Pero ellos sabían.
Pensé que a lo mejor a Noé también le había pasado algo así, y que por ahí el Maldonado estaba a punto de desentubarse y ahogarnos a todos. Inundarse hasta la rodilla todavía, pero esto parecía otra cosa.
La pandilla de mirones no se movía.
Llamé a Mariela que sabe mucho de animales, y me dio la idea.
Salí, ignorándolos. Caminé las cinco cuadras hasta la plaza de San Martín y cuando llegué a la cancha de fútbol, había un grupo de chicos que estaban jugando.
Esperé cuarenta minutos mirando hacia arriba, para no hacer contacto visual, porque no hay que mirarlos siquiera, me dijo Mariela, y cuando terminó el partido pasé despacio. Piola, los ojos al cielo. Me quedé cerca de la reja. Una vez que entraron todos, cerré. Fácil. Y caminé para casa. Miraba atrás y nada. ¡Feliz! Me había sacado mil ojos de encima.
Todo iba bien hasta que sentí en la cabeza el bombazo de la paloma. Blanco tenía el pelo. Eran la paloma y todas sus amigas aves.
De ellas no pude librarme. Miran de costado. Con cortina y todo parece que ven igual.
Nada me gustan los pájaros.
En el umbral nunca, nunca me volví a sentar.

Eclipse

Empecé a andar con los ojos cerrados justo después del eclipse de sol.
Había subido a la terraza de casa con los larga-vistas, el pochoclo, la manta verde y una antena para recibir más clara la fuerza solar.
A la hora exacta que habían anunciado el eclipse en la tele, sucedió.
Pasado el evento, con sabor a poco, empecé a juntar mis cosas. Al levantar la antena, una luz como relámpago me recorrió. En ese momento no le di importancia. Bajé. Tiré todo en mi cuarto y me recosté en la cama.

Y ahora, cuando cierro los ojos, lo veo. Pestañeo y lo vuelvo a ver.
Feo. Chico. Extraño.
Abro los ojos, y ya no está.
Los cierro y aparece.
El bicho me hace señas, y pregunta con las manos donde está.
Yo no lo puedo escuchar, pero le entiendo. Como está adentro, y solo cuando cierro los ojos lo veo ahí, no sé que decirle.
Primero me da miedo, y lagrimean mis ojos de tenerlos tanto tiempo abiertos. Pero después descubro que es de lo más cordial y sociable.
Es un poco raro cuando se acerca en primer plano, por fulero, pero paradito así de lejos es simpático.
Y a partir de ahí agarré esto de andar con los ojos cerrados casi todo el día, porque el bicho me habla. Es increíble el lenguaje de señas que se armó.
El único que habla es él.
Nadie cree en la existencia de este ser.
La maestra piensa que duermo, y me reta todo el tiempo.
La verdad estoy distraido. Hace cosas para llamar mi la atención.
A veces intenta comprender cómo llego adentro de esta cabeza y hace formulas. Pero yo no entiendo ni jota. Parece que cuando haya eclipse de sol otra vez, va a poder volver a su camino. Yo pienso que a lo mejor no voy a estar. Pero no se lo digo.
Mamá me llevo a la psicóloga porque no entiende lo que pasa y se echa la culpa. Repite ¿Qué hice mal? ¿qué hice?
Y yo sigo investigando porque los grandes científicos siempre fueron incomprendidos.

Llave

Una abuela va a buscar la llave que abre el candado que cierra la caja que guarda la cuchara con la que le dio de comer por primera vez a su muñeco de pana, porque se la va a regalar a su nieta.
La llave la guarda en una botella que tiene un tapón que enganchó en una piedra en el acantilado donde veraneaba cuando era chica. Chica como su nieta.
Para que la abuela saque la llave necesita que los perros de la playa aúllen como aquella vez, que el sol se ponga tibio y que los pájaros dibujen lo mismo que el día en que guardó la llave.
Entonces sí, las conchillas de la arena le van a pinchar las plantas de los pies.
Pero los perros no aúllan y el sol no se pone tibio y no hay pájaros. La playa está lejos.
La abuela sabe. Con los ojos cerrados, hace un malabar y dibuja una llave que abre una caja transparente y saca una cuchara con un gesto que hunde en un plato brillante y le da de comer a un muñeco de pana que ahora es de la nieta y se llama igual, porque hay cosas que no cambian.

Suspensión

Flotar no es imposible, como los globos. A mí me pasa. No es tan romántico como cuando me imaginaba volando. Porque en realidad sucede de repente y una vez aparecí en Lanus. Por eso ahora llevo una pesa con una cuerda atada y cuando me agarra, por lo menos no me voy con el viento, es que un poco angustia no saber donde uno va a ir a parar.
Igual ahora, con el tema de los celulares es mas fácil, llamo y viene la grúa a bajarme. Antes, días enteros pasaba suspendida en el aire. Y la gente es mala, te ve ahí y nada, che, ni un vaso de agua.

