E y punto

El punto
El punto se cansó de ser silencio y emprendió el viaje. Dejó atrás su pasado rayado. Allá quedaron amontonándose las palabras.

La letra E
La E era la última letra. Cuando vio al punto descolgarse del renglón, lo llamó: ¡E! pero él no le dirigió ni siquiera una mirada de despedida.

La E volvió a mirar al resto de las letras. Se estiró para contenerlas. Quiso pensar con rapidez, pero la invadió un irremediable eeeeeee.
¿Qué podía hacer?
Se fue en busca del punto.

El camino del punto
El punto caminó, o más bien rodó, y rodó, dio giros y vueltas sin saber qué lo impulsaba.
Hasta que agotado, se sentó.
Miró con todo el cuerpo hacia abajo y un poco hacia atrás.
Ante él se desplegaban sus propias huellas como un mapa infinito.

El camino de la E que seguía al punto
Con temor, la E se lanzó del renglón.
Le temblaban las tres patas. Se estiró, descubrió cada parte de su cuerpo en movimiento.

Primero fue muy sencillo seguir el rastro finito y recto.
Pero luego, en el camino aparecieron surcos gigantescos que terminaban abruptamente.
Decidió subir a lo alto y tener otro punto de vista.

Lo que vió la E
El mapa era magnifico. La huella del punto trazaba surcos profundos. Zigzagueantes.
El punto ya no era pequeño. Entero, giraba en el aire, y una música le salía del cuerpo.
Desde lo alto la E enmudeció ante la voz del punto.
El punto, entre tanta voz, crecía.
Sus bordes se expandían.
Sonó muy fuerte y de él se desprendieron miles de puntos diminutos, brillantes, que se fueron por el camino trazado y se perdieron en su propia luz.

Del infinito al punto y a la ‘E’
El punto volvió a tener forma y color de punto.
Pero algo había cambiado.
La E escuchaba y vibraba distinto.
Ninguno dijo nada.
El punto dejó que la E lo llevara de regreso.

El regreso
Cuando llegaron, todo el texto era un desparramo de letras.
Las palabras que aún seguían unidas habían perdido el sentido.
Una fila colgaba del renglón como una cadena.
El punto sintió el silencio más lleno que nunca.
Ante la presencia de la E y el punto, las demás letras se agruparon en una forma nueva, construyendo palabras nunca vistas.
Y también el punto.Y también la E.
Todos sintieron que, por un tiempo, estaban bien así.

Media luna

Me comí las uñas hasta dejar una media luna finísima en el dedo. Como para compensar, la naturaleza hace brotar el limonero. Limones no da.
La pollera de tablas arrugada, la remera blanca, limpia. Los pelos contenidos por dos horquillas para evitar que se eleven alrededor de las sienes.
Viene papá.
Hace dos días que en secreto espero las palabras de mamá anunciando que viene, pero recién hoy llegaron. A las cinco pasa. Mamá habla mucho por teléfono con todos, pero con él no, arregla y listo.
Estar sola con papá todavía es raro. Nos miramos, pero hablamos poco. Él tiene miedo de preguntarme como me siento, porque si me siento mal no sabe que decirme. Pero no pregunta y me abraza, porque se da cuenta.
La noche con sus cuentos es hermosa. Armó en su nuevo departamento una cama con peluches y estantes con juguetes que elegí para traer. Las cortinas dice que las va a cambiar por unas de princesas que vio. Las princesas no me gustan ahora, pero lo dejo.
La mañana es el momento en que me gustaría estar con mamá para que me peine. Las nenas en la escuela me cargan porque voy horrible. Me peina la maestra y a ellas les da más bronca.
Cuando estoy con uno extraño al otro. Caro dice que después se te pasa, que es así al principio.
Cuando sea grande no me voy a casar.

