Mitad

¿Cuantos años en sentido contrario avanzan?
Hoy hay solo una medida.
Parado en la mitad justa un punto.
El hilo se hunde.
Lo que hay en ambos lados del hilo
cae hacia el centro,
sobre aquel punto.

Tijerita china.

Corto el espacio de tiempo entre
que me acerco y te hablo.
Me duelen los dedos.
Corto el día de duelo, de pena.
Dos gotas no pueden cortarse,
se escurren.
Corto el beso en el diente de lata,
y me lo guardo.

Me pregunto

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Repito las preguntas.
Tres no tienen respuesta.
Me van cubriendo en capa fina,
alejan despacio.
Me pregunto qué pesa más,
el edificio o mi idea de hombre
que pasa por delante de él.
Las grietas del edificio
se parecen a otras grietas,
más profundas.
Me pregunto si la sombra del vuelo
sobre la vereda blanca de sol
puede hacerme perder,
puede dejarme ciega.
Me pregunto por qué las excusas
se vuelven preguntas.
Cada siete días busco, escarbo.
Las vidrieras no pueden
reflejarme completa,
casi no ven.
¿Cuántas preguntas caben?

Bosco delicias

Trenes en el jardín. Más trenes.
Hay lugares a los que se llega en tren, o no se llega.
Desde la ventanilla se puede ver el patio.
Hoy los galpones son pasto verde y hay otro perro.
Hay otra nena jugando.
Una figura negra parece una sombra, pero no lo es.
Los pájaros enormes alimentan a otros yo.
Paso con mi tren entre otros trenes, que van a otros lugares.
Los cruces tienen encanto, se arman vínculos breves entre pasajeros.
Y cómo no salir a pescar en pez. A la noche, cuando está oscuro.
¿Cómo podría ser de otra forma? Hasta el paraíso se presenta inquietante.
Las personas empujan. Juntas hacen fuerza.
La monja chancho no pide permiso.
La belleza se esconde en la ostra, pero deja ver un pie,
y todos se desesperan por tocarlo.
¿Hasta donde llega el miedo a la muerte?
Oídos afilados, hombres perseguidos,
pesados por la balanza y tocados por la música.
Escondidos, acosados.
Me quedé entre dos puertas que no abren.
Construcciones camarón.
Rosadas, huecas.
Ambas puertas tienen luz que sale por las hendijas.
Hay gente adentro. Retumban risas.
Ayer había ruido de animales, hoy de fuego.
Me quedé con preguntas.
Y cómo no escaparse disfrazado de lechuza. O de cangrejo. O de lagartija.
¿Cómo podemos quedarnos ahí?
Espejos.
Como semillas de la planta carnívora.
¿Cómo?

Mantas del perro

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Mantas del perro.
Mentiras.
Perros de mesa de luz.
De acá para allá
con el pelo ralo,
la lengua afuera,
el deseo de otro.
Cumplo con lo pedido.
Sueños que desprenden humo,
que dejan resaca.

Puñado de arroz

e

Abrí descalza
sin mirar.
Encontré
tu silencio,
que te envuelve,
como un puñado de arroz
vuela hasta que duele y cae.
Las voces susurran miniaturas.
Echadas al vuelo,
se estrellan
contra los vidrios de tus lentes
y descienden.
Sueños en cajas.

Pienso demasiado.

Sueño en blanco y negro,
como las películas antiguas,
como ven los perros.
Pienso en el pasado.
Pero no soy un perro.
Reconozco los pasos.
Son los de antes.
En la noche llena de agua
descubro que los zapatos me bailan,
que me olvidé de regar las plantas,
que se acabó la comida para el gato
y que la lamparita no prende.
Me siento a esperar que aclare.
Repiqueteo, simple, misterioso.
Es una noche fresca.
Desde la ventana no distingo más allá del camino.
Me pierdo en preguntas
sobre lo que ven los gatos de noche.
Veo poco.
No soy un gato.
De los pies a la cabeza me mido.
Soy tan grande como mis amigos,
tan chico como un hermano menor.
Transparente
como un vaso de agua transparente.
Pero yo me veo.
Solo a veces, otros me ven.
La casa, seca, suena.
La atravieso.
Miro de costado,
como los pájaros,
como las palomas.
Veo las terrazas desde arriba.
Pero no soy un pájaro.
Las cortinas se mueven,
se parecen a gente que conocí.
Pienso nombres.
Se escapan nombres.
Toda el agua afuera.
Los techos,
los autos, los paraguas.
El tiempo, constante,
sigue cayendo y yo no envejezco.
Me vuelvo liviano.
A esta hora me aclaro.

ÉL

Él es una pregunta.
Camina finito.
Agarra el lápiz con tres dedos.
Hileras que son posibles.
Me acaricia la cara.
Hace rulos con mi pelo. Calabaza.
Resonga con ojos de papilla antigua.

Lo que guardo

Camina lento y se lleva palabras,
las mezcla, no las entiende.
Se arrastra por el peso,
se lleva los ojos,
crece con sus imágenes.
Las manos trabajadoras,
tejedoras de historia, también se las lleva.
Los dientes los deja en la mesa de luz.
Pero lo que guardo yo, no puede quitármelo.
Hasta que me lleve a mi.

Salto de cama

Balbucéa.
Camina pesada.
Tiembla el camisón
de flores azules.
Que no te mire
que te congela, que no te mire.
Pasan unos pocos años
pero ella no se ve en el espejo.
No se reconoce.
Ve a los otros.
Le cuesta que fue joven.
Lo que tiembla
es el cuerpo desnudo
bajo el batón.
Los pies vagabundos.
El otoño le enrojece la nariz.
Mole irlandesa.
Huerfana
Abandonada

Calco de madre

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Tiene poco.
Su calco de madre,
su hermana.
Trepa por un tiempo
y se desata.
Come descalza,
come con la mano.
Poco tiene de niña.

Rapadura

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Domingo pleno sol.
La muerte no es cinematográfica.
El dolor no se mide.
Rasco el fondo buscando sentido,
libero las semillas que no germinaron.
Crece sin secante.
No hay tiempo para las palabras con algodón.
No hay filtros que protejan del sol
lo que no creció.

E y punto

El punto
El punto se cansó de ser silencio y emprendió el viaje. Dejó atrás su pasado rayado. Allá quedaron amontonándose las palabras.

La letra E
La E era la última letra. Cuando vio al punto descolgarse del renglón, lo llamó: ¡E! pero él no le dirigió ni siquiera una mirada de despedida.

La E volvió a mirar al resto de las letras. Se estiró para contenerlas. Quiso pensar con rapidez, pero la invadió un irremediable eeeeeee.
¿Qué podía hacer?
Se fue en busca del punto.

El camino del punto
El punto caminó, o más bien rodó, y rodó, dio giros y vueltas sin saber qué lo impulsaba.
Hasta que agotado, se sentó.
Miró con todo el cuerpo hacia abajo y un poco hacia atrás.
Ante él se desplegaban sus propias huellas como un mapa infinito.

El camino de la E que seguía al punto
Con temor, la E se lanzó del renglón.
Le temblaban las tres patas. Se estiró, descubrió cada parte de su cuerpo en movimiento.

Primero fue muy sencillo seguir el rastro finito y recto.
Pero luego, en el camino aparecieron surcos gigantescos que terminaban abruptamente.
Decidió subir a lo alto y tener otro punto de vista.

Lo que vió la E
El mapa era magnifico. La huella del punto trazaba surcos profundos. Zigzagueantes.
El punto ya no era pequeño. Entero, giraba en el aire, y una música le salía del cuerpo.
Desde lo alto la E enmudeció ante la voz del punto.
El punto, entre tanta voz, crecía.
Sus bordes se expandían.
Sonó muy fuerte y de él se desprendieron miles de puntos diminutos, brillantes, que se fueron por el camino trazado y se perdieron en su propia luz.

Del infinito al punto y a la ‘E’
El punto volvió a tener forma y color de punto.
Pero algo había cambiado.
La E escuchaba y vibraba distinto.
Ninguno dijo nada.
El punto dejó que la E lo llevara de regreso.