Elástico

Camino de frente contando los pasos. Veintitrés.
Camino de espaldas contando los pasos. Veinticuatro.
El pasillo se estira y contrae ante mi intento de medirlo.
Imposible saber con exactitud las dimensiones de la pista.
Veinte veces repito la operación y no obtengo un resultado igual al otro.
¿Como promocionar el evento del barrio, sin saber de cuántos metros tiene la pista?
Opción b, dejar que la carrera se haga en lo de Marco. Pero ahí esta la hermana y no es lo mismo.
Empiezo a poner los obstáculos y todo va bien, no se nota el movimiento, pero miro para atrás y se amontonaron las vallas, las sillas para pasar por abajo y las cintas rojas.
Cuando a la noche llegue papá le voy a preguntar por el pasillo.
Hoy: suspendida la carrera por mal tiempo.

Pom

Mariela tenia un hámster.
Yo quería tener un hámster, pero mama me habia explicado todos los fundamentos y razones que hacían imposible traer a casa una mascota y esto incluía perros, gatos, ratones y peces, además de cualquier otra especie que se me pudiera ocurrir.
Mariela tenia un hámster. Era blanco, esponjoso y sus patitas rosadas le hacían cosquillas en el cuello a la dueña.
Se llamaba Pom.
Era hermoso Pom.
Como lo quería a Pom.
Tanto lo quería que esa tarde, cuando me estaba yendo de la casa de Mariela, lo metí en mi mochila y me lo llevé a Pom.
Se puede pensar que lo robé, pero no, solo quería tenerlo en casa una noche, y devolverlo a la mañana.
Apenas llegue a casa, me fui corriendo a mi cuarto y lo liberé. Pom salió rápido, olfateó al aire, se froto las patitas delanteras, recorrió la habitación con la mirada y se volvió a meter en la mochila.
Intenté sacarlo con las manos, pero mordía el hámster.
Traté de convencerlo, le ofrecí lechuga, zanahoria y manzana que había sacado de la heladera, pero Pom, no quería salir del bolso.
En ese momento lo decidí: Pom ya no me caía bien.
El ratón era obstinado y caprichoso.
Cerré la mochila, le avisé a mama que iba a devolverle algo a Mariela y le toque el timbre:
-Tomá Mariela, acá tenés el Pom. Muerde y es antipático. Gracias. ¿Mañana vamos a lo de Antonia? Tiene un pez muy raro. ¿Muerden los peces?

Pantalones

Todas las mañanas me despierta la abuela.
Como hoy. Me visto. Tomo el mejor café con leche con galletitas de agua cortadas adentro.
Pero extrañamente esta mañana, se me caen las cosas de las manos. Me choco con todo y sin querer golpeo reiteradas veces a quién está cerca.
La expresión de la abuela lo confirma. Algo no anda bien.
¿Será el hecho de que los pantalones me quedan notablemente chicos?
Salgo y respiro la calle. Puedo sentir el frío, pero el sol hace luminoso todo el camino a la escuela.
Me encuentro con Liliana Salas y con Silvia Pereyra en el patio. Les cuento que me siento rara, pero no notan nada extraño. Sin embargo, yo en ellas sí observo cosas raras. Las mochilas se chocan, se amontonan, y sus movimientos son llamativos. La maestra, al notarlo, solicita cuidado y respeto a la bandera. Pero nada podemos hacer en contra de estos movimientos involuntarios.
Ya en el grado, como en onda expansiva, séptimo entero parece rebotar.
Sergio Ortiz, Emanuel Dinucci y Martín Méndez se revuelcan aprovechando las oleadas de chicos, que como en un samba, empiezan a perder zapatos, botones, lapiceras.
En ese revoltijo de bancos, sillas y armario, no se sabe quien le apoya a quién las patas en la cara.
Nadie entiende el movimiento que se ha generado.
La maestra da aviso a la directora, que a su vez llama a la supervisora, y esta a los padres.
Deciden evacuar la escuela por miedo a un derrumbe. Llaman a los bomberos para que nos saquen, pero es imposible. En la puerta los padres lloran y preguntan qué está pasando adentro. Por la ventana nos ven pasar apelotonados y no distinguen a unos de otros. La directora los tranquiliza.
La fuerza de gravedad no nos afecta.
Desde la vereda esperan lo peor.
Pero nosotros, después del susto inicial, le vamos tomando el gustito y empezamos a darnos impulso y nos animamos a algunas vueltas carnero dobles, lo que genera un entusiasmo sonoro, carcajadas envuelven a la masa desproporcionada. El edificio tiembla.
El tiempo pasa sin que necesitemos nada más que eso que pasa en ese justo momento.
En grupo decidimos salir y agarrados de los edificios nos empujamos tratando de volver a nuestras casas. Sebastián y Martín Méndez son los últimos en entrar en su hogar, ya que, mellizos, se acompañan.
Los papás, desde abajo van siguiendo a cada globo-niño, tratando de no perderlos de vista. Tanto mirar para arriba deja con tortícolis a un cincuenta por ciento de los familiares.
Al cruzar el umbral de cada hogar, vuelve la gravedad.
No se habla más del fenómeno.
Al día siguiente me esperan pantalones nuevos, grandes.

