Causa

No se sabe por qué se quedo tres días sentada mirando por la ventana. Muchos ni se interesaron por saber. Ni comía, nada. La dejaron ahí. Total no es que se ponía mala. Marisa era la única que cuando terminaba la ronda de remedios se quedaba con ella un rato, tomaba el té y le cantaba una canción. Ahora mucho no me la acuerdo, pero decía algo del laurel, que se yo. Fue a principios del año pasado. Como que intuyó lo del hijo. Pero nadie le había dicho, ni nosotras sabíamos, lo supimos recién hace unos meses, pero ella si. Parece mentira. A mí me caía bien, era tranquila. No daba ningún problema. No la venían a visitar, la habían dejado solita nomás. A muchas las dejan acá y se olvidan.Y cuando vino el compañero suyo nos enteramos, pero ella ya había fallecido. Fue muy triste sabe, porque encontrarla así no es fácil. Marisa estuvo muy mal después de eso. La encontró ella. Y después todo lo que se habló, pero para mi sabía lo del hijo. Las madres saben todo de los hijos aunque esten lejos. Pero la cosa sigue. No se cuando será el juicio, yo voy a decir esto que le digo. Yo no miento.

Recién llegada

¿Por qué te pones las medias así? Subilas. No te van a mirar. ¿De dónde te sacaron a vos? Sos un esqueleto. ¿Hace cuánto que no comés? Vos vas a usar esta cama con la nena, en esta duermen las dos que están allá, las que se pintan las uñas. No toques nada que no sea tuyo, es decir nada, ¿está bien? Solo por hoy te voy a prestar esta ropa, te va a quedar horrible, porque sos un palo.¿Qué hijo de puta te vino a traer a vos acá? Parate derecha. ¿Qué te pasó ahí? Ya conoces las palizas…esto no es mejor. Si ves a uno que tiene cicatriz en la mano, andate lo más lejos que puedas, es jodido. Si te pide, vení a buscarme. Va a venir un viejo pajero, ese si, lo deja contento lo mínimo y tarda… apenas entre te lo marco y lo buscás. Tu pelo da asco. Andá a lavarte y te veo abajo. Si tardás el Turco te faja, apurate.

Friega

Se levantó a las seis de la mañana. Más cansada que ayer. Tomó unos mates y salió. Ahora, a las diez en punto empieza a fregar. Intercala momentos de impulsos rabiosos de frotado, con pensamientos sobre los resultados del trabajo… o sobre Sabrina. ¿Qué hice mal? Es la pregunta que aparece cada vez que se limpia la transpiración de la cara. Todos le dicen que no hay culpa posible, que Sabrina ya era grande y que a fin de cuentas había tomado sus propias decisiones. Pero algo secreto, guardado, le punza el pecho, y entonces vuelve a fregar. Le arden los dedos. La esponja de metal avanza sobre la piel. Ahora,Trapo. Friega, frota, enjuaga, restriega, aprieta, retuerce el trapo, frota, friega, enjuaga, restriega… Abre la canilla y el agua se lleva el cif ennegrecido, pero la pena le queda. Termina la cocina y se va a cambiar. La crema le resbala por las manos, la extiende por los brazos hasta el cuello. Se mira al espejo. No ve lo que le gustaría. Se acomoda el pelo abajo de dos horquillas rubias. Sale del baño y se despide hasta el viernes, se lleva el saco de lana que le tejió la señora Helena para Mara. En el tren a Caseros se acuerda de los viajes de las tres a la casa de la señora Clara, del cochecito verde de Mara en el tren repleto, de la muñeca de vestido violeta que tanto le gustaba a Sabrina, del pelo lacio, de los ojos grandes, de las manos agarradas en la pollera de salir, de las salidas, del Turco, de… En ese momento qué se iba a imaginar. Tan linda, tan feliz, tan en su mundo.

Tejido

Destrozar el traje invisible, cortarlo en pedazos y tirárselo en la cara a los que obligan a pasar hambres de todo tipo, desgarrar como carne el tejido del tejido. Arrojar a la platea como espectáculo jirones de lo que no pueden ver. Pero hay testigos de la figura que se esconde abajo del traje invisible.

