Infancia

Pura historia

Soy la cuarta de cuatro hermanos.
Nací en octubre de 1976.
Cuando se casaron mis papás, construyeron su casa sobre la de mis abuelos Ricardo y Clarisa (y Eduardo Sánchez).
La casa de mis abuelos era muy sencilla, pero tenía el patio y el limonero, con su brazo extendido. Yo me dedicaba a sacarle esos bichos blancos con panza rosada que lo atacaban por temporadas y por supuesto los examinaba.

Puedo volver a momentos precisos de mi infancia.
Al cuartito.
Cierro los ojos y abro la puerta. De este lado claridad, adentro oscuro.
Manoteo la llave de luz antigua. Una lamparita aparece colgando del centro del cuarto. Está la silla de madera con ruedas y las herramientas.
El patio, los dos galpones y el cuartito

Es así todo el año. El sol se niega a irse.
La parra proyecta sobre la mesa azulejada sombras claras, oscuras.
Paso horas sentada dibujando espirales en un libro de actas.
Las espirales forman una red, se tocan en sus lados y convierten las hojas en un campo poderoso.
Dos veces no. No es un patio cualquiera, no es cualquier cortina. Es justo esa de plástico en tiritas de colores.
Y en el patio esta el fondo, el mundo adentro del mundo.
Los cambios y las nuevas adquisiciones en este sector de la casa los trae Eduardo Sánchez, el mejor juntador de objetos útiles para la creatividad de un niño. Él clasifica, ordena, distribuye los tesoros en tres sitios: el galpón, el galpón cerrado y el cuartito.

El que más me gusta es el cuartito. Ahí había trabajado mi abuelo. Es el más misterioso.
Está la silla de madera con ruedas.
A pesar de la acumulación exagerada de objetos, sigue siendo un cuarto.
El centro de creación de perfumes de mi hermana Lory y mio.
Molemos las flores de la abuela, mezcladas con alcohol y con algún perfume de mamá, para darle algo más que olor a naturaleza alcoholizada.
Las preparaciones son colocadas en los pequeños frascos aceiteros que trae Eduardo del bar y guarda en el mueble de madera, gigante. Adentro también hay: una máquina registradora, hormas de zapatos, libros de actas, pedazos de un motor y un libro de historia antiguo.

El galpón cerrado me da miedo. No es diferente en esencia de los otros, pero el clima es raro, un poco más oscuro y pequeño. Solo entro si busco algo desesperadamente. A veces está con llave.
El galpón abierto es para la creación, me paro en frente del banco de trabajo, abro el cajón y todo tipo de herramientas, clavos, tornillos se despliegan sin ningún orden. Todo para mi.

La Abuela Clarisa

Mi abuela Clarisa es bajita, tiene poco pelo blanco peinado para atrás.
Es una gallega maciza.
Exagerada, dramática y picarona.
Con los años se le formó una joroba.
Me cuida todo el día.
Ama no con las palabras, con la comida.
Anda de la cocina al comedor trayendo y llevando fuentes. “¿Te sirvo?, en la cocina hay más” y no comer es despreciarla.
Tiene esa heladera antigua, redondeada y blanca, con manijas grandes de metal (como las de los negocios) que suena en toda la casa cada vez que la cierra.
En la cocina las fuentes del horno son negras, pesadas y tienen toda una cobertura de años cocinados. La mesa del comedor es de madera y tiene un mantel de hule con flores para protegerla. Las cortinas son marrones caladas y no combinaban con nada, pero a ella no le importa.
Usa delantales de cocina que tienen bolsillos y juega adentro con los dedos.
Tiene las manos gastadas, tibias, llenas de líneas.
Saben acariciar distinto esas manos. Me gusta como las mueve, enteras.
Las deja caer en la falda y dando golpecitos me llama a sentarme con ella.

