Ema

No tenemos auto. Vamos a todos lados en colectivo, en tren, subte o taxi. Para ir de vacaciones primero tenemos que tomar un colectivo hasta la estación, el tren y después otro colectivo más hasta la casa. Ema esta pesada. Mamá nos lee los libros que elegimos, nos habla, contamos cosas, animales. Ya no aguanto más. Pasamos por un lugar con el tren en dónde los pastos son altísimos y la ventanilla hace de cortadora y nos llenamos de pastos chiquititos que pican. Y el tren entero se llena de bichos. Con Ema gritamos y papá nos tapa con los abrigos, y como no dejamos de gritar nos reta. Mamá prefiere viajar de noche así dormimos. Pero no había tren de noche. Mamá también se pone pesada cuando viajamos. Antes de salir rezonga por lo que no encuentra, por lo que no cierra; después de salir, por lo que se olvidó, por lo que trae de más y le pesa… Ema habla fuerte. Todos la miran, le da vergüenza y se abraza a mamá.
Tardamos 9 horas en llegar.
Llegamos. Mamá y papá alquilaron una casa alpina. Parece de un cuento. Tiene muchas flores en la entrada y atrás un jardín grande con árboles. Corremos por la casa de una habitación a otra mirando los muebles, los espacios, las ventanas y por supuesto eligiendo camas. Arriba están los cuartos y abajo el comedor y la cocina. Nos empujamos, Ema salta de la emoción. No perdemos ni un minuto, hay sol, nos ponemos la malla.
Papá y mamá nos miran desde el sillón y piden tiempo técnico, pero se ríen.

Con las ojotas puestas Ema salta sobre los caracoles blancos. El ruido que hacen tapa el de la fritura de los cornalitos.
Hay olor a sal. La playa se vuela con el viento.
Sentada en la piedra más baja veo los pies descalzos de la gente. Los chicos todavía no me encuentran, la playa es grande y Ema sigue saltando. Escucho las voces de papá y el tío. Están friendo con la garrafa más atrás.
Tengo ganas de que me encuentren para correr hasta la piedra grande. Soy rapidísima.
Como gano siempre, quieren que pierda.
Ema mira apenas hacia arriba y me doy cuenta de que se acercan. Me levanto y empiezo a correr. Salieron a buscarme. Lo veo a Joaquín. Me ablando y por mirarlo caigo en la trampa de caracoles blancos que preparaba Ema. Descalza empiezo a saltar para salir de tanta punta.
Llego tarde a la gran piedra.

Abajo de la sombrilla me miro los pies. Los caracoles blancos de Ema me dejaron cortes pequeños, medianos y grandes. Mamá dice que vaya al mar, que el mar lo cura todo. Pero lo que siento no lo cura. Ema apoya la cabeza en mis piernas y le acaricio el pelo. Se siente mal, la trampa no funcionó. O si, pero conmigo. Hay viento fuerte. Cierro los ojos.
Ema me pregunta si vamos a buscar almejas y me parece una idea espléndida. La arena seca nos quema y la que vuela nos pica. Cuando llegamos a la parte húmeda, solo nos ocupamos de las almejas. Hacemos agujeros profundos, pero las almejas no aparecen.
Papá nos llama a comer.

No me gusta el pescado. Los cornalitos no parecen pescado. Fritos se ponen crocantes y con Ema jugamos a ver quién hace más ruido. Mamá acá no nos reta, mira el mar. Nos comemos la parte de atrás. Las cabecitas se las damos a papá que dice que son ricas.

Los demás se fueron al camping. Yo no quiero volver a la casa.
Una araña hace cuevitas, se hunde en la arena y vuelve a salir diez veces contadas.
Con Ema nos enterramos hasta el cuello lejos de esa araña. Muy lejos de nuestra voluntad aparecen otros bichos no identificados. Corremos al mar a sacarnos arena, bichos y calor.