Lágrimas

Levantó las manos al techo. Necesitaba los caireles con forma de gota. Los chatos facetados no. Los de gota. Se subió a la cama, no llegó. Puso un banco arriba de la cama y ahí si.
La escultura necesitaba lágrimas. El pensador tenía que llorar como un bebé. Tenía que salir de esa cabeza atormentada de ideas y dignarse a sentir algo. Solo un dolor profundo iba a lograr arrancar de su eje a ese marmol helado que lo mantiene erguido. Despejarlo de las ideas rotundas y el juicio despiadado de los gansos Ni remotamente cerca de una definición clara, pero la escultura, según él, necesitaba lágrimas más reales. Ninguna más llorosa que las de la araña de la abuela.
El, un escultor reconocido en el medio, refritaba y miraba con visión actual obras famosas. Al parecer, esto que a mí me resultaba una completa idiotez, a los críticos del momento les resultaba fresco y revolucionario.
Pues bien. Mi tarea era impedir que se robe los caireles. La abuela jamás le decía que no a nada. La única forma era convencerlo, crear una teoría lo suficientemente sólida que derribara el castillo de cartas que se había construido en torno al pensamiento-sentimiento.
Empecé a decirle lo mucho que me conmovía la escultura, que en sí misma atravesaba las fronteras del tiempo para tocar las fibras intimas tanto de la razón como del espíritu, porque ese pensador no era solo pensamiento, era la fina sensibilidad que modelaba la piedra.
Por supuesto no lo convencí. Se llevo los caireles. Utilizó mi discurso como propio para el catálogo de la exposición que realizó en Ruth Benzacar. La obra se vendió por una millonada. Con la abuela seguimos en la misma casa, aunque cada vez está más vacía. Los artistas contemporáneos son así dice la abuela (sentada en un tacho de pintura que usa de silla).

 

Misterios de la pesca

Desde la ventanilla del 110 veo que de un balcón cuelga un hilo con algo brillante en la punta. Me parece un anillo.
El colectivo está atrapado en el embotellamiento y no se mueve. Me detengo a mirar el anillo y aunque quiero distraerme con otra cosa, el brillo plateado me llama. Nadie más parece repara en él. Una trampa, sin dudas. Un hilo que cuelga desde el cuarto piso de un edificio con un anillo atado en la punta ¿que otra cosa puede ser?
Sin embargo empiezo a diseñar mentalmente planes para escapar con el anillo y vencer a quien colocó la trampa.
El colectivo avanza cinco pasos de hombre o dos giros de las ruedas.
Busco algo con lo que cortar el hilo, busco en mis bolsillos. Lo único que aparece es el pez azul con código de barras y el árbol genealógico familiar que me hizo la tía Chichita para el estudio de nuestros orígenes y las complicaciones a las que nos arroja.
La luz pega tan linda en el anillo que me obliga a tirarme del 110 y clavar los dientes en el hilo, (que es extremadamente resistente, imposible de cortar). El anillo me hace cosquillas en la lengua.
En fracciones de segundo me estoy elevando. Mis pies se alejan del piso, lo veo de reojo, porque a gran velocidad subo en este pescador. Si abro la boca me estrello. Por eso espero el pip del ascensor pescante.
La roldana que sostiene el hilo deja de girar, se abre la reja del balcón y una voz en off me invita a soltar el anillo y pasar. Lo hago, claro.
No hay ninguna persona en el living. A mi izquierda, una pecera gigante llena de peces. A la derecha, una pequeña pecera vacía y una máquina registradora como la de los supermercados.
La voz en off dice “Pase el pez por el posnet”.
Me impaciento al no saber si agarrar un pez de la pecera, y como eso sería raro eso, busco en la habitación algún otro pez.
La voz en off repite cada dos segundos “Pase…” y a mi me traspiran las manos.
Me toco el bolsillo y me acuerdo del pez azul. Lo paso por el posnet, y la voz en off agradece. Sale un ticket que la voz me sugiere guardar, y me invita a retirarme por el ascensor. La puerta se abre. En la última mirada al departamento me doy cuenta de que la pecera chica ya no está vacía: nada un pez azul brillante.
Una vez en la calle el 110 sigue ahí, dos metros adelante de donde me había bajado. Vuelvo a subir, saco uno de uno veinte y por la ventanilla veo el brillo de plata que cuelga del hilo.
El pez rojo lo paso mañana.