Todo va y … La ley dice “todo vuelve”.

El otro día estaba jugando y de repente un borrador me pegó en la nuca.
Busqué al o a los responsables, pero estaba sola en mi cuarto. En casa no hay borradores. Si mamá se entera que uso la manga me mata, pero es así.
Sucedió lo mismo con el bollito de papel que le tiré a Luján en el ojo y el empujón que le pegué a Santiago en primer grado. Todo volvió a destiempo, pero volvió.
Estoy en estado de alerta permanente, porque uno no puede acordarse de todo lo que hizo durante su etapa escolar, sería demasiado que volvieran cada uno de los atropellos que cometió.
De lo bueno no hay porque preocuparse, pero el resto….
Como la volcada de leche sobre el tapado de piel de la señorita Inés por ejemplo, o la escupida en el jugo de Eli, o la mordida que le dí a Toby.
Con destreza evité comer el ají putaparió que había adentro de un tomate que encontré sospechosamente dejado en mi escritorio. Claramente evocaba la vez que Mariela vomito desesperada por la picantes de mi travesura.
Y lo peor de todo es que no puedo dejar de hacer ninguna de las cosas que se me ocurren. Sin ir más lejos hoy coloqué debajo del banco de Clarita el mechón de pelo de la seño y la tijera responsable.
Temo que vuelva a mi el espanto de Clarita sin tener la más mínima idea del culpable. Y no alcanzó el yo no fui.
Pido, suplico y pienso, una y otra vez, si haber ayudado a la abuela podrá atenuar lo que vendrá a partir de mis profundas investigaciones a los pequeños insectos del jardín.

El hombre del semáforo

Estoy en la esquina de Juan B. Justo y San Martín esperando para cruzar y escucho que me chistan. Miro para todos lados y no veo a nadie. ¡Pst, pst! Otra vez, miro para arriba y un hombre subido al palo del semáforo me pide que le alcance el balde azul con ropa para tender que está a mi lado. No había reparado en el balde hasta este momento. Le digo bueno, y mientras se lo alcanzo con esfuerzo le pregunto ¿por qué no tiende en su casa? Estoy en casa dice y me cuenta que es muy de seguir las reglas, que su mamá era un poco como su semáforo, que le daba permiso de a ratitos.
Y ahora se independizó y se vino para el semáforo, porque lo guía y lo orienta. Es un poco caprichoso con los tiempos, pero lo organiza. Aprendió a hacer todo rápido.
El problema grande fue que el otro día se cortó la luz, me dice mientras le paso un broche color rojo.
Tenía miedo de desorientarse, entonces quietito se quedó sentado en el semáforo, y empezó a aplaudir para no perderse, o para encontrarse, como en la playa. Cuando le alcanzo el broche amarillo, hace una pausa en el relato y tiende un calzón, como preparándose Después, mientras le doy el ultimo broche verde, me confiesa que a su mamá a veces también se le corta la luz y es peor.
Me despido y me lanzo a la avenida pensando en los misterios de los hombres que viven en los semáforos.

gana Tiempo

Desprendía humo de los zapatos nuevos.
Nunca se había imaginado la velocidad que podía tomar.
Algunos tenían envidia de semejante proeza.
La velocidad no es para cualquiera, queda claro. Los días pasan y uno tiene que poder agarrarse fuerte de algo, sino la vida lo lleva como el viento.
Un ancla posible es el armado de rompecabezas y otra: las carreras contra Tiempo.
Sí, Tiempo. Mi mamá obsesionada con el asunto decidió llamarlo así.
Todas las tardes salíamos a trotar. Descubrí su pasión por ir siempre unos pasos delante mío. Fuera yo a la velocidad que fuera, siempre delante mío.
Así se desencadenó un entrenamiento sin igual.
Su estilo desfachatado, su cara al viento lo hacían demasiado atractivo y me dejaba a un lado en cuanto a las miradas de los transeúntes.
Día a día iba tratando de superarlo, de dejar atrás a ese ser que establecía tal competencia.
Era imposible reconciliarme conmigo misma después de cada carrera.
Comenzó a juntarse mucha cantidad de gente. La presión se hacía insoportable para ambos. La desconcentración provocó saltos fallidos y tumbos que quedaron grabados no ya en la memoria solamente, sino en los celulares del setenta por ciento de los allí presentes.
Tiempo agredió a más de uno por interferir o por molestar. Esto causó la suspensión y el cambio de locación de varias carreras, ya que los padres del público nos acusaron con mamá.
Llevo ganadas 16 carreras, de 90. No, no se le puede ganar a un galgo si no es con trampas adicionales y con ayuda del público.