Hace frío. No quedó nadie en la playa. Ema tiene el pelo duro, yo también. Mamá nos pone unas vinchas para volver a la casa. Me pica la cabeza.
No quiero caminar. La calle es de piedritas grises que se meten en la ojota.
Papá le hace cococho a Ema. Me quejo, a mí quién me lleva. Ema se duerme en los hombros de papá y la cabeza le cuelga. Papá dice “a mí quién me lleva”.
La casa tiene la entrada y el fondo con pasto verde. De noche está mojado.

Mamá llena la bañera y nos mete a las dos en el agua caliente. Primero quema, Ema llora y mamá le juega con el único patito que metió en el bolso, y al rato se le pasa. Mamá va a preparar fideos.
Abajo del agua el pelo se pone largo, se deshacen los mechones y jugamos a la sirenita. Yo soy la sirenita, Ema es mi hermana. El pato se vuelve pez y la bañera barco y Ema caracol y viene mamá a sacarnos. Ema llora otra vez. La salida de baño me raspa. Tengo los hombros colorados. Llenas de crema, con la ropa que se pega empieza la peor parte: desenredado, ahí si lloro. Papá me abraza.
No se si llego a los fideos.

Me despierto primera. Bajo. Afuera, el día nublado. La casa sin sol tiene olor a humedad.
Está todo tirado como lo dejamos anoche.
Los sillones de cuerina negra se me pegan en las piernas. Por la ventana lo veo pasar a Pancho. Salgo y lo acaricio, se frota contra mis piernas y me lame las manos.
En el camping era distinto. Salía de la carpa y siempre había alguien para jugar. Bajábamos al arroyo a encontrar sapos o a caminar por las raíces, en silencio para no despertar a los que dormían en las carpas.
Al que deseaba ver era a Joaquín. Juntos buscábamos las gatas peludas que caían en los sobretechos de las carpas y las tirábamos a la tierra con palitos o ramas. Cada gata peluda corría una suerte distinta según la mañana.
Si sigue nublado hoy no vamos a la playa. No lo voy a ver.
En la casa alpina papá y mamá duermen hasta que Ema los despierta.
Mamá está linda. Me gustan la malla y los vestidos que usa.

Papá nos lleva a un lugar, lejos de la playa. Va a pescar.
Mamá pone las reposeras cerca de la orilla de un río color marrón, lo más lejos posible de los pastos altísimos. Me doy cuenta de que a ella tampoco le gusta ir. Camina inquieta y mira para los costados con las manos en la cintura. Nos llena de off y protector solar y después nos manda a jugar sin hacer ruido, porque si no se asustan los peces. Con Ema vamos de la mano entre los pastos a buscar bichos.
Metemos los pies en el agua porque aunque está nublado hace mucho calor. Primero no nos gusta. Los pies se resbalan en el fondo que no se ve, siento entre los dedos la cremosidad del barro. Mamá nos hace bajar la cabeza y nos moja la nuca. Papá nos reta y dice que le ahuyentamos los peces con tanto ruido. Igual nunca pesca nada.

Las salidas de baño son blancas, tienen bordes rosas con lunares blancos y bolsillos. Nos sentamos a comer sandwiches en una manta. En la heladerita naranja mamá también trajo agua muy fría y cerveza que toman ellos dos. La caña de pescar quedó puesta en una base por si pica algún pez. Papá abre una valijita y se pone a mirar los anzuelos y las plomadas. Con Ema nos abalanzamos para ver los que tienen plumas o formas raras. Papá nos presta uno a cada una.

Día de sol de febrero, carnaval. Salimos de la alpina a las once. Antes de ir al mar pasamos por el centro a comprar el almuerzo y bombitas de agua. Le pido a papá casi de rodillas que vayamos a la playa del camping. Por el camino de piedras grises nos acompaña Pancho.
Llegamos. La arena es más fina y quema. Estiramos la manta rayada cerca de las rocas altas que nos gustan a Ema y a mi, porque todavía hay lugar. No veo a nadie conocido. Mamá nos lleva al baño de Cocoloco a cargar las bombitas de agua y ponerlas en nuestros baldes de playa. Papá se va a caminar con Pancho que cada tantos pasos se mete al mar saltando y mordiendo el agua.