Maquina registradora

No me gustan las máquinas registradoras.
Cuando entras al negocio salen al humo a registrarte el bolso.
Las máquinas registradoras de antes eran distintas. Se contentaban con los números, los precios de las cosas. Estas en cambio escarban, buscan lo que no se puede comprar, recuerdos.
Si descubren que llevas una foto, algo de valor sentimental, sacan las pinzas, lo capturan, levantan la tapa de la caja y se lo guardan para siempre.
Uno puede ir al Ministerio de la Propiedad Sentimental y explicar por que llevaba semejante cosa por la calle, bla, bla, bla.
Pero nunca devuelven nada.

Chinches en el mapa

La guerra duró todo el verano.
Antes, nos veíamos en la orilla. Ella escondía secretos que yo quería robarle.
De este lado había cintas rojas, chinches rojas en el mapa y pilas de notas.
Me quedaba en el refugio recibiendo las coordenadas día a día.
Cuando llegaban los aviones de papel con los datos, yo los recogía, los estiraba, los planchaba y los apilaba en orden. Finalmente colocaba la chinche roja en el lugar indicado por el grupo.
Cuando terminaba, me sentaba a comer mandarinas cerca de la ventana, mirando el río.
Del otro lado estaba ella. Cintas verdes, chinches verdes sobre el mapa y pilas de notas.
Una mañana llegó sin aviones de papel y salí a buscarla.
No la encontré.
En su refugio solo había un mapa con muchas chinches verdes y una chinche roja.

Camarón

En el balde de playa puse mis cosas y empecé a caminar por la orilla buscando solo caracoles blancos. La espuma fría es irresistible. Papá juega a la paleta con Toto y mamá toma sol lejos. Se la ve chiquita, cabe entre dos dedos que arman una c.
Mi tarea es buscar caracoles hasta que por al lado mío pasa un señor con un balde de pescador. Asoma una pata de langosta. La pata se mueve y aprieta el aire. Pobre bicho horrible, ahí solo respira su pata. Es tan asqueroso que no puedo dejar de mirarlo hasta que el pescador se adelanta. Papá y Toto lo corren al hombre para que les muestre al bicho. El hombre les acerca el balde. Corro y los tres miramos al crustáceo, al extraterrestre de tenazas. ¿De donde viene semejante ser? Las manos me transpiran, su mundo está lleno de cáscara rosa, de bigotes que en un dragón serían fantásticos pero que en esta cáscara de huevo se ven repulsivos. Quiero que lo maten y me siento culpable. Me provoca un miedo tan espantoso que no puedo moverme, no está bien desearle la muerte a un animalito indefenso que seguramente va a morir, pero me transpiran las manos y pienso que si no se lo lleva me voy a morir yo. En pánico, grito fuerte. Papá me abraza, el hombre se va, Toto me dice boba. Boba, pero lo escucho de lejos. La mano floja deja caer el balde con los caracoles blancos, ya no los quiero.
Me acuesto en la esterilla con mamá y me duermo.
Marco una linea de puntos, hasta acá vivo yo, de aquel lado el falso camarón.

Rigidez

Una mañana Lucio se despertó rígido. Un bloque de dureza. Tal vez lo más comparable hubiera sido una tabla de lavar, pero seguramente tenía más movilidad que él.
En calzones llamó a su mamá. Las palabras de Susana rebotaban como en un frontón sobre el cuerpo investible de su hijo que insistía en vestirse. Susana lo empujó sobre la cama. Le hablaba y le daba razones por las que había terminado de esa forma, razones todas que Lucio no escucho.
El pantalón fue fácil de colocar, pero la remera era imposible sin flexionar los brazos, así que Susana, le cortó los lados a una que aprobó Lucio de reojo. La ató con dos cintas a los costados para que no se abriera.
La doctora que vino a domicilio, lo mandó a hacer kinesiología. Para ello contrataron un micro, porque solo podía viajar parado.
Le compraron camisas y Lucio empezó a parecer un señor.
La kinesiología no hizo el efecto deseado. Recorrieron hospitales, médicos particulares, pero nada solucionaba su problema. Curanderas, recetas naturales, baños térmicos, inyecciones, etc.
Lucio se convirtió en un maniquí. Lo llevaban y traían Por casualidad comenzó a ejercer de modelo profesional y promocionaba unas pastillas para la felicidad. Todo el mundo las quería comprar y por eso lo llamaron de un programa de chimentos en canal trece. Hasta le ofrecieron un lugar con la utilería para que se quedara en el canal y no tuviera problema con los traslados. Salía muchísimo, las chicas se peleaban por estar con el.
Hasta que un día, pasó el furor. Comprobaron que las pastillas eran perjudiciales para la salud y fue dejando de aparecer. Quedó arrumbado en un camarín a disponibilidad del canal.
Un señor de limpieza le llevaba de comer.
Susana lo fue a buscar y se lo llevó a rastras, porque el no quería.
Hoy, cada vez que alguien va a su casa, le pasa las grabaciones en las que aparecía.