Taco chino

Se sube la pollera. Las medias de nylon le hacen transpirar los pies. En este baño el calor está varios grados arriba. En el espejo, las ojeras. Los zapatos rojos, con hebilla, esos que la vendedora juró que no hacían doler, que el taco chino no, duelen. De todos modos la verdad en ese justo momento tiene el mismo valor, la misma textura que el pie hinchado sobresaliendo del zapato rojo. Todo en su contexto.Los diez pasos que la llevan del baño a la fiesta no son los mismos que los que la llevan del sillón a la heladera de su casa cualquier otro día. Estos diez pasos con los tacos rojos, la minifalda y las medias transpiradas tienen gusto a fracaso.

Lorena Paola

La abuela me dijo que a la tarde, a media cuadra de casa, iba a venir Lorena Paola.
Se lo había contado el diarero, el Cholo.
¡No lo podía creer!
Le pedí a mamá que me diera los ruleros. Yo de chica tenia el pelo muy lacio.
Por supuesto que no me moví del balcón desde temprano.
Los rulos que me había imaginado devinieron en ondas casi imperceptibles.
Yo me sentía otra.
¿A que casa vendría? Eso no lo sabía la abuela.
Mis hermanos se reían, pero de reojo miraban a ver si aparecía.
A las 16 34 llegó un auto blanco a la cuadra y estacionó enfrente de la casa de Don Albino.
Se bajaron, un señor de pelo negro y del asiento de atrás, bajó ella, Lorena Paola.
Se acercaron a la puerta gris del ph. Esa por la que había que pasar rápido. Por la que la abuela nos tenía prohibido pararnos. Si el Chileno nos hablaba, no teníamos que contestarle.
El Chileno había estado preso por lo que le había hecho a un chico.
Puerta gris, pantalón gris, camiseta blanca. Flaco, esmirriado, bajito era el “Chileno”.
Lorena Paola había entrado ahí. Con sus rulos, con su enterito de jean. Había entrado con el otro, que a lo mejor era su papá. O no.
Esperé en el balcón. Mamá me decía que vaya, que le toque el timbre y que la invitara a jugar. Pero no. Ahí no. Esperé en el balcón. Pensaba que cuando saliera le diría algo y las dos con rulos, algo.
Una hora después salió. Rápido. Se subió al auto blanco y se fue.

Zapatos

Los zapatos de mi abuela me quedan grandes.
Me hice pis, no tengo otros acá.
Me quedo quieta, porque sino me caigo.
Descalza no puedo estar, porque la abuela no quiere.
Los miro. Son negros. Feos. Pero no lo digo porque a la abuela le gustan.
Tengo el oso marrón con la pierna rota que me dio la tía Isolina. Todavía no le puse nombre.
Me siento en la silla y los zapatos se caen al piso con ruido.
Acuesto al paciente en la mesa.
Le grito a la abuela, que esta en la cocina, que me traiga la venda que le pedí.
La abuela la trae.
El oso mira para mi lado, pero no me mira a mi.
Le pregunto el nombre y no me habla. Me tiene miedo. Seguro.
Lo acaricio y le digo que no es nada, que va a estar bien.
Le paso un algodón, lo limpio.
Poner la venda no es nada fácil, y creo que se la dejé apretada, pero no se queja el pobre.
Lo nombro.
La abuela trae el café con leche con galletitas.

La madre

Está ahí parada, esa es. ¿Pensás que es fácil vivir con alguien así? No. Arrastra los pies. Me enferma que camine así. Esta gorda, por eso. Coleccionó cada kilo con cada embarazo. Cinco hijos. ¿Para qué? Decime vos. Si no sabe cuidarlos. Está extraviada. Mirala, con esos pelos grasosos. Me da asco y vergüenza. Siempre llegaba tarde a buscarme y no le decían nada porque se daban cuenta que no tenía remedio la pobre. Todos los días vestida igual, calzas estiradas y buzo corto. El día que entendí que esa mujer era mi madre decidí irme de su desprotección, de su abandono por idiotez y me fui. A cosas perores tal vez, pero me tuve que ir.