Causa

No se sabe por qué se quedo tres días sentada mirando por la ventana. Muchos ni se interesaron por saber. Ni comía, nada. La dejaron ahí. Total no es que se ponía mala. Marisa era la única que cuando terminaba la ronda de remedios se quedaba con ella un rato, tomaba el té y le cantaba una canción. Ahora mucho no me la acuerdo, pero decía algo del laurel, que se yo. Fue a principios del año pasado. Como que intuyó lo del hijo. Pero nadie le había dicho, ni nosotras sabíamos, lo supimos recién hace unos meses, pero ella si. Parece mentira. A mí me caía bien, era tranquila. No daba ningún problema. No la venían a visitar, la habían dejado solita nomás. A muchas las dejan acá y se olvidan.Y cuando vino el compañero suyo nos enteramos, pero ella ya había fallecido. Fue muy triste sabe, porque encontrarla así no es fácil. Marisa estuvo muy mal después de eso. La encontró ella. Y después todo lo que se habló, pero para mi sabía lo del hijo. Las madres saben todo de los hijos aunque esten lejos. Pero la cosa sigue. No se cuando será el juicio, yo voy a decir esto que le digo. Yo no miento.

Recién llegada

¿Por qué te pones las medias así? Subilas. No te van a mirar. ¿De dónde te sacaron a vos? Sos un esqueleto. ¿Hace cuánto que no comés? Vos vas a usar esta cama con la nena, en esta duermen las dos que están allá, las que se pintan las uñas. No toques nada que no sea tuyo, es decir nada, ¿está bien? Solo por hoy te voy a prestar esta ropa, te va a quedar horrible, porque sos un palo.¿Qué hijo de puta te vino a traer a vos acá? Parate derecha. ¿Qué te pasó ahí? Ya conoces las palizas…esto no es mejor. Si ves a uno que tiene cicatriz en la mano, andate lo más lejos que puedas, es jodido. Si te pide, vení a buscarme. Va a venir un viejo pajero, ese si, lo deja contento lo mínimo y tarda… apenas entre te lo marco y lo buscás. Tu pelo da asco. Andá a lavarte y te veo abajo. Si tardás el Turco te faja, apurate.

Friega

Se levantó a las seis de la mañana. Más cansada que ayer. Tomó unos mates y salió. Ahora, a las diez en punto empieza a fregar. Intercala momentos de impulsos rabiosos de frotado, con pensamientos sobre los resultados del trabajo… o sobre Sabrina. ¿Qué hice mal? Es la pregunta que aparece cada vez que se limpia la transpiración de la cara. Todos le dicen que no hay culpa posible, que Sabrina ya era grande y que a fin de cuentas había tomado sus propias decisiones. Pero algo secreto, guardado, le punza el pecho, y entonces vuelve a fregar. Le arden los dedos. La esponja de metal avanza sobre la piel. Ahora,Trapo. Friega, frota, enjuaga, restriega, aprieta, retuerce el trapo, frota, friega, enjuaga, restriega… Abre la canilla y el agua se lleva el cif ennegrecido, pero la pena le queda. Termina la cocina y se va a cambiar. La crema le resbala por las manos, la extiende por los brazos hasta el cuello. Se mira al espejo. No ve lo que le gustaría. Se acomoda el pelo abajo de dos horquillas rubias. Sale del baño y se despide hasta el viernes, se lleva el saco de lana que le tejió la señora Helena para Mara. En el tren a Caseros se acuerda de los viajes de las tres a la casa de la señora Clara, del cochecito verde de Mara en el tren repleto, de la muñeca de vestido violeta que tanto le gustaba a Sabrina, del pelo lacio, de los ojos grandes, de las manos agarradas en la pollera de salir, de las salidas, del Turco, de… En ese momento qué se iba a imaginar. Tan linda, tan feliz, tan en su mundo.

Tejido

Destrozar el traje invisible, cortarlo en pedazos y tirárselo en la cara a los que obligan a pasar hambres de todo tipo, desgarrar como carne el tejido del tejido. Arrojar a la platea como espectáculo jirones de lo que no pueden ver. Pero hay testigos de la figura que se esconde abajo del traje invisible.

Taco chino

Se sube la pollera. Las medias de nylon le hacen transpirar los pies. En este baño el calor está varios grados arriba. En el espejo, las ojeras. Los zapatos rojos, con hebilla, esos que la vendedora juró que no hacían doler, que el taco chino no, duelen. De todos modos la verdad en ese justo momento tiene el mismo valor, la misma textura que el pie hinchado sobresaliendo del zapato rojo. Todo en su contexto.Los diez pasos que la llevan del baño a la fiesta no son los mismos que los que la llevan del sillón a la heladera de su casa cualquier otro día. Estos diez pasos con los tacos rojos, la minifalda y las medias transpiradas tienen gusto a fracaso.