Clarisa lleva siempre ropa vieja, manchada. Guarda la ropa linda para salir. No sale casi nunca.
En el ropero marrón, madera, está el sobretodo verde, el vestido blanco y gris con flores grandes que usó para el casamiento de mamá y las cajas con las tres medallas. Un tesoro. En su habitación está la cómoda. En una de las puertas está la comida empaquetada, latas, y en otra puerta papeles importantes. El medio, vacío.
La cama es antigua, con el colchón de resortes desvencijado y el cubrecama de seda que ya no tiene un color definido. En la cabecera, arriba, está el cuadro de Jesús rubio con barba y pelo largo, que mira. A los costados, las mesitas de luz. Entre la madera y el vidrio, fotos del abuelo, de Constante y estampitas de la virgen.

Eduardo Sánchez

Eduardo es el sobrino de mi abuelo. Llegó de España a los 18 años.
Ama España. Cuenta que cuando llegó quería tocar el saxo, pero no lo hizo. Trabajó de sodero, panadero, y ahora es mozo. No es un hombre alegre, todo lo contrario, es más bien malhumorado, gritón y triste.
Cosas que le gustan a Eduardo: la música gallega muy temprano, las herramientas, arreglar cosas (con su propio estilo), el vino y las cartas.
Se pasea en camiseta, todo el año. Tiene la panza más redonda y dura que jamas vi.

La historia de ellos

Mi abuelo Ricardo trabajaba sentado en el cuartito, sellando bolsas después de perder la pierna. Tengo dos o tres imágenes de él, mías, las demás son prestadas de mi hermana mayor o de alguna foto vieja. Dicen que fue alto, buen mozo, sereno, pero sobre todo bueno. Se me aparece el enfermero gigante que venía a darle inyecciones, me acuerdo. El abuelo tenía cara de dolor, pero no se quejaba.
Ya no está la máquina de sellar bolsas, y de él queda algún chaleco y la silla de madera con ruedas.

Me contó mi hermana Daniela que la abuela Clarisa y Eduardo se enamoraron cuando el abuelo aún vivía.
Como si supiera, Ricardo se enfermó y vino lo de la pierna. Estaba en la casa todo el día. Cantaba siempre una canción de ojos negros. Miraba. Testigo.
Después murió.
Pero la abuela estaba triste, decía mamá. Entonces yo me pasaba el día entero en su casa y las noches también. Porque la abuela estaba triste, decía mamá.
Eduardo estuvo a punto de casarse una vez. Pero a la abuela no le gustaba esa señora.
Hace un tiempo Eduardo se lastimo la misma pierna que el abuelo, y lo atendió Clarisa como años antes había atendido a Ricardo.

Los venticinco

Los 25 al mediodía se festejan en lo de Clarisa con toda la familia de Isolina (la hermana de Clari), su esposo Carlos, Carlitos Jr., con Raquel y los 4 hijos.
Son muy divertidas las navidades, jugamos y nos peleamos de lo lindo.
Cuando la fiesta está terminando, Eduardo se aparece en el patio con un sobretodo negro que lo cubre por completo y arrastrandose en cuatro patas nos asusta con ruidos espantosos. Todos corremos y gritamos escapando de la criatura, hasta que decidimos el momento para treparnos juntos sobre él, que se sacude entre carcajadas y temblores.

Papá

Papá colecciona cosas. Latas de gaseosas, discos, CDs. Todo en cantidades. En una época se le da por tener pájaros cardenales. El lavadero está lleno de jaulas, de ruidos. Otra época, peces. El living se tapiza con peceras. Después llega su pasión por comprar libros de todo tipo, de geografía, de historia, de música y de arte. Libros maravillosos. Tardes enteras mirando al Bosco, Gauguin o Van Gogh.
Mi papá se llama Eduardo, como su tío, el que había trabajado con Evita y según Dany estaba enamorado, pero mi papá dice que no. No es para nada peronista.
Ahora colecciona mates.

Popolillo

A mis tres años, en la playa, mamá me compró un salvavidas. Popolillo.
Todo el año siguiente, Popolillo y yo éramos uno.
Era un aro celeste con lunares y tenía un caballito en el frente.
No sé qué pasó con Popolillo.

Mamá

Con mis hermanos jugamos a ser los Ingalls.
Mi mamá es cariñosa y sacrificada. Le tocó trabajar mucho.
Se casó muy joven.
La preocupación por nosotros no la deja dormir.
Las reuniones de amigos de los cuatro se hacen en casa porque ella prefiere tenernos ahí.
No se enoja casi nunca. Pero si se enoja… Es irónica.
Templada. En cada época distinta.
Preocupada por mis impulsos.