Tengo la malla turquesa que me regaló la abuela; Ema, la verde. Son casi iguales, pero a mí se me mete uno de los lados en la cola y hago movimientos raros tratando de sacarla. Nos da gracia. La malla roja es más cómoda, pero estaba mojada.
Después de la milanesa humana viene el mar. Está frío. Vuelvo y mamá me espera con el toallón de princesas, me envuelve y me siento al lado de ella hasta que empiezo a secarme como iguana. Primero me separo un poco de mamá, me saco el toallón y espero a que la sal del mar se ponga blanca en las piernas; después salgo corriendo.

De lejos veo llegar a Joaquín con los nenes del camping. Traen baldes, más grandes que los nuestros.
Con Ema pensamos tirarles de sorpresa. Nos subimos a la roca para atacarlos desde arriba y empieza la guerra.
La primera bombita se la pegamos en el brazo al de la carpa verde, todos se ponen alerta y buscan de donde vino el tiro, y nos encuentran…Cuatro contra dos ya es desleal y más cuando la segunda es Ema, que les llega a la cintura.
Recibimos los bombazos con dignidad, resistimos y les acertamos muchos lanzamientos. Cuando ya nos quedan apenas dos bombitas de agua, recibo en la espalda el tiro que desencadena el llanto.
No me gusta llorar. Pero esa no era una bombita común, era un arma pensada y preparada maliciosamente. La bombita con arena duele. Determina la suspensión de la batalla.
El dolor más grande es saber que el responsable es él. Fue Joaquín y yo, llorando a moco tendido, con la espalda echa fuego, no entiendo.

Tiro dos veces los dados. Dos generalas seguidas. Se termina la partida y nadie más quiere jugar. Entonces armo edificios con el dominó de madera. Ema rebota de una punta a la otra del comedor haciéndose la bailarina. En la corrida me tira la parte linda de la casa que hice para la playmobil roja. Lloro, lloro porque todavía me duele lo de la espalda, porque está nublado y sobre todo porque Ema me molesta, tira todo y le pego. Y llora. Mamá nos reta; pero más me reta a mi, porque soy grande y entiendo.
De la bronca que tengo me siento en el sillón y miro para afuera, Ema me habla y la ignoro.

Paró de llover. Papá está sentado en el umbral de la casa. La lluvia dejó todo mojado. Me siento con él. Silencioso mira lejos. Trato, pero es imposible estar callada, y le pregunto qué le gusta más si nuestra casa de Buenos Aires o ésta, si de chico fue a la playa y cómo eran los abuelos. Contesta, pero cortito, hasta que aparece un sapo que busca comer los bichos que se juntan alrededor de la luz de entrada. Lo agarro. Si te hace pis te mancha la piel dijo el de la carpa azul. No le creo. Intenta escaparse pero lo tengo fuerte.

 