Dos

Dos mujeres se miran. Trazan la línea invisible de un límite que no respetan. No pueden dejar de reconocer el extraordinario parecido que las une, pero escupen sobre él.
Marchan juntas del brazo. Mastican.
Por la vereda sus pies esquivan pozos.
Del hombre solo quedó la taza de té en la vitrina y el pañuelo perfumado. Se fue. No hubo despedida. Pero en esta tarde de sol, a esta hora, no se les aparece, no lo ven en aquel que espera el colectivo ni en ningún otro.

Ambas trazan una frontera, otro borde que cada vez esta más cerca.

Costureras

A través de la cabeza de la aguja pasan muchos pensamientos. Hilos de pensamientos cosen retazos de historia.
Otras veces bajo las puntadas ocultan pequeñísimos detalles, que arrugados, laten.
Muchas veces las costureras acomodan al revés los pedazos y los hilos unen partes creando recuerdos, nuevas formas de interpretar hechos sueltos. A veces inventan.
Pero no siempre los pensamientos se deslizan fácilmente, a veces son tan gruesos que no se dejan enhebrar o se enredan en nudos con saña.
Años tardan en desenredar y ovillar los pensamientos agudos, que chillan. Cuando no es necesario cortar.
Las costureras, a veces, aprietan con demasiada fuerza la costura y se rompe el hilo. Cada retazo vuelve al lugar exacto de donde partió.
A veces los pedazos no alcanzan para cubrirlo todo. Agujeros negros se esparcen por la manta. Los pensamientos en manos laboriosas buscarán cerrar la trama.
En algunos casos, no hay manta, hay uno o dos retazos y nada más. Todo es pregunta.
Las puntadas que cada costurera elige son un misterio.
Algunas costureras cargan con los bordados que empezaron sus ancestros. Capas y capas de hilos se ocultan y aparecen. No se termina de saber a quien corresponde cada hilo.
Las hilachas, los puntos corridos, las superposiciones son recurrentes en los principiantes, pero con los años, las costureras expertas remiendan, zurcen y disimulan imperfecciones del pensamiento.
Algunas costureras cosen y descosen siempre el mismo retazo, le buscan cada vez una nueva posición, pero el retazo nunca acaba de encajar con el resto.
Coser, descoser partes y volver a unirlas es la tarea de las costureras.

Mudanza

Cada vez que nace un bebé en una familia, alguien mayor muere, le dije. Se horrorizó.
Dio un paso hasta el mueble gigante de madera, tocó las manijas y entreabrió la puerta.
No tenía mucho la abuela.
La cama con el colchón desvencijado y los resortes salidos que le daban un aspecto completamente irregular. Me senté en el borde y Dany empezó a poner los vestidos, uno a uno en la cama. El gris, los dos batones (uno de salir y el de cocinar) el tapado verde, el vestido de comunión de mamá. Dos cajitas. Adentro las medallas de la virgen, un cristo que sufre con la corona, todo enredado. En la otra, un anillo.
Eduardo no había tocado nada. Como si no estuviera por irse.
Desde la muerte de la abuela, años atrás, había ido juntando cosas de la calle. Ya no seleccionaba más. El fondo ahora era abrumador.
La casa que llamaba a entrar con olor a comida, ahora invitaba a retirarse. Se impuso un olor ácido, rancio. Vagabundo.
Las dos perras que antes de morir se habían ido convirtiendo en criaturas salvajes, habían dejado algo de sí que no se iba.
La casa estaba vendida y había que vaciarla, pero Eduardo no parecía apurado.
Se iba a volver a España. Hoy había salido.
Cuando vino Lory ya el mueble estaba vacío y la cama llena. Mamá dijo que bajaba en un rato.
Fuera del cuarto no quería tocar nada. Estaba todo sucio. Tenía que lavarme las manos, pero el baño era uno de los peores lugares. Me daba asco. No había vuelta atrás, ya no podía convertirse en un lugar habitable. Pero aún así me parecía injusto que se venda. Era la casa de ella y había sido mi casa también.
Eduardo sacó sus herramientas y las mandó en barco a España pero no pudo desocupar el fondo. No podía. Tuvimos que hacerlo nosotros. Papá encargó dos volquetes para meter las maderas, las partes de mis máquinas, bolsas de tornillos oxidados, gomas, pedazos de bancos. Eduardo trataba de rescatar partes de las pilas que llevábamos haciendo equilibrio hasta los volquetes. Papá intentaba explicarle que no iba a llevarse todo a España.
No entendía.