Notas comidas

Me comí la mala nota de la maestra, esa fue la primera vez.
Después en casa nadie podía dejar notas en la heladera, ni en las libretas porque yo los tragaba de un bocado.
Lo peor llegó de grande, cuando en el trabajo no descubrían cual era el misterio de los recordatorios pegados en las computadoras, que yo masticaba en los baños a la hora del almuerzo.
Mis hijos llegaron con una memoria envidiable, pero muchas veces las novias revolvían frenéticas las carteras en busca de direcciones casi digeridas.

En viaje

Gira la puerta, da una vuelta completa y una señora sale arreglándose el pelo. Otra vuelta más y cuando entra el señor de traje, nos metemos. Dos por hoja. Es difícil avanzar girando con los pies tan juntos y los pasos obligadamente cortos, pero vamos. No salimos nunca. Algunos entran, otros salen, pero nosotros, ahí, en la puerta giratoria del banco nación de San Martín.
El guardia nos grita desde el interior del banco que nos vayamos, pero nuestro viaje esta en el mejor momento y no se puede detener.
Joaquín maneja el volante negro, yo soy vigía, Maricel tiene el control de comando y Agus está en los motores. El guardia intruso logra subirse a bordo y se ubica en frente de mí, camina hacia atrás para mirarme a la cara. Me doy vuelta, y cambio el sentido de la puerta, porque soy vigía pero me da miedo la cara del señor. Me dice cosas, pero trato de no entenderlas. Los chicos me hacen señas, es momento de la huida. Prolongo unos instantes más el escape, mirando por última vez al guardia enfurecido y me arrojo con ventaja sobre la avenida, por la que los chicos ya avanzaron cuarenta metros. Escucho los gritos a mi espalda. A las tres cuadras ya no hay peligro y nos sentamos en un umbral a recuperar el aliento y a decidir nuestro próximo viaje.

Cosas sueltas

Lo ve y se hace migas de pan.
Se siente cachorro, estatua, jamón.
Se desenrolla las medias que vencidas por el elástico se vuelven a deslizar y se acurrucan en el tobillo. Molesto sube y baja. Arma la danza del zombi, parece un animal que relincha. El partido lo pierde por las medias, claro. Pero se las pone seguido.
Entre dos amigos que se quieren tiene que haber respeto.
No vale pellizcar finito.
No valen las patadas en la parte de atrás de las rodillas.
Entre dos amigos que se quieren no vale la comida masticada adentro del pan, ni la lanzada de babitas.

Semillas

La palma de la mano izquierda, llena.
La palma de la mano derecha, repleta. Pelotitas amarillas del árbol listas para ser lanzadas.
Espero atrás del sauce a que salga Mauro de su escondite. Cada vez que espío, recibo bombardeo de piñas secas que chocan con la corteza de mi escudo y se deshacen.
Paciente espero la posición que necesito de mi contrincante.
En el segundo preciso, el lanzamiento es certero y mi semilla le pega en la cara.
Mauro cae al suelo y grita.
En ese minuto se me aflojan las manos y todas las bolitas caen al piso en cámara lenta. ¡Le saqué un ojo! Y él se tapa la cara con las manos. ¿Estás bien? No contesta.
Me acerco despacio, no veo sangre y me alivia.
Cuando le toco el hombro, se levanta de un salto y me tira con todas las piñas que logra juntar del piso.
Acierta todos los tiros en mis piernas que huyen veloces atrás del arbol.
¡Me las vas a pagar!, le grito.
¿Estas bien?, me dice, burlón.
Bien, bien es otra cosa.