Lorena Paola

La abuela me dijo que a la tarde, a media cuadra de casa, iba a venir Lorena Paola.
Se lo había contado el diarero, el Cholo.
¡No lo podía creer!
Le pedí a mamá que me diera los ruleros. Yo de chica tenia el pelo muy lacio.
Por supuesto que no me moví del balcón desde temprano.
Los rulos que me había imaginado devinieron en ondas casi imperceptibles.
Yo me sentía otra.
¿A que casa vendría? Eso no lo sabía la abuela.
Mis hermanos se reían, pero de reojo miraban a ver si aparecía.
A las 16 34 llegó un auto blanco a la cuadra y estacionó enfrente de la casa de Don Albino.
Se bajaron, un señor de pelo negro y del asiento de atrás, bajó ella, Lorena Paola.
Se acercaron a la puerta gris del ph. Esa por la que había que pasar rápido. Por la que la abuela nos tenía prohibido pararnos. Si el Chileno nos hablaba, no teníamos que contestarle.
El Chileno había estado preso por lo que le había hecho a un chico.
Puerta gris, pantalón gris, camiseta blanca. Flaco, esmirriado, bajito era el “Chileno”.
Lorena Paola había entrado ahí. Con sus rulos, con su enterito de jean. Había entrado con el otro, que a lo mejor era su papá. O no.
Esperé en el balcón. Mamá me decía que vaya, que le toque el timbre y que la invitara a jugar. Pero no. Ahí no. Esperé en el balcón. Pensaba que cuando saliera le diría algo y las dos con rulos, algo.
Una hora después salió. Rápido. Se subió al auto blanco y se fue.

Zapatos

Los zapatos de mi abuela me quedan grandes.
Me hice pis, no tengo otros acá.
Me quedo quieta, porque sino me caigo.
Descalza no puedo estar, porque la abuela no quiere.
Los miro. Son negros. Feos. Pero no lo digo porque a la abuela le gustan.
Tengo el oso marrón con la pierna rota que me dio la tía Isolina. Todavía no le puse nombre.
Me siento en la silla y los zapatos se caen al piso con ruido.
Acuesto al paciente en la mesa.
Le grito a la abuela, que esta en la cocina, que me traiga la venda que le pedí.
La abuela la trae.
El oso mira para mi lado, pero no me mira a mi.
Le pregunto el nombre y no me habla. Me tiene miedo. Seguro.
Lo acaricio y le digo que no es nada, que va a estar bien.
Le paso un algodón, lo limpio.
Poner la venda no es nada fácil, y creo que se la dejé apretada, pero no se queja el pobre.
Lo nombro.
La abuela trae el café con leche con galletitas.

La madre

Está ahí parada, esa es. ¿Pensás que es fácil vivir con alguien así? No. Arrastra los pies. Me enferma que camine así. Esta gorda, por eso. Coleccionó cada kilo con cada embarazo. Cinco hijos. ¿Para qué? Decime vos. Si no sabe cuidarlos. Está extraviada. Mirala, con esos pelos grasosos. Me da asco y vergüenza. Siempre llegaba tarde a buscarme y no le decían nada porque se daban cuenta que no tenía remedio la pobre. Todos los días vestida igual, calzas estiradas y buzo corto. El día que entendí que esa mujer era mi madre decidí irme de su desprotección, de su abandono por idiotez y me fui. A cosas perores tal vez, pero me tuve que ir.

Dos

Dos mujeres se miran. Trazan la línea invisible de un límite que no respetan. No pueden dejar de reconocer el extraordinario parecido que las une, pero escupen sobre él.
Marchan juntas del brazo. Mastican.
Por la vereda sus pies esquivan pozos.
Del hombre solo quedó la taza de té en la vitrina y el pañuelo perfumado. Se fue. No hubo despedida. Pero en esta tarde de sol, a esta hora, no se les aparece, no lo ven en aquel que espera el colectivo ni en ningún otro.

Ambas trazan una frontera, otro borde que cada vez esta más cerca.

Costureras

A través de la cabeza de la aguja pasan muchos pensamientos. Hilos de pensamientos cosen retazos de historia.
Otras veces bajo las puntadas ocultan pequeñísimos detalles, que arrugados, laten.
Muchas veces las costureras acomodan al revés los pedazos y los hilos unen partes creando recuerdos, nuevas formas de interpretar hechos sueltos. A veces inventan.
Pero no siempre los pensamientos se deslizan fácilmente, a veces son tan gruesos que no se dejan enhebrar o se enredan en nudos con saña.
Años tardan en desenredar y ovillar los pensamientos agudos, que chillan. Cuando no es necesario cortar.
Las costureras, a veces, aprietan con demasiada fuerza la costura y se rompe el hilo. Cada retazo vuelve al lugar exacto de donde partió.
A veces los pedazos no alcanzan para cubrirlo todo. Agujeros negros se esparcen por la manta. Los pensamientos en manos laboriosas buscarán cerrar la trama.
En algunos casos, no hay manta, hay uno o dos retazos y nada más. Todo es pregunta.
Las puntadas que cada costurera elige son un misterio.
Algunas costureras cargan con los bordados que empezaron sus ancestros. Capas y capas de hilos se ocultan y aparecen. No se termina de saber a quien corresponde cada hilo.
Las hilachas, los puntos corridos, las superposiciones son recurrentes en los principiantes, pero con los años, las costureras expertas remiendan, zurcen y disimulan imperfecciones del pensamiento.
Algunas costureras cosen y descosen siempre el mismo retazo, le buscan cada vez una nueva posición, pero el retazo nunca acaba de encajar con el resto.
Coser, descoser partes y volver a unirlas es la tarea de las costureras.