Papas en la iglesia

Dos papas ingresaron a la iglesia en la bolsa de una señora que, después de comprar, iba a rezar.
Al dejar la bolsa en el piso para arrodillarse, las papas rodaron hasta el rincón más oscuro del ángulo derecho de la estatua de la virgen maría. De una de las papa nació un brote. Pequeño primero y gigante más tarde e imposible a la semana. Tan extraordinario fue, que al crecer hacia arriba se llevó consigo a la imagen de la hermosa María, que pareció elevarse sola. ¡Milagro!, gritaban todos.
Parecía la figura de una niña, cristalizada, detenida en el tiempo. A medida que el brote crecía ella se alejaba con gracia.
Abajo las personas creyentes esperaban una señal, que hablara, que se manifiestara, que le salieran rayos de luz… La virgen no decía nada. Pero el brote cada vez llegaba más alto y alejaba la imagen divina de los mortales.
Furiosas las personas no entendieron lo que pasaba y hacharon el brote de papa, rebanaron la vida, el milagro de la luz desde el rincón oscuro. Siguieron sin entender nada. La otra papa se pudrió.

Mural

Desde la ventana del bar se ve la calle. Pasan autos de todos colores. Si estuviera con los nenes jugaríamos a contarlos. Hay poca gente por el calor. Ya son las cinco y arde la vereda.
Pero acá el aire nos da alivio al chico que pasa un trapo desprolijamente en el piso y a mí.
En forma de pecera, el sector fumadores y adentro un mural. Los personajes están echados como quien tira los dados. En general, no existe relación alguna entre ellos. Una mujer gorda, pelirroja, con portaligas, aparece recostada en un butacón, con la pierna levantada. Es tosca. En el espacio central del muro, dos mujeres, con ropa de los 30, con plumas, se miran. Están paradas. En los contornos, tangueros sentados y alguna mujer que fuma. Un músico con un contrabajo quiere asesinar a un perro, que aparece a una distancia de él. Todos están aburridos, como los que estamos en el bar.

Hermanas

La tía Pety se pregunta que se va a preparar. Va a comer sola.
Elige y desmenuza el pescado buscando las espinas que el pescadero le dijo que no iba a encontrar.
La tía Rosa ya no está.
La casa es enorme. Tiene sótano. Tiene muchas habitaciones. Tiene patio. Tiene una vitrina llena de animalitos de madera. Un vitraux filtra la luz de colores, pero ahora no, porque es de noche.
Después de comer, despacio lleva las cosas a la bacha de la cocina y las friega. Quiere limpiar algo más. Busca con la mirada.
Se va a su pieza. Se sienta en el borde de la cama y se desata el rodete. El pelo blanco, gris le cae sobre los hombros. Apoya la cabeza en la almohada.
No puede dormir. Gira y piensa. El gusto a poco.
Rosa de joven pudo haberse casado. Pero a la tía Pety no le gustaba el candidato. A Rosa si. Pero igual se quedo.
Se vuelve a sentar en la cama. Se para, va al baño y se lava los dientes. Se vuelve a acostar y cierra otra vez los ojos. Sabe que no va a dormir. Pero se queda quieta. Percibe que el tiempo pasa lento y las cosas que piensa no la ayudan.
Se levanta. Va al comedor y abre la vitrina. Agarra uno a uno los animalitos de madera. Les pasa con delicadeza la franela naranja. Los contiene un momento en la palma de la mano para observarlos. Elige uno, el que le gustaba más a Rosa. Lo sujeta fuerte. Camina de regreso a su cuarto por el pasillo oscuro. No ve, pero conoce de memoria cada parte de la casa. Se acuesta y se apoya el puño cerrado en el pecho. Cierra los ojos y consigue dormir unas horas.