Entramos a Cocoloco y con Ema empezamos a correr entre las mesas. Mamá elige la mesa de la ventana. Nosotras la vemos pero seguimos corriendo. Mamá nos llama una vez, dos, tres y en la cuarta, mientras pronuncia nuestros nombres completos, se levanta y ahí si nos acercamos. Me siento al lado de la ventana y Ema se enoja. Llora y mamá dice que en un rato cambiamos y yo digo que no. Aunque sé que es mejor no decir que no, digo que no, que me senté primera. Y eso trae como consecuencia que mamá me hable de compartir y que por qué soy así con Ema que es chiquita…
Agarro un sobre de azúcar, una servilleta y empiezo a envolverlo. Soy vendedora. ¿Qué quiere? Mamá me pide una cajita de chocolate, envuelvo dos sobres de azúcar para que tenga volumen. Envuelvo otro de bombones, le cobro dos pesos.
Llega papá y se sienta conmigo. Me pregunta por qué me quiere tanto, por qué soy tan linda y lo abrazo. Por la ventana se ve la cancha de voley y más atrás el mar con el cielo nublado.
Ema se quedó dormida y la está babeando a mamá.
Bajamos a la playa de la casa que es más aburrida, pero no pedí ir a la del camping.
Papá nos lleva al mar. Mamá se queda en la reposera mirándonos fijo. El mar la preocupa.
Ema va a cococho y yo de la mano. El agua está helada y nos revienta en la piernas; gritamos, aunque Ema no se moja. Todo está bien hasta que la ola gigante me tapa, arrastra, raspa y deja tirada en la orilla. Con la malla por cualquier lado. Mamá viene corriendo, me abraza. Trata de sacarme la arena pegada, pero el agua salada me arde en los raspones. Papá no se explica cómo se soltaron las manos y Ema quiere ver.

Vamos a caminar por los médanos. Entre la arena crecen unos pastos gruesos que pinchan los pies y más allá las rocas también. Somos espías. Nos escondemos atrás de unos yuyos altos y desde ahí vigilamos la playa, la orilla. Una señora se moja las muñecas y la nuca, como la abuela Ahydeé; dos chicas juegan a la paleta, pero no le pegan nunca. Mamá y papá están en la manta, hablan, se dan las manos y cada tanto un beso. A Ema y a mí no nos gusta que se besen y nos tapamos los ojos, pero un poco espío. Mamá dibuja la arena con los dedos y cada tanto lo relojea a papá que tira caracoles al mar. Papá le dice algo, mamá se ríe, él la abraza fuerte, le pasa la mano por la cola y con Ema gritamos. Entonces mamá empieza a mirar para todos lados con cara de loca. Nos tenemos que hacer ver para que no se asuste y cambiar de juego, porque no tiene gracia ser espías así.
Son las nueve y llegamos temprano a la playa. La espuma del mar es tan blanca como el día que me tapó la ola gigante. El sol me hace picar los ojos pero si me rasco los lleno de arena y lloro. Nos sentamos en la manta violeta. Mamá prepara el mate y saca la bolsa de bizcochitos de grasa. Nos abalanzamos con Ema y con papá. Aparece colado un cuernito y lo gano en la lucha. Ese es el más rico.
A esta hora la playa es nuestra. Pasa de vez en cuando algún caminante o corredor y nos miramos, papá le cabecea un hola y sigue. Es linda la playa a esa hora.
Cerca de las once otra familia se instala al lado nuestro. Papá se fastidia y dice fuerte ¡con toda la playa que hay! Mamá lo chita y lo mira con ojos grandes.
Los vecinos tienen hijos. Empezamos a mirarnos.
El estudio dura unos minutos y los cuatro corremos al mar.
A Ema le compraron un salvavidas. Es un aro con un caballito en el frente. Lo nombró Popolillo. No se lo saca. Le habla. Yo elegí unos flotadores para los brazos, amarillos con flores rojas.
En el mar los vecinos le dicen a Ema que es una bebita y yo la defiendo. Los empujo y uno de ellos me pega.Le digo que es un tarado.
Despues llegan los nenes del camping, entre ellos Joaquín. Sin decir nada nos vamos a jugar y los tarados de los vecinos quieren jugar con nosotros. No los dejo. Les cuento a todos los demás que se burlaron de Ema y eso los sentencia a destierro.