El regreso
Cuando llegaron, todo el texto era un desparramo de letras.
Las palabras que aún seguían unidas habían perdido el sentido.
Una fila colgaba del renglón como una cadena.
El punto sintió el silencio más lleno que nunca.
Ante la presencia de la E y el punto, las demás letras se agruparon en una forma nueva, construyendo palabras nunca vistas.
Y también el punto.Y también la E.
Todos sintieron que, por un tiempo, estaban bien así.

Media luna

Me comí las uñas hasta dejar una media luna finísima en el dedo. Como para compensar, la naturaleza hace brotar el limonero. Limones no da.
La pollera de tablas arrugada, la remera blanca, limpia. Los pelos contenidos por dos horquillas para evitar que se eleven alrededor de las sienes.
Viene papá.
Hace dos días que en secreto espero las palabras de mamá anunciando que viene, pero recién hoy llegaron. A las cinco pasa. Mamá habla mucho por teléfono con todos, pero con él no, arregla y listo.
Estar sola con papá todavía es raro. Nos miramos, pero hablamos poco. Él tiene miedo de preguntarme como me siento, porque si me siento mal no sabe que decirme. Pero no pregunta y me abraza, porque se da cuenta.
La noche con sus cuentos es hermosa. Armó en su nuevo departamento una cama con peluches y estantes con juguetes que elegí para traer. Las cortinas dice que las va a cambiar por unas de princesas que vio. Las princesas no me gustan ahora, pero lo dejo.
La mañana es el momento en que me gustaría estar con mamá para que me peine. Las nenas en la escuela me cargan porque voy horrible. Me peina la maestra y a ellas les da más bronca.
Cuando estoy con uno extraño al otro. Caro dice que después se te pasa, que es así al principio.
Cuando sea grande no me voy a casar.

Lágrimas

Levantó las manos al techo. Necesitaba los caireles con forma de gota. Los chatos facetados no. Los de gota. Se subió a la cama, no llegó. Puso un banco arriba de la cama y ahí si.
La escultura necesitaba lágrimas. El pensador tenía que llorar como un bebé. Tenía que salir de esa cabeza atormentada de ideas y dignarse a sentir algo. Solo un dolor profundo iba a lograr arrancar de su eje a ese marmol helado que lo mantiene erguido. Despejarlo de las ideas rotundas y el juicio despiadado de los gansos Ni remotamente cerca de una definición clara, pero la escultura, según él, necesitaba lágrimas más reales. Ninguna más llorosa que las de la araña de la abuela.
El, un escultor reconocido en el medio, refritaba y miraba con visión actual obras famosas. Al parecer, esto que a mí me resultaba una completa idiotez, a los críticos del momento les resultaba fresco y revolucionario.
Pues bien. Mi tarea era impedir que se robe los caireles. La abuela jamás le decía que no a nada. La única forma era convencerlo, crear una teoría lo suficientemente sólida que derribara el castillo de cartas que se había construido en torno al pensamiento-sentimiento.
Empecé a decirle lo mucho que me conmovía la escultura, que en sí misma atravesaba las fronteras del tiempo para tocar las fibras intimas tanto de la razón como del espíritu, porque ese pensador no era solo pensamiento, era la fina sensibilidad que modelaba la piedra.
Por supuesto no lo convencí. Se llevo los caireles. Utilizó mi discurso como propio para el catálogo de la exposición que realizó en Ruth Benzacar. La obra se vendió por una millonada. Con la abuela seguimos en la misma casa, aunque cada vez está más vacía. Los artistas contemporáneos son así dice la abuela (sentada en un tacho de pintura que usa de silla).

 

Misterios de la pesca

Desde la ventanilla del 110 veo que de un balcón cuelga un hilo con algo brillante en la punta. Me parece un anillo.
El colectivo está atrapado en el embotellamiento y no se mueve. Me detengo a mirar el anillo y aunque quiero distraerme con otra cosa, el brillo plateado me llama. Nadie más parece repara en él. Una trampa, sin dudas. Un hilo que cuelga desde el cuarto piso de un edificio con un anillo atado en la punta ¿que otra cosa puede ser?
Sin embargo empiezo a diseñar mentalmente planes para escapar con el anillo y vencer a quien colocó la trampa.
El colectivo avanza cinco pasos de hombre o dos giros de las ruedas.
Busco algo con lo que cortar el hilo, busco en mis bolsillos. Lo único que aparece es el pez azul con código de barras y el árbol genealógico familiar que me hizo la tía Chichita para el estudio de nuestros orígenes y las complicaciones a las que nos arroja.
La luz pega tan linda en el anillo que me obliga a tirarme del 110 y clavar los dientes en el hilo, (que es extremadamente resistente, imposible de cortar). El anillo me hace cosquillas en la lengua.
En fracciones de segundo me estoy elevando. Mis pies se alejan del piso, lo veo de reojo, porque a gran velocidad subo en este pescador. Si abro la boca me estrello. Por eso espero el pip del ascensor pescante.
La roldana que sostiene el hilo deja de girar, se abre la reja del balcón y una voz en off me invita a soltar el anillo y pasar. Lo hago, claro.
No hay ninguna persona en el living. A mi izquierda, una pecera gigante llena de peces. A la derecha, una pequeña pecera vacía y una máquina registradora como la de los supermercados.
La voz en off dice “Pase el pez por el posnet”.
Me impaciento al no saber si agarrar un pez de la pecera, y como eso sería raro eso, busco en la habitación algún otro pez.
La voz en off repite cada dos segundos “Pase…” y a mi me traspiran las manos.
Me toco el bolsillo y me acuerdo del pez azul. Lo paso por el posnet, y la voz en off agradece. Sale un ticket que la voz me sugiere guardar, y me invita a retirarme por el ascensor. La puerta se abre. En la última mirada al departamento me doy cuenta de que la pecera chica ya no está vacía: nada un pez azul brillante.
Una vez en la calle el 110 sigue ahí, dos metros adelante de donde me había bajado. Vuelvo a subir, saco uno de uno veinte y por la ventanilla veo el brillo de plata que cuelga del hilo.
El pez rojo lo paso mañana.

Maquina registradora

No me gustan las máquinas registradoras.
Cuando entras al negocio salen al humo a registrarte el bolso.
Las máquinas registradoras de antes eran distintas. Se contentaban con los números, los precios de las cosas. Estas en cambio escarban, buscan lo que no se puede comprar, recuerdos.
Si descubren que llevas una foto, algo de valor sentimental, sacan las pinzas, lo capturan, levantan la tapa de la caja y se lo guardan para siempre.
Uno puede ir al Ministerio de la Propiedad Sentimental y explicar por que llevaba semejante cosa por la calle, bla, bla, bla.
Pero nunca devuelven nada.

Chinches en el mapa

La guerra duró todo el verano.
Antes, nos veíamos en la orilla. Ella escondía secretos que yo quería robarle.
De este lado había cintas rojas, chinches rojas en el mapa y pilas de notas.
Me quedaba en el refugio recibiendo las coordenadas día a día.
Cuando llegaban los aviones de papel con los datos, yo los recogía, los estiraba, los planchaba y los apilaba en orden. Finalmente colocaba la chinche roja en el lugar indicado por el grupo.
Cuando terminaba, me sentaba a comer mandarinas cerca de la ventana, mirando el río.
Del otro lado estaba ella. Cintas verdes, chinches verdes sobre el mapa y pilas de notas.
Una mañana llegó sin aviones de papel y salí a buscarla.
No la encontré.
En su refugio solo había un mapa con muchas chinches verdes y una chinche roja.