Umbral

Estaba sentada en el umbral de la puerta de casa cuando apareció un perro. Olfateó el aire y se sentó. Primero me hice la desentendida. Dicen que los perros si no les das bolilla se van. Pero no. El señor se quedó ahí. Entonces me paré y empecé a caminar despacio. Así.
No lo miraba, pero relojeaba cada tanto. En una de las disimuladas miraditas que detrás del perro venía una paloma. Me paré. La fila se paró. Seguí la marcha y caminé tres cuadras, pero en ese momento la fila contaba con dos integrantes más, un gato manchado y otro perro. No ladraban, ni maullaban, ni parecían pedir comida, ni nada.
Todos me miraban.
Yo ya no quería disimular mi preocupación, mi desesperación, y empecé a correr lo más rápido que pude de vuelta a casa. No quería fijarme, pero sabía, sabía que atrás mío había cada vez más animales.
Nunca me habían interesado particularmente los animales, qué lindos sí, pero nada más.
En la entrada de casa, al cerrar la puerta, y ví que había cientos de animales de todo tipo. Sin ruido, mirándome.
No intentaron entrar.
No empujaron.
Ordenados.
Me escondí atrás de la cortina y los espié. Me dio miedo. Pero ellos sabían.
Pensé que a lo mejor a Noé también le había pasado algo así, y que por ahí el Maldonado estaba a punto de desentubarse y ahogarnos a todos. Inundarse hasta la rodilla todavía, pero esto parecía otra cosa.
La pandilla de mirones no se movía.
Llamé a Mariela que sabe mucho de animales, y me dio la idea.
Salí, ignorándolos. Caminé las cinco cuadras hasta la plaza de San Martín y cuando llegué a la cancha de fútbol, había un grupo de chicos que estaban jugando.
Esperé cuarenta minutos mirando hacia arriba, para no hacer contacto visual, porque no hay que mirarlos siquiera, me dijo Mariela, y cuando terminó el partido pasé despacio. Piola, los ojos al cielo. Me quedé cerca de la reja. Una vez que entraron todos, cerré. Fácil. Y caminé para casa. Miraba atrás y nada. ¡Feliz! Me había sacado mil ojos de encima.
Todo iba bien hasta que sentí en la cabeza el bombazo de la paloma. Blanco tenía el pelo. Eran la paloma y todas sus amigas aves.
De ellas no pude librarme. Miran de costado. Con cortina y todo parece que ven igual.
Nada me gustan los pájaros.
En el umbral nunca, nunca me volví a sentar.

Eclipse

Empecé a andar con los ojos cerrados justo después del eclipse de sol.
Había subido a la terraza de casa con los larga-vistas, el pochoclo, la manta verde y una antena para recibir más clara la fuerza solar.
A la hora exacta que habían anunciado el eclipse en la tele, sucedió.
Pasado el evento, con sabor a poco, empecé a juntar mis cosas. Al levantar la antena, una luz como relámpago me recorrió. En ese momento no le di importancia. Bajé. Tiré todo en mi cuarto y me recosté en la cama.

