Pienso demasiado.

Sueño en blanco y negro,
como las películas antiguas,
como ven los perros.
Pienso en el pasado.
Pero no soy un perro.
Reconozco los pasos.
Son los de antes.
En la noche llena de agua
descubro que los zapatos me bailan,
que me olvidé de regar las plantas,
que se acabó la comida para el gato
y que la lamparita no prende.
Me siento a esperar que aclare.
Repiqueteo, simple, misterioso.
Es una noche fresca.
Desde la ventana no distingo más allá del camino.
Me pierdo en preguntas
sobre lo que ven los gatos de noche.
Veo poco.
No soy un gato.
De los pies a la cabeza me mido.
Soy tan grande como mis amigos,
tan chico como un hermano menor.
Transparente
como un vaso de agua transparente.
Pero yo me veo.
Solo a veces, otros me ven.
La casa, seca, suena.
La atravieso.
Miro de costado,
como los pájaros,
como las palomas.
Veo las terrazas desde arriba.
Pero no soy un pájaro.
Las cortinas se mueven,
se parecen a gente que conocí.
Pienso nombres.
Se escapan nombres.
Toda el agua afuera.
Los techos,
los autos, los paraguas.
El tiempo, constante,
sigue cayendo y yo no envejezco.
Me vuelvo liviano.
A esta hora me aclaro.

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