Camarón

En el balde de playa puse mis cosas y empecé a caminar por la orilla buscando solo caracoles blancos. La espuma fría es irresistible. Papá juega a la paleta con Toto y mamá toma sol lejos. Se la ve chiquita, cabe entre dos dedos que arman una c.
Mi tarea es buscar caracoles hasta que por al lado mío pasa un señor con un balde de pescador. Asoma una pata de langosta. La pata se mueve y aprieta el aire. Pobre bicho horrible, ahí solo respira su pata. Es tan asqueroso que no puedo dejar de mirarlo hasta que el pescador se adelanta. Papá y Toto lo corren al hombre para que les muestre al bicho. El hombre les acerca el balde. Corro y los tres miramos al crustáceo, al extraterrestre de tenazas. ¿De donde viene semejante ser? Las manos me transpiran, su mundo está lleno de cáscara rosa, de bigotes que en un dragón serían fantásticos pero que en esta cáscara de huevo se ven repulsivos. Quiero que lo maten y me siento culpable. Me provoca un miedo tan espantoso que no puedo moverme, no está bien desearle la muerte a un animalito indefenso que seguramente va a morir, pero me transpiran las manos y pienso que si no se lo lleva me voy a morir yo. En pánico, grito fuerte. Papá me abraza, el hombre se va, Toto me dice boba. Boba, pero lo escucho de lejos. La mano floja deja caer el balde con los caracoles blancos, ya no los quiero.
Me acuesto en la esterilla con mamá y me duermo.
Marco una linea de puntos, hasta acá vivo yo, de aquel lado el falso camarón.

Rigidez

Una mañana Lucio se despertó rígido. Un bloque de dureza. Tal vez lo más comparable hubiera sido una tabla de lavar, pero seguramente tenía más movilidad que él.
En calzones llamó a su mamá. Las palabras de Susana rebotaban como en un frontón sobre el cuerpo investible de su hijo que insistía en vestirse. Susana lo empujó sobre la cama. Le hablaba y le daba razones por las que había terminado de esa forma, razones todas que Lucio no escucho.
El pantalón fue fácil de colocar, pero la remera era imposible sin flexionar los brazos, así que Susana, le cortó los lados a una que aprobó Lucio de reojo. La ató con dos cintas a los costados para que no se abriera.
La doctora que vino a domicilio, lo mandó a hacer kinesiología. Para ello contrataron un micro, porque solo podía viajar parado.
Le compraron camisas y Lucio empezó a parecer un señor.
La kinesiología no hizo el efecto deseado. Recorrieron hospitales, médicos particulares, pero nada solucionaba su problema. Curanderas, recetas naturales, baños térmicos, inyecciones, etc.
Lucio se convirtió en un maniquí. Lo llevaban y traían Por casualidad comenzó a ejercer de modelo profesional y promocionaba unas pastillas para la felicidad. Todo el mundo las quería comprar y por eso lo llamaron de un programa de chimentos en canal trece. Hasta le ofrecieron un lugar con la utilería para que se quedara en el canal y no tuviera problema con los traslados. Salía muchísimo, las chicas se peleaban por estar con el.
Hasta que un día, pasó el furor. Comprobaron que las pastillas eran perjudiciales para la salud y fue dejando de aparecer. Quedó arrumbado en un camarín a disponibilidad del canal.
Un señor de limpieza le llevaba de comer.
Susana lo fue a buscar y se lo llevó a rastras, porque el no quería.
Hoy, cada vez que alguien va a su casa, le pasa las grabaciones en las que aparecía.

Notas comidas

Me comí la mala nota de la maestra, esa fue la primera vez.
Después en casa nadie podía dejar notas en la heladera, ni en las libretas porque yo los tragaba de un bocado.
Lo peor llegó de grande, cuando en el trabajo no descubrían cual era el misterio de los recordatorios pegados en las computadoras, que yo masticaba en los baños a la hora del almuerzo.
Mis hijos llegaron con una memoria envidiable, pero muchas veces las novias revolvían frenéticas las carteras en busca de direcciones casi digeridas.

En viaje

Gira la puerta, da una vuelta completa y una señora sale arreglándose el pelo. Otra vuelta más y cuando entra el señor de traje, nos metemos. Dos por hoja. Es difícil avanzar girando con los pies tan juntos y los pasos obligadamente cortos, pero vamos. No salimos nunca. Algunos entran, otros salen, pero nosotros, ahí, en la puerta giratoria del banco nación de San Martín.
El guardia nos grita desde el interior del banco que nos vayamos, pero nuestro viaje esta en el mejor momento y no se puede detener.
Joaquín maneja el volante negro, yo soy vigía, Maricel tiene el control de comando y Agus está en los motores. El guardia intruso logra subirse a bordo y se ubica en frente de mí, camina hacia atrás para mirarme a la cara. Me doy vuelta, y cambio el sentido de la puerta, porque soy vigía pero me da miedo la cara del señor. Me dice cosas, pero trato de no entenderlas. Los chicos me hacen señas, es momento de la huida. Prolongo unos instantes más el escape, mirando por última vez al guardia enfurecido y me arrojo con ventaja sobre la avenida, por la que los chicos ya avanzaron cuarenta metros. Escucho los gritos a mi espalda. A las tres cuadras ya no hay peligro y nos sentamos en un umbral a recuperar el aliento y a decidir nuestro próximo viaje.

Cosas sueltas

Lo ve y se hace migas de pan.
Se siente cachorro, estatua, jamón.
Se desenrolla las medias que vencidas por el elástico se vuelven a deslizar y se acurrucan en el tobillo. Molesto sube y baja. Arma la danza del zombi, parece un animal que relincha. El partido lo pierde por las medias, claro. Pero se las pone seguido.
Entre dos amigos que se quieren tiene que haber respeto.
No vale pellizcar finito.
No valen las patadas en la parte de atrás de las rodillas.
Entre dos amigos que se quieren no vale la comida masticada adentro del pan, ni la lanzada de babitas.

Semillas

La palma de la mano izquierda, llena.
La palma de la mano derecha, repleta. Pelotitas amarillas del árbol listas para ser lanzadas.
Espero atrás del sauce a que salga Mauro de su escondite. Cada vez que espío, recibo bombardeo de piñas secas que chocan con la corteza de mi escudo y se deshacen.
Paciente espero la posición que necesito de mi contrincante.
En el segundo preciso, el lanzamiento es certero y mi semilla le pega en la cara.
Mauro cae al suelo y grita.
En ese minuto se me aflojan las manos y todas las bolitas caen al piso en cámara lenta. ¡Le saqué un ojo! Y él se tapa la cara con las manos. ¿Estás bien? No contesta.
Me acerco despacio, no veo sangre y me alivia.
Cuando le toco el hombro, se levanta de un salto y me tira con todas las piñas que logra juntar del piso.
Acierta todos los tiros en mis piernas que huyen veloces atrás del arbol.
¡Me las vas a pagar!, le grito.
¿Estas bien?, me dice, burlón.
Bien, bien es otra cosa.

Umbral

Estaba sentada en el umbral de la puerta de casa cuando apareció un perro. Olfateó el aire y se sentó. Primero me hice la desentendida. Dicen que los perros si no les das bolilla se van. Pero no. El señor se quedó ahí. Entonces me paré y empecé a caminar despacio. Así.
No lo miraba, pero relojeaba cada tanto. En una de las disimuladas miraditas que detrás del perro venía una paloma. Me paré. La fila se paró. Seguí la marcha y caminé tres cuadras, pero en ese momento la fila contaba con dos integrantes más, un gato manchado y otro perro. No ladraban, ni maullaban, ni parecían pedir comida, ni nada.
Todos me miraban.
Yo ya no quería disimular mi preocupación, mi desesperación, y empecé a correr lo más rápido que pude de vuelta a casa. No quería fijarme, pero sabía, sabía que atrás mío había cada vez más animales.
Nunca me habían interesado particularmente los animales, qué lindos sí, pero nada más.
En la entrada de casa, al cerrar la puerta, y ví que había cientos de animales de todo tipo. Sin ruido, mirándome.
No intentaron entrar.
No empujaron.
Ordenados.
Me escondí atrás de la cortina y los espié. Me dio miedo. Pero ellos sabían.
Pensé que a lo mejor a Noé también le había pasado algo así, y que por ahí el Maldonado estaba a punto de desentubarse y ahogarnos a todos. Inundarse hasta la rodilla todavía, pero esto parecía otra cosa.
La pandilla de mirones no se movía.
Llamé a Mariela que sabe mucho de animales, y me dio la idea.
Salí, ignorándolos. Caminé las cinco cuadras hasta la plaza de San Martín y cuando llegué a la cancha de fútbol, había un grupo de chicos que estaban jugando.
Esperé cuarenta minutos mirando hacia arriba, para no hacer contacto visual, porque no hay que mirarlos siquiera, me dijo Mariela, y cuando terminó el partido pasé despacio. Piola, los ojos al cielo. Me quedé cerca de la reja. Una vez que entraron todos, cerré. Fácil. Y caminé para casa. Miraba atrás y nada. ¡Feliz! Me había sacado mil ojos de encima.
Todo iba bien hasta que sentí en la cabeza el bombazo de la paloma. Blanco tenía el pelo. Eran la paloma y todas sus amigas aves.
De ellas no pude librarme. Miran de costado. Con cortina y todo parece que ven igual.
Nada me gustan los pájaros.
En el umbral nunca, nunca me volví a sentar.