En casa hay mucha palabra política. Los domingos hay debates permanentes, discusiones eternas. Pocas palabras de las otras.

La primera lectura es de Lory

Nuestra habitación es en un altillo. Las tres camas rodean las paredes del cuarto. Tiene una ventana por la que se ve el patio de la abuela y el limonero.
Lory es la primera persona que me lee un cuento. Ahí en la cama, recostadas, ella va tejiendo palabra por palabra. La historia crece con una mujer enferma. Nadie sabe qué le pasa, ni el doctor, ni su marido. Yo escucho la historia con miedo. La tapa del libro tiene hojas, verdes, amarronadas, y el título está en rosa fuerte. El marido destroza el almohadón y ahí está lo que le causa la muerte a su mujer. Me pego al cuerpo de Lory, las dos nos alejamos de la almohada, y ella, como aquella vez en el cine, me abraza, fuerte.

La ciudad nuestra

En el cantero grande armamos Dany, Leo, Lory y yo ciudades diminutas para los playmóviles. La poblaciones tienen casas de barro, con mesas, sillas y utensilios armados con ramas. Sus cultivos, las plantas de la abuela, a veces no logran reponerse a la depredación de los pequeños hombrecitos plásticos, y nosotros nos ligamos unos buenos retos.

Sucesos

Una serie de sucesos me marcan: La muerte del abuelo Ricardo, el accidente de mi hermana Daniela y la enfermedad de mi mamá.

Se murió el abuelo, la abuela está triste. Traslado mi vida con ella.

Daniela es la mayor de mis hermanas, me lleva 8 años. Es muy delgada.
Tiene el pelo negro con rulos, pero corto, porque a papá le gusta más y nos lleva a cortar a todas juntas.
Este diciembre están pintando el comedor de casa, y los muebles del living pasaron a la cocina.
Daniela limpia el mueble con una franela naranja, Lory y yo estamos paradas detrás de ella sobre los almoadones del patio, también naranjas. Hacemos de cuenta que la ayudamos. Estamos hablando.
Dany tiene 12, Lory tiene 7 y yo 4.
No sé qué veo, pero escucho el ruido del vidrio que cae desde arriba del modular sobre ella. Mi mamá nos revisa, nos sacude. Papá corre, trae una toalla, Dany camina y deja un rastro a su paso, habla, no pasa nada, no pasa nada.
Papá tiene una cara que no le conozco.
Mamá llora.
Papá se va con Dany.
Mamá se queda con nosotras dos.
La abuela no está. No tiene que ver todo esto. Mamá nos da una esponja a cada una y lavo. Está todo teñido. Limpio y lloro, los seis metros de pared no terminan nunca.

No queremos dormir. Estamos Lory, Leo y yo en el balcón esperando que la traigan.
Cuando la vemos todos lloramos. Está tan cansada y los tres queremos saber si esta bien, si le duele. Ella duerme y nosotros también.

Con mi hermana enyesada nos vamos de vacaciones, pero tiene que volver a Buenos Aires para controlarse, porque casi perdió el brazo. No lo perdió, está bien.

En la carpa, mamá no se siente mal.
Está muy nublado, horrible, y papá no llega con Dany. Lory y Leo van a buscarlos al puente. Comienza a granizar y mamá creo que llora.
Al final llega papá con Dany y nos volvemos a Buenos Aires.
Mamá queda internada. A mi me parece que es mucho tiempo. La extraño.
La comida de papá es horrible y él se enoja porque ninguno la quiere comer.
Los cinco en la cocina, con esa luz, esa que hace que todo se vea poco, tan triste.
En la mesa celeste con caracoles blancos.

Esa soy yo. Estoy ahi, en la puerta del cine San Roberto, enfrente del hospital Álvarez con Lory. Papá nos deja en el cine y se va con Dany y Leo a ver a mamá.
Entramos. La pelicula ya empezó. Hay un bosque, árboles y animales. Aparece Bambi, muere mamá Bambi y yo me pongo a llorar, Lory me abraza. Lloro tanto y con tanto ruido que tenemos que salir de la sala. Nos quedamos abrazadas en el hall de entrada. Es continuado y la película que sigue es Mary Popins, así que volvemos a entrar para verla.
Después nos vienen a buscar.