Y ahora, cuando cierro los ojos, lo veo. Pestañeo y lo vuelvo a ver.
Feo. Chico. Extraño.
Abro los ojos, y ya no está.
Los cierro y aparece.
El bicho me hace señas, y pregunta con las manos donde está.
Yo no lo puedo escuchar, pero le entiendo. Como está adentro, y solo cuando cierro los ojos lo veo ahí, no sé que decirle.
Primero me da miedo, y lagrimean mis ojos de tenerlos tanto tiempo abiertos. Pero después descubro que es de lo más cordial y sociable.
Es un poco raro cuando se acerca en primer plano, por fulero, pero paradito así de lejos es simpático.
Y a partir de ahí agarré esto de andar con los ojos cerrados casi todo el día, porque el bicho me habla. Es increíble el lenguaje de señas que se armó.
El único que habla es él.
Nadie cree en la existencia de este ser.
La maestra piensa que duermo, y me reta todo el tiempo.
La verdad estoy distraido. Hace cosas para llamar mi la atención.
A veces intenta comprender cómo llego adentro de esta cabeza y hace formulas. Pero yo no entiendo ni jota. Parece que cuando haya eclipse de sol otra vez, va a poder volver a su camino. Yo pienso que a lo mejor no voy a estar. Pero no se lo digo.
Mamá me llevo a la psicóloga porque no entiende lo que pasa y se echa la culpa. Repite ¿Qué hice mal? ¿qué hice?
Y yo sigo investigando porque los grandes científicos siempre fueron incomprendidos.

Llave

Una abuela va a buscar la llave que abre el candado que cierra la caja que guarda la cuchara con la que le dio de comer por primera vez a su muñeco de pana, porque se la va a regalar a su nieta.
La llave la guarda en una botella que tiene un tapón que enganchó en una piedra en el acantilado donde veraneaba cuando era chica. Chica como su nieta.
Para que la abuela saque la llave necesita que los perros de la playa aúllen como aquella vez, que el sol se ponga tibio y que los pájaros dibujen lo mismo que el día en que guardó la llave.
Entonces sí, las conchillas de la arena le van a pinchar las plantas de los pies.
Pero los perros no aúllan y el sol no se pone tibio y no hay pájaros. La playa está lejos.
La abuela sabe. Con los ojos cerrados, hace un malabar y dibuja una llave que abre una caja transparente y saca una cuchara con un gesto que hunde en un plato brillante y le da de comer a un muñeco de pana que ahora es de la nieta y se llama igual, porque hay cosas que no cambian.

Suspensión

Flotar no es imposible, como los globos. A mí me pasa. No es tan romántico como cuando me imaginaba volando. Porque en realidad sucede de repente y una vez aparecí en Lanus. Por eso ahora llevo una pesa con una cuerda atada y cuando me agarra, por lo menos no me voy con el viento, es que un poco angustia no saber donde uno va a ir a parar.
Igual ahora, con el tema de los celulares es mas fácil, llamo y viene la grúa a bajarme. Antes, días enteros pasaba suspendida en el aire. Y la gente es mala, te ve ahí y nada, che, ni un vaso de agua.

Elástico

Camino de frente contando los pasos. Veintitrés.
Camino de espaldas contando los pasos. Veinticuatro.
El pasillo se estira y contrae ante mi intento de medirlo.
Imposible saber con exactitud las dimensiones de la pista.
Veinte veces repito la operación y no obtengo un resultado igual al otro.
¿Como promocionar el evento del barrio, sin saber de cuántos metros tiene la pista?
Opción b, dejar que la carrera se haga en lo de Marco. Pero ahí esta la hermana y no es lo mismo.
Empiezo a poner los obstáculos y todo va bien, no se nota el movimiento, pero miro para atrás y se amontonaron las vallas, las sillas para pasar por abajo y las cintas rojas.
Cuando a la noche llegue papá le voy a preguntar por el pasillo.
Hoy: suspendida la carrera por mal tiempo.

Pom

Mariela tenia un hámster.
Yo quería tener un hámster, pero mama me habia explicado todos los fundamentos y razones que hacían imposible traer a casa una mascota y esto incluía perros, gatos, ratones y peces, además de cualquier otra especie que se me pudiera ocurrir.
Mariela tenia un hámster. Era blanco, esponjoso y sus patitas rosadas le hacían cosquillas en el cuello a la dueña.
Se llamaba Pom.
Era hermoso Pom.
Como lo quería a Pom.
Tanto lo quería que esa tarde, cuando me estaba yendo de la casa de Mariela, lo metí en mi mochila y me lo llevé a Pom.
Se puede pensar que lo robé, pero no, solo quería tenerlo en casa una noche, y devolverlo a la mañana.
Apenas llegue a casa, me fui corriendo a mi cuarto y lo liberé. Pom salió rápido, olfateó al aire, se froto las patitas delanteras, recorrió la habitación con la mirada y se volvió a meter en la mochila.
Intenté sacarlo con las manos, pero mordía el hámster.
Traté de convencerlo, le ofrecí lechuga, zanahoria y manzana que había sacado de la heladera, pero Pom, no quería salir del bolso.
En ese momento lo decidí: Pom ya no me caía bien.
El ratón era obstinado y caprichoso.
Cerré la mochila, le avisé a mama que iba a devolverle algo a Mariela y le toque el timbre:
-Tomá Mariela, acá tenés el Pom. Muerde y es antipático. Gracias. ¿Mañana vamos a lo de Antonia? Tiene un pez muy raro. ¿Muerden los peces?