Eclipse

Empecé a andar con los ojos cerrados justo después del eclipse de sol.
Había subido a la terraza de casa con los larga-vistas, el pochoclo, la manta verde y una antena para recibir más clara la fuerza solar.
A la hora exacta que habían anunciado el eclipse en la tele, sucedió.
Pasado el evento, con sabor a poco, empecé a juntar mis cosas. Al levantar la antena, una luz como relámpago me recorrió. En ese momento no le di importancia. Bajé. Tiré todo en mi cuarto y me recosté en la cama.

Y ahora, cuando cierro los ojos, lo veo. Pestañeo y lo vuelvo a ver.
Feo. Chico. Extraño.
Abro los ojos, y ya no está.
Los cierro y aparece.
El bicho me hace señas, y pregunta con las manos donde está.
Yo no lo puedo escuchar, pero le entiendo. Como está adentro, y solo cuando cierro los ojos lo veo ahí, no sé que decirle.
Primero me da miedo, y lagrimean mis ojos de tenerlos tanto tiempo abiertos. Pero después descubro que es de lo más cordial y sociable.
Es un poco raro cuando se acerca en primer plano, por fulero, pero paradito así de lejos es simpático.
Y a partir de ahí agarré esto de andar con los ojos cerrados casi todo el día, porque el bicho me habla. Es increíble el lenguaje de señas que se armó.
El único que habla es él.
Nadie cree en la existencia de este ser.
La maestra piensa que duermo, y me reta todo el tiempo.
La verdad estoy distraido. Hace cosas para llamar mi la atención.
A veces intenta comprender cómo llego adentro de esta cabeza y hace formulas. Pero yo no entiendo ni jota. Parece que cuando haya eclipse de sol otra vez, va a poder volver a su camino. Yo pienso que a lo mejor no voy a estar. Pero no se lo digo.
Mamá me llevo a la psicóloga porque no entiende lo que pasa y se echa la culpa. Repite ¿Qué hice mal? ¿qué hice?
Y yo sigo investigando porque los grandes científicos siempre fueron incomprendidos.

Llave

Una abuela va a buscar la llave que abre el candado que cierra la caja que guarda la cuchara con la que le dio de comer por primera vez a su muñeco de pana, porque se la va a regalar a su nieta.
La llave la guarda en una botella que tiene un tapón que enganchó en una piedra en el acantilado donde veraneaba cuando era chica. Chica como su nieta.
Para que la abuela saque la llave necesita que los perros de la playa aúllen como aquella vez, que el sol se ponga tibio y que los pájaros dibujen lo mismo que el día en que guardó la llave.
Entonces sí, las conchillas de la arena le van a pinchar las plantas de los pies.
Pero los perros no aúllan y el sol no se pone tibio y no hay pájaros. La playa está lejos.
La abuela sabe. Con los ojos cerrados, hace un malabar y dibuja una llave que abre una caja transparente y saca una cuchara con un gesto que hunde en un plato brillante y le da de comer a un muñeco de pana que ahora es de la nieta y se llama igual, porque hay cosas que no cambian.

Suspensión

Flotar no es imposible, como los globos. A mí me pasa. No es tan romántico como cuando me imaginaba volando. Porque en realidad sucede de repente y una vez aparecí en Lanus. Por eso ahora llevo una pesa con una cuerda atada y cuando me agarra, por lo menos no me voy con el viento, es que un poco angustia no saber donde uno va a ir a parar.
Igual ahora, con el tema de los celulares es mas fácil, llamo y viene la grúa a bajarme. Antes, días enteros pasaba suspendida en el aire. Y la gente es mala, te ve ahí y nada, che, ni un vaso de agua.

Elástico

Camino de frente contando los pasos. Veintitrés.
Camino de espaldas contando los pasos. Veinticuatro.
El pasillo se estira y contrae ante mi intento de medirlo.
Imposible saber con exactitud las dimensiones de la pista.
Veinte veces repito la operación y no obtengo un resultado igual al otro.
¿Como promocionar el evento del barrio, sin saber de cuántos metros tiene la pista?
Opción b, dejar que la carrera se haga en lo de Marco. Pero ahí esta la hermana y no es lo mismo.
Empiezo a poner los obstáculos y todo va bien, no se nota el movimiento, pero miro para atrás y se amontonaron las vallas, las sillas para pasar por abajo y las cintas rojas.
Cuando a la noche llegue papá le voy a preguntar por el pasillo.
Hoy: suspendida la carrera por mal tiempo.

Pom

Mariela tenia un hámster.
Yo quería tener un hámster, pero mama me habia explicado todos los fundamentos y razones que hacían imposible traer a casa una mascota y esto incluía perros, gatos, ratones y peces, además de cualquier otra especie que se me pudiera ocurrir.
Mariela tenia un hámster. Era blanco, esponjoso y sus patitas rosadas le hacían cosquillas en el cuello a la dueña.
Se llamaba Pom.
Era hermoso Pom.
Como lo quería a Pom.
Tanto lo quería que esa tarde, cuando me estaba yendo de la casa de Mariela, lo metí en mi mochila y me lo llevé a Pom.
Se puede pensar que lo robé, pero no, solo quería tenerlo en casa una noche, y devolverlo a la mañana.
Apenas llegue a casa, me fui corriendo a mi cuarto y lo liberé. Pom salió rápido, olfateó al aire, se froto las patitas delanteras, recorrió la habitación con la mirada y se volvió a meter en la mochila.
Intenté sacarlo con las manos, pero mordía el hámster.
Traté de convencerlo, le ofrecí lechuga, zanahoria y manzana que había sacado de la heladera, pero Pom, no quería salir del bolso.
En ese momento lo decidí: Pom ya no me caía bien.
El ratón era obstinado y caprichoso.
Cerré la mochila, le avisé a mama que iba a devolverle algo a Mariela y le toque el timbre:
-Tomá Mariela, acá tenés el Pom. Muerde y es antipático. Gracias. ¿Mañana vamos a lo de Antonia? Tiene un pez muy raro. ¿Muerden los peces?