Mudanza

Cada vez que nace un bebé en una familia, alguien mayor muere, le dije. Se horrorizó.
Dio un paso hasta el mueble gigante de madera, tocó las manijas y entreabrió la puerta.
No tenía mucho la abuela.
La cama con el colchón desvencijado y los resortes salidos que le daban un aspecto completamente irregular. Me senté en el borde y Dany empezó a poner los vestidos, uno a uno en la cama. El gris, los dos batones (uno de salir y el de cocinar) el tapado verde, el vestido de comunión de mamá. Dos cajitas. Adentro las medallas de la virgen, un cristo que sufre con la corona, todo enredado. En la otra, un anillo.
Eduardo no había tocado nada. Como si no estuviera por irse.
Desde la muerte de la abuela, años atrás, había ido juntando cosas de la calle. Ya no seleccionaba más. El fondo ahora era abrumador.
La casa que llamaba a entrar con olor a comida, ahora invitaba a retirarse. Se impuso un olor ácido, rancio. Vagabundo.
Las dos perras que antes de morir se habían ido convirtiendo en criaturas salvajes, habían dejado algo de sí que no se iba.
La casa estaba vendida y había que vaciarla, pero Eduardo no parecía apurado.
Se iba a volver a España. Hoy había salido.
Cuando vino Lory ya el mueble estaba vacío y la cama llena. Mamá dijo que bajaba en un rato.
Fuera del cuarto no quería tocar nada. Estaba todo sucio. Tenía que lavarme las manos, pero el baño era uno de los peores lugares. Me daba asco. No había vuelta atrás, ya no podía convertirse en un lugar habitable. Pero aún así me parecía injusto que se venda. Era la casa de ella y había sido mi casa también.
Eduardo sacó sus herramientas y las mandó en barco a España pero no pudo desocupar el fondo. No podía. Tuvimos que hacerlo nosotros. Papá encargó dos volquetes para meter las maderas, las partes de mis máquinas, bolsas de tornillos oxidados, gomas, pedazos de bancos. Eduardo trataba de rescatar partes de las pilas que llevábamos haciendo equilibrio hasta los volquetes. Papá intentaba explicarle que no iba a llevarse todo a España.
No entendía.

Papas en la iglesia

Dos papas ingresaron a la iglesia en la bolsa de una señora que, después de comprar, iba a rezar.
Al dejar la bolsa en el piso para arrodillarse, las papas rodaron hasta el rincón más oscuro del ángulo derecho de la estatua de la virgen maría. De una de las papa nació un brote. Pequeño primero y gigante más tarde e imposible a la semana. Tan extraordinario fue, que al crecer hacia arriba se llevó consigo a la imagen de la hermosa María, que pareció elevarse sola. ¡Milagro!, gritaban todos.
Parecía la figura de una niña, cristalizada, detenida en el tiempo. A medida que el brote crecía ella se alejaba con gracia.
Abajo las personas creyentes esperaban una señal, que hablara, que se manifiestara, que le salieran rayos de luz… La virgen no decía nada. Pero el brote cada vez llegaba más alto y alejaba la imagen divina de los mortales.
Furiosas las personas no entendieron lo que pasaba y hacharon el brote de papa, rebanaron la vida, el milagro de la luz desde el rincón oscuro. Siguieron sin entender nada. La otra papa se pudrió.

Mural

Desde la ventana del bar se ve la calle. Pasan autos de todos colores. Si estuviera con los nenes jugaríamos a contarlos. Hay poca gente por el calor. Ya son las cinco y arde la vereda.
Pero acá el aire nos da alivio al chico que pasa un trapo desprolijamente en el piso y a mí.
En forma de pecera, el sector fumadores y adentro un mural. Los personajes están echados como quien tira los dados. En general, no existe relación alguna entre ellos. Una mujer gorda, pelirroja, con portaligas, aparece recostada en un butacón, con la pierna levantada. Es tosca. En el espacio central del muro, dos mujeres, con ropa de los 30, con plumas, se miran. Están paradas. En los contornos, tangueros sentados y alguna mujer que fuma. Un músico con un contrabajo quiere asesinar a un perro, que aparece a una distancia de él. Todos están aburridos, como los que estamos en el bar.