Pantalones

Todas las mañanas me despierta la abuela.
Como hoy. Me visto. Tomo el mejor café con leche con galletitas de agua cortadas adentro.
Pero extrañamente esta mañana, se me caen las cosas de las manos. Me choco con todo y sin querer golpeo reiteradas veces a quién está cerca.
La expresión de la abuela lo confirma. Algo no anda bien.
¿Será el hecho de que los pantalones me quedan notablemente chicos?
Salgo y respiro la calle. Puedo sentir el frío, pero el sol hace luminoso todo el camino a la escuela.
Me encuentro con Liliana Salas y con Silvia Pereyra en el patio. Les cuento que me siento rara, pero no notan nada extraño. Sin embargo, yo en ellas sí observo cosas raras. Las mochilas se chocan, se amontonan, y sus movimientos son llamativos. La maestra, al notarlo, solicita cuidado y respeto a la bandera. Pero nada podemos hacer en contra de estos movimientos involuntarios.
Ya en el grado, como en onda expansiva, séptimo entero parece rebotar.
Sergio Ortiz, Emanuel Dinucci y Martín Méndez se revuelcan aprovechando las oleadas de chicos, que como en un samba, empiezan a perder zapatos, botones, lapiceras.
En ese revoltijo de bancos, sillas y armario, no se sabe quien le apoya a quién las patas en la cara.
Nadie entiende el movimiento que se ha generado.
La maestra da aviso a la directora, que a su vez llama a la supervisora, y esta a los padres.
Deciden evacuar la escuela por miedo a un derrumbe. Llaman a los bomberos para que nos saquen, pero es imposible. En la puerta los padres lloran y preguntan qué está pasando adentro. Por la ventana nos ven pasar apelotonados y no distinguen a unos de otros. La directora los tranquiliza.
La fuerza de gravedad no nos afecta.
Desde la vereda esperan lo peor.
Pero nosotros, después del susto inicial, le vamos tomando el gustito y empezamos a darnos impulso y nos animamos a algunas vueltas carnero dobles, lo que genera un entusiasmo sonoro, carcajadas envuelven a la masa desproporcionada. El edificio tiembla.
El tiempo pasa sin que necesitemos nada más que eso que pasa en ese justo momento.
En grupo decidimos salir y agarrados de los edificios nos empujamos tratando de volver a nuestras casas. Sebastián y Martín Méndez son los últimos en entrar en su hogar, ya que, mellizos, se acompañan.
Los papás, desde abajo van siguiendo a cada globo-niño, tratando de no perderlos de vista. Tanto mirar para arriba deja con tortícolis a un cincuenta por ciento de los familiares.
Al cruzar el umbral de cada hogar, vuelve la gravedad.
No se habla más del fenómeno.
Al día siguiente me esperan pantalones nuevos, grandes.

Todo va y … La ley dice “todo vuelve”.