La abuela Ester

La abuela Ester es la mamá de mi papá. Llena de remedios. Llena de indiferencia.
Todo es para sí.
La casa de Ester tiene objetos bellos. Pero no se puede tocar nada. Todo ordenado.
Fui pocas veces a su casa. No le gusta recibir a casi nadie.
Cuando vivía el abuelo si, a él le gustabamos.
Ester tiene las manos frias, con sabañones.
Cuando viene a casa baja última las escaleras para que, si nos caemos, no la tiremos a ella.

El abuelo Manuel

El abuelo muere poco después que Ricardo.
Cuando venía a vernos, se sentaba en la cabecera de la mesa, papá le servía un whisky en los vasos que me gustaban, los que tenían rombos de cristal. Nos iba llamando de a uno para que nos sentáramos en las rodillas. A mi hermano lo llamaba con el peine y lo dejaba a la cachetada. A mí no sé qué me decía. Una vez me trajo una muñeca muy hermosa.
Si pienso en él me viene un almuerzo en su casa. Era muy parecido a mi papá, pero más duro.
Un señor elegante, siempre de traje y peinado a la gomina.
La ultima vez que lo vi, papá nos había llevado a su casa. Se enfermó de cancer de pulmón. Fumaba.
Estaba acostado en su cuarto y lo trajeron al comedor para que no lo vieramos en la cama. Flaquísimo. Como otro. Con la barba crecida, en el pijama violeta de tela, manga corta, ese que se ataba con cuerditas en la cintura. Papá nos llevó para despedirnos. Era la tardecita, y estaba oscuro.
El día que muere no me dejan ir al cementerio. Me quedo con la abuela Clarisa. Es una mañana de mucho sol, y estoy en el patio jugando con un oso rengo que me encontré en lo de Isolina hasta que vienen todos.

Tráfico de uvas

La comida no es siempre la que nos gusta. Muchas veces no queremos comer. O no queremos ayudar a levantar la mesa porque ya ayudamos a hacer otra cosa y les tocaba a los hermanos colaborar. Después de una pelea, por una u otra razón, papá manda a alguno al rincón. Antes del postre, porque estas cosas pasan siempre antes del postre. Y entonces comienza el tráfico de uvas. El que está en el rincón extiende la mano hacia atrás para recibir una pequeña y redonda uvita violeta o verde. El penitente, con disimulo, la come cara a la pared. Pueden ser cuatro o cinco llevadas por hermanos con excusas variadas, ir al baño, la cocina, la pieza. No hay que exagerar porque a papá no le gusta que nos levantemos de la mesa.

Rara como Constante

Constante y su té.
Constante era hermano del abuelo Ricardo. Había venido de España antes que el abuelo.
Cuando llegó el abuelo de España vivieron juntos, hasta que el abuelo se casó.
Entonces Constante se fue a vivir a una pensión.
La dueña de la pensión era una mujer viuda con un hijo.
Clarisa insistía en que ella lo había “traído medio trastornado”. Que se había enamorado y como él no le correspondía, pasó lo del té: la señora de la pensión le había dado el té y él empezó a andar mal. Pensaba que lo persguían.
Ricardo y Clarisa hicieron de todo, fueron a ver doctores, le dieron remedios, rezaron (decía Clari).
Pero no mejoraba.
Hasta que fueron a ver a Doña Francisca, que veía cosas, y les dijo lo del té.

Mi hermana Daniela se puso rara, como Constante y su té, pero distinto. Como sin ganas.
Por eso apareció en casa Don Gómez. Seguro que lo había traído mamá o la abuela.
Don Gómez era de esos que ven cosas. Como doña Francisca.
Me daba una mezcla de miedo e intriga, sobre todo en nuestras partidas de dominó. Por supuesto, yo atribuía mis derrotas a sus visiones. Don Gómez no venía solo. Venía con María, su asistente. Se quedaba conmigo mucho rato cuando hacían no sé muy bien qué con Dany.
Daniela tenía una amiga, Andrea. Andrea y su mamá no eran felices con nuestra familia Ingalls y por eso algo le pasaba a mi hermana.