Hermanas

La tía Pety se pregunta que se va a preparar. Va a comer sola.
Elige y desmenuza el pescado buscando las espinas que el pescadero le dijo que no iba a encontrar.
La tía Rosa ya no está.
La casa es enorme. Tiene sótano. Tiene muchas habitaciones. Tiene patio. Tiene una vitrina llena de animalitos de madera. Un vitraux filtra la luz de colores, pero ahora no, porque es de noche.
Después de comer, despacio lleva las cosas a la bacha de la cocina y las friega. Quiere limpiar algo más. Busca con la mirada.
Se va a su pieza. Se sienta en el borde de la cama y se desata el rodete. El pelo blanco, gris le cae sobre los hombros. Apoya la cabeza en la almohada.
No puede dormir. Gira y piensa. El gusto a poco.
Rosa de joven pudo haberse casado. Pero a la tía Pety no le gustaba el candidato. A Rosa si. Pero igual se quedo.
Se vuelve a sentar en la cama. Se para, va al baño y se lava los dientes. Se vuelve a acostar y cierra otra vez los ojos. Sabe que no va a dormir. Pero se queda quieta. Percibe que el tiempo pasa lento y las cosas que piensa no la ayudan.
Se levanta. Va al comedor y abre la vitrina. Agarra uno a uno los animalitos de madera. Les pasa con delicadeza la franela naranja. Los contiene un momento en la palma de la mano para observarlos. Elige uno, el que le gustaba más a Rosa. Lo sujeta fuerte. Camina de regreso a su cuarto por el pasillo oscuro. No ve, pero conoce de memoria cada parte de la casa. Se acuesta y se apoya el puño cerrado en el pecho. Cierra los ojos y consigue dormir unas horas.

Poco

No se quiere dormir. Le acaricio el poco pelo blanco. Mira hacia adelante, no ve la habitación. Habla con los de antes. Ve a papá y le dice otro nombre. Mamá piensa que nombra a sus hermanos.
Pregunta. Tiene la enagua beige gastada, transparente. Está flaquísima. Gira y murmura. Con Lory no nos miramos. La acompañamos al baño. La casa está horrible. Mamá no puede verla así. Eduardo se queda en la puerta de la piesa, no pasa.
Todos sabemos que se va a morir.
No se quiere dormir.
No se quiere morir.

Arrugo el papel en blanco

No tiene sentido escribirte.
Pienso que no lees las cartas. Lo creo porque hace años que te llegan y no respondes.
No supe el motivo por el que dejaste de hablarme. Mamá hizo las justificacines necesarias y en ese momento no me pesaba tu silencio. Pero ahora quedamos solo nosotros.
Debes estar más viejo, más necio que antes. De todos modos, se de vos, Nely y Jose me mantienen al tanto. Se que seguis prefiriendo el arroz blanco, que recortas las jugadas de ajedrez del diario y que tenes colesterol y no te cuidas lo necesario.
¿Por qué no volviste a abrirme la puerta? Fui muchas veces a verte. Sabía que estabas por Antonio.
Ya le di vueltas al asunto y no tenes motivo. Varias veces estuve tentada de ir a buscarte a la salida del negocio, pero no lo hice. Seguramente me ignorarías y aunque yo gritara, vos mirarias fijo hacia adelante como si no existiera. Como aquella vez.
No voy a preguntar más por vos. No voy a esperar una respuesta.
Esta, es la última carta que te escribo.

Defensa

¿Cuantos años en sentido contrario avanzan?
Hoy hay solo una medida.
Parado en la mitad justa un punto.
El hilo se hunde.
Lo que hay en ambos lados del hilo cae hacia el centro,
sobre aquel punto.