Palanca

En la esquina de la plaza de Apolinario Figueroa y San Martín, encontré tres cosas recostadas sobre el poste de luz. De dos, no voy a hablar. Pero la tercera… era una palanca de cambios.
Me gusta juntar objetos de la calle. Cosas dejadas para mí que después adquieren otro significado, y se combinan con otras para formar máquinas de usos diversos.
La palanca era especial. Me lo hizo saber. Era igual a las otras que había visto, pero sentí que me llamaba.
Me fui caminando con ella bajo el brazo como quien lleva un paraguas. Sin saber su potencial, la verdadera virtud que escondía.
Con el tiempo fui aprendiendo. No hacía falta enchufarla a ninguna máquina, ni vehículo.
La palanca, en sí misma, regulaba la velocidad. Manejaba el tiempo de los otros. Era selectiva, no es que paraba el mundo. Primero lo probé con gente que pasaba, con Cholo por ejemplo, que no se da cuenta de nada. O con señoras que iban a hacer las compras. Después comprendí que no tenia que usarlo con cualquiera.
Decidí usarlo solo con Daniel. Con pasión, me dedique a manejarle los tiempos a mi hermano, era un muñeco. Iba a mi ritmo. Verlo andar en primera y con gesto de no entender, haciendo fuerza para avanzar, era de mis divertimentos favoritos. Ni hablar cuando ponía reversa.
Mamá empezó a percibir que había algo raro y tuve que extremar mis cuidados. Lo último que necesitaba era que me sacaran la palanca. Entonces la usaba desde mi cuarto, y me guiaba por los sonidos de los golpes de Daniel, que coleccionó moretones de todos los colores.
Pero nada es perfecto ni dura cien años.
Una tarde, en la misma esquina, encontré una cinta métrica con propiedades únicas que absorbió por completo mi atención.

Pantalones

Todas las mañanas me despierta la abuela.
Como hoy. Me visto. Tomo el mejor café con leche con galletitas de agua cortadas adentro.
Pero extrañamente esta mañana, se me caen las cosas de las manos. Me choco con todo y sin querer golpeo reiteradas veces a quién está cerca.
La expresión de la abuela lo confirma. Algo no anda bien.
¿Será el hecho de que los pantalones me quedan notablemente chicos?
Salgo y respiro la calle. Puedo sentir el frío, pero el sol hace luminoso todo el camino a la escuela.
Me encuentro con Liliana Salas y con Silvia Pereyra en el patio. Les cuento que me siento rara, pero no notan nada extraño. Sin embargo, yo en ellas sí observo cosas raras. Las mochilas se chocan, se amontonan, y sus movimientos son llamativos. La maestra, al notarlo, solicita cuidado y respeto a la bandera. Pero nada podemos hacer en contra de estos movimientos involuntarios.
Ya en el grado, como en onda expansiva, séptimo entero parece rebotar.
Sergio Ortiz, Emanuel Dinucci y Martín Méndez se revuelcan aprovechando las oleadas de chicos, que como en un samba, empiezan a perder zapatos, botones, lapiceras.
En ese revoltijo de bancos, sillas y armario, no se sabe quien le apoya a quién las patas en la cara.
Nadie entiende el movimiento que se ha generado.
La maestra da aviso a la directora, que a su vez llama a la supervisora, y esta a los padres.
Deciden evacuar la escuela por miedo a un derrumbe. Llaman a los bomberos para que nos saquen, pero es imposible. En la puerta los padres lloran y preguntan qué está pasando adentro. Por la ventana nos ven pasar apelotonados y no distinguen a unos de otros. La directora los tranquiliza.
La fuerza de gravedad no nos afecta.
Desde la vereda esperan lo peor.
Pero nosotros, después del susto inicial, le vamos tomando el gustito y empezamos a darnos impulso y nos animamos a algunas vueltas carnero dobles, lo que genera un entusiasmo sonoro, carcajadas envuelven a la masa desproporcionada. El edificio tiembla.
El tiempo pasa sin que necesitemos nada más que eso que pasa en ese justo momento.
En grupo decidimos salir y agarrados de los edificios nos empujamos tratando de volver a nuestras casas. Sebastián y Martín Méndez son los últimos en entrar en su hogar, ya que, mellizos, se acompañan.
Los papás, desde abajo van siguiendo a cada globo-niño, tratando de no perderlos de vista. Tanto mirar para arriba deja con tortícolis a un cincuenta por ciento de los familiares.
Al cruzar el umbral de cada hogar, vuelve la gravedad.
No se habla más del fenómeno.
Al día siguiente me esperan pantalones nuevos, grandes.

Todo va y … La ley dice “todo vuelve”.

El otro día estaba jugando y de repente un borrador me pegó en la nuca.
Busqué al o a los responsables, pero estaba sola en mi cuarto. En casa no hay borradores. Si mamá se entera que uso la manga me mata, pero es así.
Sucedió lo mismo con el bollito de papel que le tiré a Luján en el ojo y el empujón que le pegué a Santiago en primer grado. Todo volvió a destiempo, pero volvió.
Estoy en estado de alerta permanente, porque uno no puede acordarse de todo lo que hizo durante su etapa escolar, sería demasiado que volvieran cada uno de los atropellos que cometió.
De lo bueno no hay porque preocuparse, pero el resto….
Como la volcada de leche sobre el tapado de piel de la señorita Inés por ejemplo, o la escupida en el jugo de Eli, o la mordida que le dí a Toby.
Con destreza evité comer el ají putaparió que había adentro de un tomate que encontré sospechosamente dejado en mi escritorio. Claramente evocaba la vez que Mariela vomito desesperada por la picantes de mi travesura.
Y lo peor de todo es que no puedo dejar de hacer ninguna de las cosas que se me ocurren. Sin ir más lejos hoy coloqué debajo del banco de Clarita el mechón de pelo de la seño y la tijera responsable.
Temo que vuelva a mi el espanto de Clarita sin tener la más mínima idea del culpable. Y no alcanzó el yo no fui.
Pido, suplico y pienso, una y otra vez, si haber ayudado a la abuela podrá atenuar lo que vendrá a partir de mis profundas investigaciones a los pequeños insectos del jardín.

El hombre del semáforo

Estoy en la esquina de Juan B. Justo y San Martín esperando para cruzar y escucho que me chistan. Miro para todos lados y no veo a nadie. ¡Pst, pst! Otra vez, miro para arriba y un hombre subido al palo del semáforo me pide que le alcance el balde azul con ropa para tender que está a mi lado. No había reparado en el balde hasta este momento. Le digo bueno, y mientras se lo alcanzo con esfuerzo le pregunto ¿por qué no tiende en su casa? Estoy en casa dice y me cuenta que es muy de seguir las reglas, que su mamá era un poco como su semáforo, que le daba permiso de a ratitos.
Y ahora se independizó y se vino para el semáforo, porque lo guía y lo orienta. Es un poco caprichoso con los tiempos, pero lo organiza. Aprendió a hacer todo rápido.
El problema grande fue que el otro día se cortó la luz, me dice mientras le paso un broche color rojo.
Tenía miedo de desorientarse, entonces quietito se quedó sentado en el semáforo, y empezó a aplaudir para no perderse, o para encontrarse, como en la playa. Cuando le alcanzo el broche amarillo, hace una pausa en el relato y tiende un calzón, como preparándose Después, mientras le doy el ultimo broche verde, me confiesa que a su mamá a veces también se le corta la luz y es peor.
Me despido y me lanzo a la avenida pensando en los misterios de los hombres que viven en los semáforos.

gana Tiempo

Desprendía humo de los zapatos nuevos.
Nunca se había imaginado la velocidad que podía tomar.
Algunos tenían envidia de semejante proeza.
La velocidad no es para cualquiera, queda claro. Los días pasan y uno tiene que poder agarrarse fuerte de algo, sino la vida lo lleva como el viento.
Un ancla posible es el armado de rompecabezas y otra: las carreras contra Tiempo.
Sí, Tiempo. Mi mamá obsesionada con el asunto decidió llamarlo así.
Todas las tardes salíamos a trotar. Descubrí su pasión por ir siempre unos pasos delante mío. Fuera yo a la velocidad que fuera, siempre delante mío.
Así se desencadenó un entrenamiento sin igual.
Su estilo desfachatado, su cara al viento lo hacían demasiado atractivo y me dejaba a un lado en cuanto a las miradas de los transeúntes.
Día a día iba tratando de superarlo, de dejar atrás a ese ser que establecía tal competencia.
Era imposible reconciliarme conmigo misma después de cada carrera.
Comenzó a juntarse mucha cantidad de gente. La presión se hacía insoportable para ambos. La desconcentración provocó saltos fallidos y tumbos que quedaron grabados no ya en la memoria solamente, sino en los celulares del setenta por ciento de los allí presentes.
Tiempo agredió a más de uno por interferir o por molestar. Esto causó la suspensión y el cambio de locación de varias carreras, ya que los padres del público nos acusaron con mamá.
Llevo ganadas 16 carreras, de 90. No, no se le puede ganar a un galgo si no es con trampas adicionales y con ayuda del público.