Poco

No se quiere dormir. Le acaricio el poco pelo blanco. Mira hacia adelante, no ve la habitación. Habla con los de antes. Ve a papá y le dice otro nombre. Mamá piensa que nombra a sus hermanos.
Pregunta. Tiene la enagua beige gastada, transparente. Está flaquísima. Gira y murmura. Con Lory no nos miramos. La acompañamos al baño. La casa está horrible. Mamá no puede verla así. Eduardo se queda en la puerta de la piesa, no pasa.
Todos sabemos que se va a morir.
No se quiere dormir.
No se quiere morir.

Arrugo el papel en blanco

No tiene sentido escribirte.
Pienso que no lees las cartas. Lo creo porque hace años que te llegan y no respondes.
No supe el motivo por el que dejaste de hablarme. Mamá hizo las justificacines necesarias y en ese momento no me pesaba tu silencio. Pero ahora quedamos solo nosotros.
Debes estar más viejo, más necio que antes. De todos modos, se de vos, Nely y Jose me mantienen al tanto. Se que seguis prefiriendo el arroz blanco, que recortas las jugadas de ajedrez del diario y que tenes colesterol y no te cuidas lo necesario.
¿Por qué no volviste a abrirme la puerta? Fui muchas veces a verte. Sabía que estabas por Antonio.
Ya le di vueltas al asunto y no tenes motivo. Varias veces estuve tentada de ir a buscarte a la salida del negocio, pero no lo hice. Seguramente me ignorarías y aunque yo gritara, vos mirarias fijo hacia adelante como si no existiera. Como aquella vez.
No voy a preguntar más por vos. No voy a esperar una respuesta.
Esta, es la última carta que te escribo.

Defensa

¿Cuantos años en sentido contrario avanzan?
Hoy hay solo una medida.
Parado en la mitad justa un punto.
El hilo se hunde.
Lo que hay en ambos lados del hilo cae hacia el centro,
sobre aquel punto.

Defensa y Juan de Garay. Es un edificio antiguo lleno de atelieres, hermoso, pero deteriorado.
Mamá vino a firmar la garantía.
La habitación donde atiende Olga está llena de pequeñas estatuas negras en los estantes. Las sillas, el escritorio y el piso están cubiertos por libros y papeles, entonces tienen que apilar y correr las cosas para que mamá se pueda sentar. El cuarto no tiene ventanas y Olga fuma. El marido que nunca habla, en pijama, también fuma. El hijo, Alejandro, también fuma. Y está Adolfo, que es vidente y habla raro porque es de otro lado. No es pariente pero está siempre con ellos.
Mamá se va preocupada. Llora por teléfono con mi hermana. Mi hermana me llama enojada.
Sol estaba en la habitación al final del pasillo.
Mi atelier era un cuarto de tres por tres con un entrepiso chico donde entraba mi colchón. Tenía dos ventanas preciosas de metal y vidrio. Luminoso.Las cosas entraban perfecto. Mis pinturas y mi ropa. Mabel me había dado una de sus mesas alargadas para comer y trabajar.
La cocina compartida era fea. Siempre parecía estar sucia, así que cocinaba en mi cuarto con un anafe que me había regalado mi madrina y tenía horno.
En el mismo pasillo que compartía con Sol había tres cuartos más. En uno vivía Juan, un actor de teatro almodovaresco, que usaba tacos y sacaba unas fotos preciosas. En otro, Martín, actor de novelas que a cada uno que pasaba le ponía los videos de las tiras con las que se había hecho famoso. Triste, porque ya no lo llamaban y era visitador médico. Trataba de acostarse con todas las chicas de la pensión. En el ultimo cuarto, Carolina, que a la tercera noche de vivir en el edificio, entró en crisis. Gritaba con la música a todo volumen, llorando y diciendo cosas que no se entendían. Golpeaba las puertas puteando a todos y pidiéndoles cosas. Yo, asustada, quería ir al cuarto de Sol, pero quedaba al fondo y Carolina estaba ahí en el pasillo y golpeaba todo. Tuve miedo. Era alta, grandota, se me aparecía como Katja Aleman. Me sentía pequeña. Cuando golpeó mi puerta lo que pensé es que hacía mucho que quería ir al baño y no me animaba. Abrí. Con ojos extraviados, me pidió una toallita. No tenía. Andá a comprarme. Entonces me vestí, cerré la puerta con llave y empecé a bajar las primeras escaleras a la una de la mañana para ayudar a la falsa Katja. Pasé por el baño de abajo. Caminé hacia la siguiente escalera que daba a la calle Defensa, pensando que iba a estar todo cerrado. Apareció Adolfo. Y Adolfo sí que me daba miedo, y más a la una de la mañana. ¿Adónde va? A comprar. De ninguna manera, si quiere algo que vaya ella. Y me mando al cuarto. Katja, que escuchaba desde el pasillo de arriba, se empezó a pelear con Adolfo que estaba abajo, y yo me fui a dormir con Sol. Finalmente se la llevaron en ambulancia y la familia vino a buscar sus cosas. Del otro lado del pasillo, seis cuartos más. Seis historias que no conocí en los seis meses que viví ahí.
El precio de mi libertad era la hora y cuarto en el 39 de ida que tardaba hasta el trabajo nuevo, el transcurrir de las clases y la hora y cuarto de vuelta hasta la pensión. En esa época la ropa me quedaba chica y me sentía muy incómoda conmigo misma. Me aquejaba una adolescencia tardía insoportable. Y sobre todo me sentía sola. Pero en los atelieres siempre había alguien, y nos juntábamos a tomar mate. Pintaba muchísimo.
Quien determinó nuestro futuro inmediato en los atelieres fue Alejandro, el hijo de Olga. Vivía en un cuarto al lado de la oficina de su mamá. Su habitación estaba llena de peceras con luz azul. Se sentaba frente al ventanal que daba a la calle. Desde ahí, como centinela, veía quien entraba y salía del edificio. Hablaba poco, pero hablaba, no como su papá. Ambos parecían medicados. No hacía nada, solo fumaba. Siempre había olor a churrasco en esa parte del caserón.
Unas semanas antes de mudarnos con Sol a la casa de Córdoba y Bompland, Alejandro rompió a mazazos todas las puertas de la planta baja.