Defensa y Juan de Garay. Es un edificio antiguo lleno de atelieres, hermoso, pero deteriorado.
Mamá vino a firmar la garantía.
La habitación donde atiende Olga está llena de pequeñas estatuas negras en los estantes. Las sillas, el escritorio y el piso están cubiertos por libros y papeles, entonces tienen que apilar y correr las cosas para que mamá se pueda sentar. El cuarto no tiene ventanas y Olga fuma. El marido que nunca habla, en pijama, también fuma. El hijo, Alejandro, también fuma. Y está Adolfo, que es vidente y habla raro porque es de otro lado. No es pariente pero está siempre con ellos.
Mamá se va preocupada. Llora por teléfono con mi hermana. Mi hermana me llama enojada.
Sol estaba en la habitación al final del pasillo.
Mi atelier era un cuarto de tres por tres con un entrepiso chico donde entraba mi colchón. Tenía dos ventanas preciosas de metal y vidrio. Luminoso.Las cosas entraban perfecto. Mis pinturas y mi ropa. Mabel me había dado una de sus mesas alargadas para comer y trabajar.
La cocina compartida era fea. Siempre parecía estar sucia, así que cocinaba en mi cuarto con un anafe que me había regalado mi madrina y tenía horno.
En el mismo pasillo que compartía con Sol había tres cuartos más. En uno vivía Juan, un actor de teatro almodovaresco, que usaba tacos y sacaba unas fotos preciosas. En otro, Martín, actor de novelas que a cada uno que pasaba le ponía los videos de las tiras con las que se había hecho famoso. Triste, porque ya no lo llamaban y era visitador médico. Trataba de acostarse con todas las chicas de la pensión. En el ultimo cuarto, Carolina, que a la tercera noche de vivir en el edificio, entró en crisis. Gritaba con la música a todo volumen, llorando y diciendo cosas que no se entendían. Golpeaba las puertas puteando a todos y pidiéndoles cosas. Yo, asustada, quería ir al cuarto de Sol, pero quedaba al fondo y Carolina estaba ahí en el pasillo y golpeaba todo. Tuve miedo. Era alta, grandota, se me aparecía como Katja Aleman. Me sentía pequeña. Cuando golpeó mi puerta lo que pensé es que hacía mucho que quería ir al baño y no me animaba. Abrí. Con ojos extraviados, me pidió una toallita. No tenía. Andá a comprarme. Entonces me vestí, cerré la puerta con llave y empecé a bajar las primeras escaleras a la una de la mañana para ayudar a la falsa Katja. Pasé por el baño de abajo. Caminé hacia la siguiente escalera que daba a la calle Defensa, pensando que iba a estar todo cerrado. Apareció Adolfo. Y Adolfo sí que me daba miedo, y más a la una de la mañana. ¿Adónde va? A comprar. De ninguna manera, si quiere algo que vaya ella. Y me mando al cuarto. Katja, que escuchaba desde el pasillo de arriba, se empezó a pelear con Adolfo que estaba abajo, y yo me fui a dormir con Sol. Finalmente se la llevaron en ambulancia y la familia vino a buscar sus cosas. Del otro lado del pasillo, seis cuartos más. Seis historias que no conocí en los seis meses que viví ahí.
El precio de mi libertad era la hora y cuarto en el 39 de ida que tardaba hasta el trabajo nuevo, el transcurrir de las clases y la hora y cuarto de vuelta hasta la pensión. En esa época la ropa me quedaba chica y me sentía muy incómoda conmigo misma. Me aquejaba una adolescencia tardía insoportable. Y sobre todo me sentía sola. Pero en los atelieres siempre había alguien, y nos juntábamos a tomar mate. Pintaba muchísimo.
Quien determinó nuestro futuro inmediato en los atelieres fue Alejandro, el hijo de Olga. Vivía en un cuarto al lado de la oficina de su mamá. Su habitación estaba llena de peceras con luz azul. Se sentaba frente al ventanal que daba a la calle. Desde ahí, como centinela, veía quien entraba y salía del edificio. Hablaba poco, pero hablaba, no como su papá. Ambos parecían medicados. No hacía nada, solo fumaba. Siempre había olor a churrasco en esa parte del caserón.
Unas semanas antes de mudarnos con Sol a la casa de Córdoba y Bompland, Alejandro rompió a mazazos todas las puertas de la planta baja.

Cemento

-Es un día horrible. Va a llover.
Se quedaron calladas. Nos bajamos del auto. La puerta sonó fuerte.
Empezamos a caminar.
-Todas tienen fotos -dije
-Le ponen cara a la tierra -dijo Laura.
Victoria no habló.
No se veía a nadie.
Lejos, la parte nueva del cementerio.
Fuimos juntando piedras en el trayecto.
Estaba gris, todo menos los árboles con flores rojas, brillantes en febrero.
De rodillas una señora fregaba el mármol negro con un paño. La foto era de un nene. Me puse a llorar.
Buscamos casi frenéticas el nombre en el sector que le habían dicho a Vicky.
Aparecían otros, con nombres parecidos, con edades parecidas, con perfiles parecidos.
Cuando leyó su nombre sonó hueco.
Dejamos las piedras sobre las piedras que ya estaban en el rectángulo de cemento y mire lo grande de ese lugar. No quería ver a Vicky.
Vacío, enorme, muerto.
A pocos metros empleados del cementerio cavaban sacando tierra. Uno llegó en bicicleta y les dijo algo. Los demás se rieron.
Vicky ahí, sentada en la tumba empezó a hablar, a decir cosas de su papá, de antes, pero no pude escucharla. Visualmente el cielo gris y las tumbas tenían el mismo peso y se cortaba en los bordes con el muro de ladrillos.
Laura me toco el hombro. Me trajo de vuelta. Las tres nos abrazamos

La nadadora

Bernardo abre la valija. Saca un recorte de diario amarillento. Aparecen cuatro nadadoras. Todas con antiparras y mallas negras.
Bernardo da vuelta el recorte buscando las espaldas, o los nombres: parecen todas iguales con sus gorros de natación apretados.
Pasa la uña por encima de una de ellas.
Primero la tinta se corre y la nadadora se desfigura.
Sigue rascando el papel hasta que en lugar de la mujer aparece el vacío un hueco por el que se recorta el suéter de Bernardo.

Hueco

El hueco que quedó entre vos y yo, se mueve. Me sigue.
A veces me caigo adentro por semanas o meses.
Pero trepo y salgo, con esfuerzo.
La última vez caí tan hondo
que me costó trece meses
salir, volver y decidí
taparlo. Llené de
tierra negra
el pozo.

 

Lo rodeé con piedras y me despedí.