Causa

No se sabe por qué se quedo tres días sentada mirando por la ventana. Muchos ni se interesaron por saber. Ni comía, nada. La dejaron ahí. Total no es que se ponía mala. Marisa era la única que cuando terminaba la ronda de remedios se quedaba con ella un rato, tomaba el té y le cantaba una canción. Ahora mucho no me la acuerdo, pero decía algo del laurel, que se yo. Fue a principios del año pasado. Como que intuyó lo del hijo. Pero nadie le había dicho, ni nosotras sabíamos, lo supimos recién hace unos meses, pero ella si. Parece mentira. A mí me caía bien, era tranquila. No daba ningún problema. No la venían a visitar, la habían dejado solita nomás. A muchas las dejan acá y se olvidan.Y cuando vino el compañero suyo nos enteramos, pero ella ya había fallecido. Fue muy triste sabe, porque encontrarla así no es fácil. Marisa estuvo muy mal después de eso. La encontró ella. Y después todo lo que se habló, pero para mi sabía lo del hijo. Las madres saben todo de los hijos aunque esten lejos. Pero la cosa sigue. No se cuando será el juicio, yo voy a decir esto que le digo. Yo no miento.

Recién llegada

¿Por qué te pones las medias así? Subilas. No te van a mirar. ¿De dónde te sacaron a vos? Sos un esqueleto. ¿Hace cuánto que no comés? Vos vas a usar esta cama con la nena, en esta duermen las dos que están allá, las que se pintan las uñas. No toques nada que no sea tuyo, es decir nada, ¿está bien? Solo por hoy te voy a prestar esta ropa, te va a quedar horrible, porque sos un palo.¿Qué hijo de puta te vino a traer a vos acá? Parate derecha. ¿Qué te pasó ahí? Ya conoces las palizas…esto no es mejor. Si ves a uno que tiene cicatriz en la mano, andate lo más lejos que puedas, es jodido. Si te pide, vení a buscarme. Va a venir un viejo pajero, ese si, lo deja contento lo mínimo y tarda… apenas entre te lo marco y lo buscás. Tu pelo da asco. Andá a lavarte y te veo abajo. Si tardás el Turco te faja, apurate.

Friega

Se levantó a las seis de la mañana. Más cansada que ayer. Tomó unos mates y salió. Ahora, a las diez en punto empieza a fregar. Intercala momentos de impulsos rabiosos de frotado, con pensamientos sobre los resultados del trabajo… o sobre Sabrina. ¿Qué hice mal? Es la pregunta que aparece cada vez que se limpia la transpiración de la cara. Todos le dicen que no hay culpa posible, que Sabrina ya era grande y que a fin de cuentas había tomado sus propias decisiones. Pero algo secreto, guardado, le punza el pecho, y entonces vuelve a fregar. Le arden los dedos. La esponja de metal avanza sobre la piel. Ahora,Trapo. Friega, frota, enjuaga, restriega, aprieta, retuerce el trapo, frota, friega, enjuaga, restriega… Abre la canilla y el agua se lleva el cif ennegrecido, pero la pena le queda. Termina la cocina y se va a cambiar. La crema le resbala por las manos, la extiende por los brazos hasta el cuello. Se mira al espejo. No ve lo que le gustaría. Se acomoda el pelo abajo de dos horquillas rubias. Sale del baño y se despide hasta el viernes, se lleva el saco de lana que le tejió la señora Helena para Mara. En el tren a Caseros se acuerda de los viajes de las tres a la casa de la señora Clara, del cochecito verde de Mara en el tren repleto, de la muñeca de vestido violeta que tanto le gustaba a Sabrina, del pelo lacio, de los ojos grandes, de las manos agarradas en la pollera de salir, de las salidas, del Turco, de… En ese momento qué se iba a imaginar. Tan linda, tan feliz, tan en su mundo.

Tejido

Destrozar el traje invisible, cortarlo en pedazos y tirárselo en la cara a los que obligan a pasar hambres de todo tipo, desgarrar como carne el tejido del tejido. Arrojar a la platea como espectáculo jirones de lo que no pueden ver. Pero hay testigos de la figura que se esconde abajo del traje invisible.

Taco chino

Se sube la pollera. Las medias de nylon le hacen transpirar los pies. En este baño el calor está varios grados arriba. En el espejo, las ojeras. Los zapatos rojos, con hebilla, esos que la vendedora juró que no hacían doler, que el taco chino no, duelen. De todos modos la verdad en ese justo momento tiene el mismo valor, la misma textura que el pie hinchado sobresaliendo del zapato rojo. Todo en su contexto.Los diez pasos que la llevan del baño a la fiesta no son los mismos que los que la llevan del sillón a la heladera de su casa cualquier otro día. Estos diez pasos con los tacos rojos, la minifalda y las medias transpiradas tienen gusto a fracaso.

Lorena Paola

La abuela me dijo que a la tarde, a media cuadra de casa, iba a venir Lorena Paola.
Se lo había contado el diarero, el Cholo.
¡No lo podía creer!
Le pedí a mamá que me diera los ruleros. Yo de chica tenia el pelo muy lacio.
Por supuesto que no me moví del balcón desde temprano.
Los rulos que me había imaginado devinieron en ondas casi imperceptibles.
Yo me sentía otra.
¿A que casa vendría? Eso no lo sabía la abuela.
Mis hermanos se reían, pero de reojo miraban a ver si aparecía.
A las 16 34 llegó un auto blanco a la cuadra y estacionó enfrente de la casa de Don Albino.
Se bajaron, un señor de pelo negro y del asiento de atrás, bajó ella, Lorena Paola.
Se acercaron a la puerta gris del ph. Esa por la que había que pasar rápido. Por la que la abuela nos tenía prohibido pararnos. Si el Chileno nos hablaba, no teníamos que contestarle.
El Chileno había estado preso por lo que le había hecho a un chico.
Puerta gris, pantalón gris, camiseta blanca. Flaco, esmirriado, bajito era el “Chileno”.
Lorena Paola había entrado ahí. Con sus rulos, con su enterito de jean. Había entrado con el otro, que a lo mejor era su papá. O no.
Esperé en el balcón. Mamá me decía que vaya, que le toque el timbre y que la invitara a jugar. Pero no. Ahí no. Esperé en el balcón. Pensaba que cuando saliera le diría algo y las dos con rulos, algo.
Una hora después salió. Rápido. Se subió al auto blanco y se fue.

Zapatos

Los zapatos de mi abuela me quedan grandes.
Me hice pis, no tengo otros acá.
Me quedo quieta, porque sino me caigo.
Descalza no puedo estar, porque la abuela no quiere.
Los miro. Son negros. Feos. Pero no lo digo porque a la abuela le gustan.
Tengo el oso marrón con la pierna rota que me dio la tía Isolina. Todavía no le puse nombre.
Me siento en la silla y los zapatos se caen al piso con ruido.
Acuesto al paciente en la mesa.
Le grito a la abuela, que esta en la cocina, que me traiga la venda que le pedí.
La abuela la trae.
El oso mira para mi lado, pero no me mira a mi.
Le pregunto el nombre y no me habla. Me tiene miedo. Seguro.
Lo acaricio y le digo que no es nada, que va a estar bien.
Le paso un algodón, lo limpio.
Poner la venda no es nada fácil, y creo que se la dejé apretada, pero no se queja el pobre.
Lo nombro.
La abuela trae el café con leche con galletitas.

La madre

Está ahí parada, esa es. ¿Pensás que es fácil vivir con alguien así? No. Arrastra los pies. Me enferma que camine así. Esta gorda, por eso. Coleccionó cada kilo con cada embarazo. Cinco hijos. ¿Para qué? Decime vos. Si no sabe cuidarlos. Está extraviada. Mirala, con esos pelos grasosos. Me da asco y vergüenza. Siempre llegaba tarde a buscarme y no le decían nada porque se daban cuenta que no tenía remedio la pobre. Todos los días vestida igual, calzas estiradas y buzo corto. El día que entendí que esa mujer era mi madre decidí irme de su desprotección, de su abandono por idiotez y me fui. A cosas perores tal vez, pero me tuve que ir.