El centro está lleno de luces. Corremos por la calle asfaltada. Mamá nos puso a Ema y a mí las sandalias blancas y un saco de hilo. No nos deja sacarnos el abrigo y estamos con los cachetes colorados. Arriba de la ropa Ema lleva a Popolillo.
Nos sentamos en una mesa afuera y mientras esperamos la comida juego a que soy doctora y le envuelvo el brazo a papá con las servilletas. Cuando me canso acomodo el aceitero sin que me vean porque no se puede. Doblo y desdoblo servilletas y Ema me copia. De vacaciones comemos bien. Comemos todo. Terminamos rápido y vamos a jugar a la entrada del hotel que está al lado del restauránte. Sin alejarnos. Como es de noche, el pasto está mojado y hay sapos. Agarro uno y la molesto a Ema, se lo pongo cerca y grita la boba. Pero no se va. Viene mamá y me explica que ella es chiquita, que no le tengo que hacer esas cosas y yo le digo que me molesta, que está encima mío y no me deja hacer nada. Paciencia es la palabra final.
La vuelta a casa por el camino de piedras grises es dura. Estoy cansada y no quiero ni cantar ni mirar estrellas. Quiero que me lleven a upa.

Nos quedan tres días de vacaciones. Vamos a tener que volver a casa.

El mar está helado. Con Ema nos quedamos acostadas en la toalla mientras mamá toma mate en la reposera. Nos mira. Nos mira con cara de algo lindo, pero rara. Después de esa cara viene el que si sabemos cuánto nos ama y lo lindas que somos. Piensa. Papá sale del agua y se sacude como un perro adelante nuestro, nos salpica y se ríe. Ema y yo le hacemos tomas de karate y se cae en la arena. Entonces otra vez va al mar a lavarse. Vuelve y se sienta con mamá. Le da la mano y mamá se queja de que está frío y la moja.
Con un palito rasco la arena, dibujo una flor con pétalos redondos, un centro chiquito y tallo largo. Dos hojas grandes a los costados con forma de gota. De una cueva en la arena surge un bicho, justo en el centro de mi flor. Lo toco con el palo. Es rápido, empieza a subir por la madera y del miedo tiro el palo, grito, doy un salto con pisotones sobre Ema que llora. Los bichos me dan miedo. Como la vez del barranco y la abeja. Casi me caigo.

Ema y un nene buscan patas de cangrejo. Cuando las encuentran me corren porque me da asco. Bueno, al principio me da asco. Después los ayudo y hacemos una torre de patas de cangrejo. Los grandes nos miran.
Uno de los cangrejos huele muy mal, papá dice que se murió hace poco. Entonces le hacemos una tumba. Cavamos la arena, lo acostamos en el fondo y lo tapamos. Buscamos una piedra grande y la ponemos como lápida.
Ema ya no me molesta tanto. Está con el nene. La cargo, le digo que gusta de él. Se enoja, se pone colorada y empieza a llorar. Mamá me reta, basta.
A la noche comemos asado en la casa alpina. Después salimos a ver si encontramos los sapos. Hay lechuzas, ruido de grillos, pero sapos no.
No nos desanimamos, porque hay caca de sapo, dice papá. Tiene aspecto de caca de gato, pero nos convence y seguimos buscando.
El jardín tiene plantas y árboles en los contornos. Revisamos cada hueco. Hoy los sapos no están.
Día de playa. El mar y la arena están llenos de algas. No me gustan las algas. Son horribles y olorosas.
Mañana, último día de playa y a mi me duele la panza.

La arena está linda. No hay algas a la vista. Corremos sin parar. Las olas, la pelota de las paletas. Ema me acerca alguna pata de cangrejo. Escapo, solo por jugar porque ya no me da miedo. Nos quedamos hasta las ocho.
No nos queremos ir.

Se fueron las vacaciones.

Armamos los bolsos. Mamá ya esta nerviosa. Se pone a limpiar la alpina porque hay que entregarla bien.
No dejamos nada. Nos fijamos si hay algo abajo de las camas.
Quedan los cepillos de dientes, que es lo último.

Otra vez colectivo, tren, subte o taxi.

Casa.

 

 

 

 

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