Mi primera Barbie me la regaló Andrea (antes de ser la responsable del malestar de mi hermana). Tiene unas cintas pegadas en una pierna porque está rota. Dos años más tarde, cuando Dany ya es más parecida a la de antes y habla, decido que la muñeca no tiene nada y que la cinta no le hace falta. Asumo los riesgos. Le saco la cinta vieja. Me cae encima de las piernas una cantidad de polvo blanco no identificado.
Podría atribuirle a este suceso mis problemas, pero en realidad les tengo mucho respeto a estos temas.

Leo y las flores

Mi hermano Leo tiene los ojos enormes, el pelo oscuro.
Me cuida. Me da la mano. Las aventuras son con él.

Me lleva a andar en bicleta. Yo voy atrás, sentada en los cañitos de la bici verde. Andamos en la cuadra de casa. Mamá no nos deja ir más lejos. Pero nosotros vamos dos cuadras más allá.
En la vereda de enfrente hay una casa con jardín. Las flores son hermosas, especiales para mamá. Cruzamos.
La casa tiene rejas blancas, finitas. La mano de Leo no pasa entre ellas. La mía sí.
Empiezo a sacar las flores rosas, pequeñas, con los pétalos cerrados, apretados.
Saco cuatro. Cuando voy a sacar la última se abre bruscamente una ventana y una señora mayor comienza a insultarnos. Cosas horribles dice, algunas no se le entienden.
Subímos rápido a la bici, nos tiemblan las piernas y la señora ya abre la puerta a los gritos.
Me pongo a llorar.
Leo pedalea tan rápido como puede. En la esquina no logra esquivar la raíz del sauce y salimos volando.
Mi pierna es un rallador. Las flores machucadas son tristes, las dejamos en el arbol. Leo está blanco.
Volvemos caminando a casa. Leo lleva la bici verde con la rueda torcida en una mano y con la otra me sostiene a mi.

Leo a secas

Leo caza arañas. Las guarda en un frasco que en la tapa tiene agujeritos. Horribles. A mi me dan miedo, pero las tengo que mirar. Él sale de expedición al fondo y ahí encuentra de todo. Las lleva a su cuarto y las observa. Mamá ruega que no se escapen.
Tiene un microscopio y examina a los bichos.

Jugamos al vóley con globos. Los sillones son la red. Horas.
Le encanta hacerme enojar.

Dice Fernanda es una tarada. Yo me ofendo. No, dice, vos no, Fernanda Beatriz, y más furia me da. No vos no, Fernanda Beatriz Bolichopi, que vive a la vuelta…

Rueda de patas

Limpio un canasto. Bichos bolita ruedan en el fondo.
Se abren y con su cantidad de patas se desplazan en el tramado del canasto de mimbre.
Como yo, no buscan nada. Los tiro en el patio. Las baldosas rojas me queman. A los bichos bolita también.
Corren y quieren llegar abajo de la maceta, pero los acerco para que se queden conmigo un rato más. Se hacen bolita en la palma de mi mano. Los hago rodar. Los apoyo en la mesa. Pero no se abren los sonsos. Espero un rato. Aburrida voy a cantero a buscar lombrices. A los bolita les queda su travesía desde la mesa a cualquier rincón del patio.

El abuelo escucha

Verano. Hace calor.
Estamos los cuatro en el patio jugando y aparece Eduardo con la manguera. Es una fiesta. Las baldosas tibias, el sol, las corridas. El agua nos da alegría. Simple.
La abuela grita desde la cocina que terminemos, que los vecinos, que la siesta. Ninguno quiere parar.
“Hombre, cierre la canilla”. “Bueno mujer, qué le hace”, y seguimos así.

Hasta que oímos el portazo de calle.
Nos quedamos quietísimos un momento. Nos miramos.
La abuela se fue.
Se acabó la fiesta.
Eduardo, enojado e inquieto, nos manda a secar. La culpa es nuestra por un rato.
Cuando llega mamá, la culpa es de Eduardo.