Dos

Dos mujeres se miran. Trazan la línea invisible de un límite que no respetan. No pueden dejar de reconocer el extraordinario parecido que las une, pero escupen sobre él.
Marchan juntas del brazo. Mastican.
Por la vereda sus pies esquivan pozos.
Del hombre solo quedó la taza de té en la vitrina y el pañuelo perfumado. Se fue. No hubo despedida. Pero en esta tarde de sol, a esta hora, no se les aparece, no lo ven en aquel que espera el colectivo ni en ningún otro.

Ambas trazan una frontera, otro borde que cada vez esta más cerca.

Costureras

A través de la cabeza de la aguja pasan muchos pensamientos. Hilos de pensamientos cosen retazos de historia.
Otras veces bajo las puntadas ocultan pequeñísimos detalles, que arrugados, laten.
Muchas veces las costureras acomodan al revés los pedazos y los hilos unen partes creando recuerdos, nuevas formas de interpretar hechos sueltos. A veces inventan.
Pero no siempre los pensamientos se deslizan fácilmente, a veces son tan gruesos que no se dejan enhebrar o se enredan en nudos con saña.
Años tardan en desenredar y ovillar los pensamientos agudos, que chillan. Cuando no es necesario cortar.
Las costureras, a veces, aprietan con demasiada fuerza la costura y se rompe el hilo. Cada retazo vuelve al lugar exacto de donde partió.
A veces los pedazos no alcanzan para cubrirlo todo. Agujeros negros se esparcen por la manta. Los pensamientos en manos laboriosas buscarán cerrar la trama.
En algunos casos, no hay manta, hay uno o dos retazos y nada más. Todo es pregunta.
Las puntadas que cada costurera elige son un misterio.
Algunas costureras cargan con los bordados que empezaron sus ancestros. Capas y capas de hilos se ocultan y aparecen. No se termina de saber a quien corresponde cada hilo.
Las hilachas, los puntos corridos, las superposiciones son recurrentes en los principiantes, pero con los años, las costureras expertas remiendan, zurcen y disimulan imperfecciones del pensamiento.
Algunas costureras cosen y descosen siempre el mismo retazo, le buscan cada vez una nueva posición, pero el retazo nunca acaba de encajar con el resto.
Coser, descoser partes y volver a unirlas es la tarea de las costureras.

Mudanza

Cada vez que nace un bebé en una familia, alguien mayor muere, le dije. Se horrorizó.
Dio un paso hasta el mueble gigante de madera, tocó las manijas y entreabrió la puerta.
No tenía mucho la abuela.
La cama con el colchón desvencijado y los resortes salidos que le daban un aspecto completamente irregular. Me senté en el borde y Dany empezó a poner los vestidos, uno a uno en la cama. El gris, los dos batones (uno de salir y el de cocinar) el tapado verde, el vestido de comunión de mamá. Dos cajitas. Adentro las medallas de la virgen, un cristo que sufre con la corona, todo enredado. En la otra, un anillo.
Eduardo no había tocado nada. Como si no estuviera por irse.
Desde la muerte de la abuela, años atrás, había ido juntando cosas de la calle. Ya no seleccionaba más. El fondo ahora era abrumador.
La casa que llamaba a entrar con olor a comida, ahora invitaba a retirarse. Se impuso un olor ácido, rancio. Vagabundo.
Las dos perras que antes de morir se habían ido convirtiendo en criaturas salvajes, habían dejado algo de sí que no se iba.
La casa estaba vendida y había que vaciarla, pero Eduardo no parecía apurado.
Se iba a volver a España. Hoy había salido.
Cuando vino Lory ya el mueble estaba vacío y la cama llena. Mamá dijo que bajaba en un rato.
Fuera del cuarto no quería tocar nada. Estaba todo sucio. Tenía que lavarme las manos, pero el baño era uno de los peores lugares. Me daba asco. No había vuelta atrás, ya no podía convertirse en un lugar habitable. Pero aún así me parecía injusto que se venda. Era la casa de ella y había sido mi casa también.
Eduardo sacó sus herramientas y las mandó en barco a España pero no pudo desocupar el fondo. No podía. Tuvimos que hacerlo nosotros. Papá encargó dos volquetes para meter las maderas, las partes de mis máquinas, bolsas de tornillos oxidados, gomas, pedazos de bancos. Eduardo trataba de rescatar partes de las pilas que llevábamos haciendo equilibrio hasta los volquetes. Papá intentaba explicarle que no iba a llevarse todo a España.
No entendía.

Papas en la iglesia

Dos papas ingresaron a la iglesia en la bolsa de una señora que, después de comprar, iba a rezar.
Al dejar la bolsa en el piso para arrodillarse, las papas rodaron hasta el rincón más oscuro del ángulo derecho de la estatua de la virgen maría. De una de las papa nació un brote. Pequeño primero y gigante más tarde e imposible a la semana. Tan extraordinario fue, que al crecer hacia arriba se llevó consigo a la imagen de la hermosa María, que pareció elevarse sola. ¡Milagro!, gritaban todos.
Parecía la figura de una niña, cristalizada, detenida en el tiempo. A medida que el brote crecía ella se alejaba con gracia.
Abajo las personas creyentes esperaban una señal, que hablara, que se manifiestara, que le salieran rayos de luz… La virgen no decía nada. Pero el brote cada vez llegaba más alto y alejaba la imagen divina de los mortales.
Furiosas las personas no entendieron lo que pasaba y hacharon el brote de papa, rebanaron la vida, el milagro de la luz desde el rincón oscuro. Siguieron sin entender nada. La otra papa se pudrió.

Mural

Desde la ventana del bar se ve la calle. Pasan autos de todos colores. Si estuviera con los nenes jugaríamos a contarlos. Hay poca gente por el calor. Ya son las cinco y arde la vereda.
Pero acá el aire nos da alivio al chico que pasa un trapo desprolijamente en el piso y a mí.
En forma de pecera, el sector fumadores y adentro un mural. Los personajes están echados como quien tira los dados. En general, no existe relación alguna entre ellos. Una mujer gorda, pelirroja, con portaligas, aparece recostada en un butacón, con la pierna levantada. Es tosca. En el espacio central del muro, dos mujeres, con ropa de los 30, con plumas, se miran. Están paradas. En los contornos, tangueros sentados y alguna mujer que fuma. Un músico con un contrabajo quiere asesinar a un perro, que aparece a una distancia de él. Todos están aburridos, como los que estamos en el bar.

Hermanas

La tía Pety se pregunta que se va a preparar. Va a comer sola.
Elige y desmenuza el pescado buscando las espinas que el pescadero le dijo que no iba a encontrar.
La tía Rosa ya no está.
La casa es enorme. Tiene sótano. Tiene muchas habitaciones. Tiene patio. Tiene una vitrina llena de animalitos de madera. Un vitraux filtra la luz de colores, pero ahora no, porque es de noche.
Después de comer, despacio lleva las cosas a la bacha de la cocina y las friega. Quiere limpiar algo más. Busca con la mirada.
Se va a su pieza. Se sienta en el borde de la cama y se desata el rodete. El pelo blanco, gris le cae sobre los hombros. Apoya la cabeza en la almohada.
No puede dormir. Gira y piensa. El gusto a poco.
Rosa de joven pudo haberse casado. Pero a la tía Pety no le gustaba el candidato. A Rosa si. Pero igual se quedo.
Se vuelve a sentar en la cama. Se para, va al baño y se lava los dientes. Se vuelve a acostar y cierra otra vez los ojos. Sabe que no va a dormir. Pero se queda quieta. Percibe que el tiempo pasa lento y las cosas que piensa no la ayudan.
Se levanta. Va al comedor y abre la vitrina. Agarra uno a uno los animalitos de madera. Les pasa con delicadeza la franela naranja. Los contiene un momento en la palma de la mano para observarlos. Elige uno, el que le gustaba más a Rosa. Lo sujeta fuerte. Camina de regreso a su cuarto por el pasillo oscuro. No ve, pero conoce de memoria cada parte de la casa. Se acuesta y se apoya el puño cerrado en el pecho. Cierra los ojos y consigue dormir unas horas.