Cemento

-Es un día horrible. Va a llover.
Se quedaron calladas. Nos bajamos del auto. La puerta sonó fuerte.
Empezamos a caminar.
-Todas tienen fotos -dije
-Le ponen cara a la tierra -dijo Laura.
Victoria no habló.
No se veía a nadie.
Lejos, la parte nueva del cementerio.
Fuimos juntando piedras en el trayecto.
Estaba gris, todo menos los árboles con flores rojas, brillantes en febrero.
De rodillas una señora fregaba el mármol negro con un paño. La foto era de un nene. Me puse a llorar.
Buscamos casi frenéticas el nombre en el sector que le habían dicho a Vicky.
Aparecían otros, con nombres parecidos, con edades parecidas, con perfiles parecidos.
Cuando leyó su nombre sonó hueco.
Dejamos las piedras sobre las piedras que ya estaban en el rectángulo de cemento y mire lo grande de ese lugar. No quería ver a Vicky.
Vacío, enorme, muerto.
A pocos metros empleados del cementerio cavaban sacando tierra. Uno llegó en bicicleta y les dijo algo. Los demás se rieron.
Vicky ahí, sentada en la tumba empezó a hablar, a decir cosas de su papá, de antes, pero no pude escucharla. Visualmente el cielo gris y las tumbas tenían el mismo peso y se cortaba en los bordes con el muro de ladrillos.
Laura me toco el hombro. Me trajo de vuelta. Las tres nos abrazamos

La nadadora

Bernardo abre la valija. Saca un recorte de diario amarillento. Aparecen cuatro nadadoras. Todas con antiparras y mallas negras.
Bernardo da vuelta el recorte buscando las espaldas, o los nombres: parecen todas iguales con sus gorros de natación apretados.
Pasa la uña por encima de una de ellas.
Primero la tinta se corre y la nadadora se desfigura.
Sigue rascando el papel hasta que en lugar de la mujer aparece el vacío un hueco por el que se recorta el suéter de Bernardo.