La tarde pasa larga, silenciosa.
A la nochecita vuelve Clarisa. Se fue al cementerio.
El abuelo sí la escuchaba.

Polleras

Con la abuela salimos a la puerta. El Taunus verde llega cinco minutos más tarde. Estaciona adelante de nosotras. Eduardo se baja y le díce algo a la abuela. La abuela corre y trae una bolsa. Nos subimos. Eduardo arranca. La luz es blanca, blanquísima. Los asientos marrones me queman las piernas, después no.
La abuela va callada. Eduardo le grita algo a otro auto. ¡Ostias!, siempre dice ostias o me cago en tu alma. A mí me da gracia.
La casa de Isolina queda lejos, en Temperley. Pero con el auto es mejor, si no es colectivo, tren, colectivo.
Eduardo nos dice que llegamos, que bajemos.
La tierra, el olor de la calle, es otro mundo. En la vereda las gitanas pasan y mueven las polleras de colores, largas, hermosas. Yo quiero esas polleras y esos aros. La abuela no me deja ni que las mire.
La tía nos recibe. Usa, como la abuela, unos batones de tela finita con estampados de flores. No se parecen para nada a las polleras de las gitanas.
Entramos al jardín que está lleno de arboles frutales, damascos, ciruelos, naranjos. De todos ellos nos robamos algunos para comer. Sobre todo las ciruelas amarillas.
Los pasos son: primero ver el gallinero, si hay pollitos, si tienen huevos, si cambió algo; segundo: explorar el jardín y el galpón, ver los conejos; tercero: la hamaca; cuarto y menos interesante: comer en la casa.
Hay mosquiteros en todas las puertas y ventanas. No entra el sol en ninguna habitación. La casa es gris. Tenemos que usar patines para no llenar todo de tierra. El contraste entre ese afuera y ese adentro me obliga a comer rápido y salir. Después del almuerzo ellas se sientan y hablan bajo, cosas de ellas, no quieren que yo escuche.
Un rato más y la vuelta es dormir en el Taunus verde hasta casa.

El oso marrón clarito

Los zapatos de mi abuela me quedan grandes.
Me hice pis, no tengo otros acá.
Me quedo quieta, porque si no me caigo.
Descalza no puedo estar, porque la abuela no quiere.
Los miro. Son negros. Feos. No lo digo porque a la abuela le gustan.
Tengo el oso marrón con la pierna rota que me dió la tía Isolina. Todavía no le puse nombre.
Me siento en la silla y caen los zapatos al piso.
Acuesto al paciente en la mesa.
Le grito a la abuela, que está en la cocina, que me traiga la venda que le pedí.
La abuela la trae.
El oso mira para mi lado, pero no me mira a mi.
Le pregunto el nombre y no me habla. Me tiene miedo. Seguro.
Lo acaricio y le digo que no es nada, que va a estar bien.
Le paso un algodón, lo limpio.
Poner la venda no es nada fácil, y creo que se la dejé apretada, pero no se queja el pobre.
Lo nombro.
La abuela trae el café con leche con galletitas.

La escoba

La abuela, Eduardo, Amigo, Teresa y su hijo Raúl, que es bueno y hace todo bien, y algunos más que no sé los nombres estamos en el patio.
La mayoría de los hombres se quedan en camiseta. La de canelones blanca. No disimulan las panzas de vino, las golpean.
Gritan, se pelean y rien fuertísimo. Juegan a la escoba.
Los porotos se desparraman en la mesa y se intercalan con las cartas. Eduardo hace trampa y se dan cuenta. Le gritan cosas. Hablan en gallego. No les entiendo.
La abuela está entre la partida y el servicio de mesa. Trae vino tinto en la jarra blanca y sirve cada vaso hasta arriba.
Me aburro bastante.

La caja de madera

Eduardo me regaló una caja de madera grande, clara. Barnizada. Yo no tengo mucho que guardar. Pero es hermosa.
A mi hermana Lory también le parece bellísima.
Una tarde estamos las dos en el patio.
Ella sabe cómo hacer que algo se vea único, deseable. Guardó un perfume fabricado con la mejor colonia de mamá, azaleas de la abuela picaditas, un toque de alcohol, unas gotas de agua (aplicadas con gotero) con un ingrediente secreto que no me quiso decir. Todo en un minúsculo frasquito.
Así, perdí mi caja. A cambio recibí un pequeño recipiente de vidrio, con tapa de “cristal” y perfume de un día.