El otro día estaba jugando y de repente un borrador me pegó en la nuca.
Busqué al o a los responsables, pero estaba sola en mi cuarto. En casa no hay borradores. Si mamá se entera que uso la manga me mata, pero es así.
Sucedió lo mismo con el bollito de papel que le tiré a Luján en el ojo y el empujón que le pegué a Santiago en primer grado. Todo volvió a destiempo, pero volvió.
Estoy en estado de alerta permanente, porque uno no puede acordarse de todo lo que hizo durante su etapa escolar, sería demasiado que volvieran cada uno de los atropellos que cometió.
De lo bueno no hay porque preocuparse, pero el resto….
Como la volcada de leche sobre el tapado de piel de la señorita Inés por ejemplo, o la escupida en el jugo de Eli, o la mordida que le dí a Toby.
Con destreza evité comer el ají putaparió que había adentro de un tomate que encontré sospechosamente dejado en mi escritorio. Claramente evocaba la vez que Mariela vomito desesperada por la picantes de mi travesura.
Y lo peor de todo es que no puedo dejar de hacer ninguna de las cosas que se me ocurren. Sin ir más lejos hoy coloqué debajo del banco de Clarita el mechón de pelo de la seño y la tijera responsable.
Temo que vuelva a mi el espanto de Clarita sin tener la más mínima idea del culpable. Y no alcanzó el yo no fui.
Pido, suplico y pienso, una y otra vez, si haber ayudado a la abuela podrá atenuar lo que vendrá a partir de mis profundas investigaciones a los pequeños insectos del jardín.

El hombre del semáforo

Estoy en la esquina de Juan B. Justo y San Martín esperando para cruzar y escucho que me chistan. Miro para todos lados y no veo a nadie. ¡Pst, pst! Otra vez, miro para arriba y un hombre subido al palo del semáforo me pide que le alcance el balde azul con ropa para tender que está a mi lado. No había reparado en el balde hasta este momento. Le digo bueno, y mientras se lo alcanzo con esfuerzo le pregunto ¿por qué no tiende en su casa? Estoy en casa dice y me cuenta que es muy de seguir las reglas, que su mamá era un poco como su semáforo, que le daba permiso de a ratitos.
Y ahora se independizó y se vino para el semáforo, porque lo guía y lo orienta. Es un poco caprichoso con los tiempos, pero lo organiza. Aprendió a hacer todo rápido.
El problema grande fue que el otro día se cortó la luz, me dice mientras le paso un broche color rojo.
Tenía miedo de desorientarse, entonces quietito se quedó sentado en el semáforo, y empezó a aplaudir para no perderse, o para encontrarse, como en la playa. Cuando le alcanzo el broche amarillo, hace una pausa en el relato y tiende un calzón, como preparándose Después, mientras le doy el ultimo broche verde, me confiesa que a su mamá a veces también se le corta la luz y es peor.
Me despido y me lanzo a la avenida pensando en los misterios de los hombres que viven en los semáforos.

gana Tiempo

Desprendía humo de los zapatos nuevos.
Nunca se había imaginado la velocidad que podía tomar.
Algunos tenían envidia de semejante proeza.
La velocidad no es para cualquiera, queda claro. Los días pasan y uno tiene que poder agarrarse fuerte de algo, sino la vida lo lleva como el viento.
Un ancla posible es el armado de rompecabezas y otra: las carreras contra Tiempo.
Sí, Tiempo. Mi mamá obsesionada con el asunto decidió llamarlo así.
Todas las tardes salíamos a trotar. Descubrí su pasión por ir siempre unos pasos delante mío. Fuera yo a la velocidad que fuera, siempre delante mío.
Así se desencadenó un entrenamiento sin igual.
Su estilo desfachatado, su cara al viento lo hacían demasiado atractivo y me dejaba a un lado en cuanto a las miradas de los transeúntes.
Día a día iba tratando de superarlo, de dejar atrás a ese ser que establecía tal competencia.
Era imposible reconciliarme conmigo misma después de cada carrera.
Comenzó a juntarse mucha cantidad de gente. La presión se hacía insoportable para ambos. La desconcentración provocó saltos fallidos y tumbos que quedaron grabados no ya en la memoria solamente, sino en los celulares del setenta por ciento de los allí presentes.
Tiempo agredió a más de uno por interferir o por molestar. Esto causó la suspensión y el cambio de locación de varias carreras, ya que los padres del público nos acusaron con mamá.
Llevo ganadas 16 carreras, de 90. No, no se le puede ganar a un galgo si no es con trampas adicionales y con ayuda del público.