Lorena Paola

La abuela me dijo que a la tarde, a media cuadra de casa, iba a venir Lorena Paola.
Se lo había contado el diarero, el Cholo.
¡No lo podía creer!
Le pedí a mamá que me diera los ruleros. Yo tenía el pelo muy lacio en ese momento.
No me moví del balcón.
Los rulos que me había imaginado devinieron en ondas casi imperceptibles.
Yo me sentía otra.
¿A qué casa vendría? Eso no lo sabía la abuela.
Mis hermanos se reían, pero de reojo miaraban a ver si aparecía.
A las 16:43 llegó un auto blanco a la cuadra y estacionó enfrente de la casa de Don Albino.
Del auto bajaron un señor de pelo negro y del asiento de atrás, ella, Lorena Paola.
Se acercaron a la puerta gris del PH. Esa por la que había que pasar rápido. Por la que la abuela nos tenía prohibido pararnos. Si el Chileno nos hablaba, no teníamos que contestarle.
El Chileno había estado preso por lo que le había hecho a un chico.
Puerta gris, pantalón gris, camiseta blanca. Flaco, esmirriado, bajito era el “Chileno”.
Lorena Paola había entrado ahí. Con sus rulos, con su enterito de jean. Había entrado con el otro, que a lo mejor era su papá. O no.
Esperé en el balcón. Mamá me decía que fuera, que le toque el timbre y que la invitara a jugar. Pero no. Ahí no. Esperé en el balcón. Pensaba que cuando saliera le diría algo y las dos con rulos, algo.
Una hora después salió. Rápido. Se subió al auto blanco y se fue.

El encuentro con el limonero

Los hermanos mayores, cuando son varios, no quieren jugar con los menores, a menos que sea necesario para que ese más chico sea lo que nadie quiere ser. O eso es lo que me pasa a mi.
Los roles que me tocan, en general, son los peores. Por supuesto prefiero pagar el precio, carísimo a veces, y tratar de superarme y ascender, aunque sea por minutos, de mi rango de menor, cola de chancho, mono, última.

Esta tarde soy mancha. Mucho rato soy mancha.
Corremos. Los persigo de una punta a la otra del patio rozando con los dedos las remeras.
Eduardo, en el galpón, nos mira. Nos cuida.
El patio se puso oscuro. La ropa blanca de Leo resalta sobre las demás. Es el más rápido. A él, más que a ninguno, lo quiero agarrar.
Lo tengo a milimetros haciendome “ole” con ese baile irritante y altanero que no puedo resistir. Me abalanzo sobre él, segura de agarrarlo, pero no.
La nariz se me incrusta en el limonero. De frente, el árbol-pared me frena y caigo de espaldas.
Cuando me levantan, pálidos, presienten lo que viene. Me toco la cara y siento la sangre, pegajosa y tibia. Después el susto y después el llanto.
Eduardo me lleva al baño. Y justo ahí, en ese momento, llega mamá.

Regalería

Sobre la calle Gavilán Luis tiene su negocio. Vende de todo. Nada útil.
Yo lo quiero todo. Cada vez que junto dos pesos, voy. Compro anillos, aros o collares que al instante dejan negra o azulada la piel.
Me gusta ir porque Luis me escucha, nos reimos. Es alto, flaco y con un bigote que se está poniendo gris. Es amigo del dueño de la peluquería, a la que iba para que me cortaran el pelo como Gabriela Sabatini.

Embalsamados

En mi escuela esta el cuartito de los duendes.
Tiene una puerta pequeña, por la que la profesora de educación física se contorsiona para entrar. Ahí guardan el material de gimnasia. Además hay muebles destartalados, baldes y lo peor, animales embalsamados. Hay un águila, una mulita y un gato grande, con los ojos como vacíos y las pieles rancias.
En el lugar hay ventanas con vidrios esmerilados que dan al patio, es muy luminoso, pero tiene esa oscuridad, de la otra.
La puerta está abajo de la escalera de atrás, al lado de los baños.
Nadie quiere acompañar a la maestra a buscar el material. Ella lo sabe, y nos elige con goce.
Es de esas profesoras que en las clases se lima las uñas al sol mientras nos hace dar vueltas al patio hasta que termina. Una voz fuerte, imperativa.

Vecina en bicicleta

Cuando hace calor y Clari barre la vereda, yo salgo a jugar.
Pasa una vecina que anda en bicicleta en mi cuadra y aparentemente mi presencia le molesta. Cada vuelta que da me dice que me corra, que estorbo, que ella tiene que pasar.
Entonces la empujo. Fuerte.
Con ganas, la tiro de la bici.
Por supuesto la nena me acusa con la abuela. Llora a los gritos, exageradamente.
Clari me defiende. La vereda es de todos los nenes, dice.

Estética familiar

A los cuatro años empecé a peinarme sola.
Mi mamá, a las 7 de la mañana, con nosotros cuatro. Corriendo para ir a trabajar, no puede lograr que las dos colitas queden a la misma altura.
Si me pellizcan de un lado, me emparejo con otro pellizco identico del otro lado. Todo simétrico.
Por eso, una colita arriba, alta, al centro. Autorrealizada.

El baño es un territorio a conquistar.
La casa de Páez es muy luminosa, pero a las siete no. Esta oscuro y ahí donde se apoya la pecera grande, donde había estado la piraña (la que Nuria mató en un cumpleaños dándole una feta de salame), ahí, en el filo del murito, me reventé el dedo chiquito del pie. Dolor apretado. Único, que solo cabe en onda expansiva en todo el cuerpo.
La puñalada por sorpresa a las siete de la mañana, descalza.

La ropa no es un tema menor en la familia.
Es poca. Es cara. Somos muchos.
Equipos adidas azul, verde y marrón van pasando de uno a otro. Son de buena calidad. Nadie los quiere usar. El marrón menos.
La ropa tarda en secarse. Y no siempre está lista los días de gimnasia.
Como hoy. A mamá le parece que nadie se va a dar cuenta si me pongo el pijama de Lory rojo veteado en remplazo del adidas. Me convence.
Todo va bien, a pesar de creer que todos saben que estoy en pijama.
Cada tanto Lory y yo nos miramos. Llueve y ambos grados tenemos clase en el patio techado.
Casi termina la clase y un compañero suyo se me acerca y me dice que él tiene un pijama igual.

Perros

Hay algo del perro azul que pintó Mabel que se parece a Yaky, el perro de la abuela.
Para mí siempre fue grande de edad. Nací y él ya estaba abajo con Clarisa.
El perro azul es flaco y tiene un arbol al lado. Yaky también lo tenía.
Su cucha era blanca, de material. Estaba pegada al galpón cerrado, y a un costado se levantaba la parra.
Era tranquilo, parecía cansado. Callejero, de color negro, mas bien petiso. El pelo duro.
Veintidós años vivió y al final no quería morirse. Estaba ciego por las cataratas, sordo y cuando salía a la calle a hacer pis se caia al levantar la pata en el árbol.
Tosía como humano, mucho y de noche.
El perro azul que pintó Mabel mira por la ventana, se quiere ir. Me hace acordar a Yaky.
Asomaba su cuerpo y salía siempre por el mismo portón blanco y negro del garage, atravesaba las mismas baldosas rojas pulidas y se acercaba al mismo árbol.
El auto verde no estaba a esa hora.

Sigue la historia

Volver a los recuerdos me inquieta.
Está viva mi infancia.
Me traje gran parte de ella, todo guardado, todo vivido.
A veces me dan ganas de llorar. El tiempo, la luz, el contorno de algunas cosas. El silencio que pasó.
La pequeñez, el cabello lacio, el vacio.
Cosas bellas de mi infancia: mi abuela, el patio, los juegos, mis hermanos, mis sueños.

Sigo siendo la cuarta.
Sigo entrando y saliendo de esa casa.
Manoteo la llave de luz antigua, la apago por hoy.
Cierro la puerta. De este lado claridad, adentro oscuro. Pero veo.

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