Poco

No se quiere dormir. Le acaricio el poco pelo blanco. Mira hacia adelante, no ve la habitación. Habla con los de antes. Ve a papá y le dice otro nombre. Mamá piensa que nombra a sus hermanos.
Pregunta. Tiene la enagua beige gastada, transparente. Está flaquísima. Gira y murmura. Con Lory no nos miramos. La acompañamos al baño. La casa está horrible. Mamá no puede verla así. Eduardo se queda en la puerta de la piesa, no pasa.
Todos sabemos que se va a morir.
No se quiere dormir.
No se quiere morir.

Arrugo el papel en blanco

No tiene sentido escribirte.
Pienso que no lees las cartas. Lo creo porque hace años que te llegan y no respondes.
No supe el motivo por el que dejaste de hablarme. Mamá hizo las justificacines necesarias y en ese momento no me pesaba tu silencio. Pero ahora quedamos solo nosotros.
Debes estar más viejo, más necio que antes. De todos modos, se de vos, Nely y Jose me mantienen al tanto. Se que seguis prefiriendo el arroz blanco, que recortas las jugadas de ajedrez del diario y que tenes colesterol y no te cuidas lo necesario.
¿Por qué no volviste a abrirme la puerta? Fui muchas veces a verte. Sabía que estabas por Antonio.
Ya le di vueltas al asunto y no tenes motivo. Varias veces estuve tentada de ir a buscarte a la salida del negocio, pero no lo hice. Seguramente me ignorarías y aunque yo gritara, vos mirarias fijo hacia adelante como si no existiera. Como aquella vez.
No voy a preguntar más por vos. No voy a esperar una respuesta.
Esta, es la última carta que te escribo.

Defensa

¿Cuantos años en sentido contrario avanzan?
Hoy hay solo una medida.
Parado en la mitad justa un punto.
El hilo se hunde.
Lo que hay en ambos lados del hilo cae hacia el centro,
sobre aquel punto.

Defensa y Juan de Garay. Es un edificio antiguo lleno de atelieres, hermoso, pero deteriorado.
Mamá vino a firmar la garantía.
La habitación donde atiende Olga está llena de pequeñas estatuas negras en los estantes. Las sillas, el escritorio y el piso están cubiertos por libros y papeles, entonces tienen que apilar y correr las cosas para que mamá se pueda sentar. El cuarto no tiene ventanas y Olga fuma. El marido que nunca habla, en pijama, también fuma. El hijo, Alejandro, también fuma. Y está Adolfo, que es vidente y habla raro porque es de otro lado. No es pariente pero está siempre con ellos.
Mamá se va preocupada. Llora por teléfono con mi hermana. Mi hermana me llama enojada.
Sol estaba en la habitación al final del pasillo.
Mi atelier era un cuarto de tres por tres con un entrepiso chico donde entraba mi colchón. Tenía dos ventanas preciosas de metal y vidrio. Luminoso.Las cosas entraban perfecto. Mis pinturas y mi ropa. Mabel me había dado una de sus mesas alargadas para comer y trabajar.
La cocina compartida era fea. Siempre parecía estar sucia, así que cocinaba en mi cuarto con un anafe que me había regalado mi madrina y tenía horno.
En el mismo pasillo que compartía con Sol había tres cuartos más. En uno vivía Juan, un actor de teatro almodovaresco, que usaba tacos y sacaba unas fotos preciosas. En otro, Martín, actor de novelas que a cada uno que pasaba le ponía los videos de las tiras con las que se había hecho famoso. Triste, porque ya no lo llamaban y era visitador médico. Trataba de acostarse con todas las chicas de la pensión. En el ultimo cuarto, Carolina, que a la tercera noche de vivir en el edificio, entró en crisis. Gritaba con la música a todo volumen, llorando y diciendo cosas que no se entendían. Golpeaba las puertas puteando a todos y pidiéndoles cosas. Yo, asustada, quería ir al cuarto de Sol, pero quedaba al fondo y Carolina estaba ahí en el pasillo y golpeaba todo. Tuve miedo. Era alta, grandota, se me aparecía como Katja Aleman. Me sentía pequeña. Cuando golpeó mi puerta lo que pensé es que hacía mucho que quería ir al baño y no me animaba. Abrí. Con ojos extraviados, me pidió una toallita. No tenía. Andá a comprarme. Entonces me vestí, cerré la puerta con llave y empecé a bajar las primeras escaleras a la una de la mañana para ayudar a la falsa Katja. Pasé por el baño de abajo. Caminé hacia la siguiente escalera que daba a la calle Defensa, pensando que iba a estar todo cerrado. Apareció Adolfo. Y Adolfo sí que me daba miedo, y más a la una de la mañana. ¿Adónde va? A comprar. De ninguna manera, si quiere algo que vaya ella. Y me mando al cuarto. Katja, que escuchaba desde el pasillo de arriba, se empezó a pelear con Adolfo que estaba abajo, y yo me fui a dormir con Sol. Finalmente se la llevaron en ambulancia y la familia vino a buscar sus cosas. Del otro lado del pasillo, seis cuartos más. Seis historias que no conocí en los seis meses que viví ahí.
El precio de mi libertad era la hora y cuarto en el 39 de ida que tardaba hasta el trabajo nuevo, el transcurrir de las clases y la hora y cuarto de vuelta hasta la pensión. En esa época la ropa me quedaba chica y me sentía muy incómoda conmigo misma. Me aquejaba una adolescencia tardía insoportable. Y sobre todo me sentía sola. Pero en los atelieres siempre había alguien, y nos juntábamos a tomar mate. Pintaba muchísimo.
Quien determinó nuestro futuro inmediato en los atelieres fue Alejandro, el hijo de Olga. Vivía en un cuarto al lado de la oficina de su mamá. Su habitación estaba llena de peceras con luz azul. Se sentaba frente al ventanal que daba a la calle. Desde ahí, como centinela, veía quien entraba y salía del edificio. Hablaba poco, pero hablaba, no como su papá. Ambos parecían medicados. No hacía nada, solo fumaba. Siempre había olor a churrasco en esa parte del caserón.
Unas semanas antes de mudarnos con Sol a la casa de Córdoba y Bompland, Alejandro rompió a mazazos todas las puertas de la planta baja.

Cemento

-Es un día horrible. Va a llover.
Se quedaron calladas. Nos bajamos del auto. La puerta sonó fuerte.
Empezamos a caminar.
-Todas tienen fotos -dije
-Le ponen cara a la tierra -dijo Laura.
Victoria no habló.
No se veía a nadie.
Lejos, la parte nueva del cementerio.
Fuimos juntando piedras en el trayecto.
Estaba gris, todo menos los árboles con flores rojas, brillantes en febrero.
De rodillas una señora fregaba el mármol negro con un paño. La foto era de un nene. Me puse a llorar.
Buscamos casi frenéticas el nombre en el sector que le habían dicho a Vicky.
Aparecían otros, con nombres parecidos, con edades parecidas, con perfiles parecidos.
Cuando leyó su nombre sonó hueco.
Dejamos las piedras sobre las piedras que ya estaban en el rectángulo de cemento y mire lo grande de ese lugar. No quería ver a Vicky.
Vacío, enorme, muerto.
A pocos metros empleados del cementerio cavaban sacando tierra. Uno llegó en bicicleta y les dijo algo. Los demás se rieron.
Vicky ahí, sentada en la tumba empezó a hablar, a decir cosas de su papá, de antes, pero no pude escucharla. Visualmente el cielo gris y las tumbas tenían el mismo peso y se cortaba en los bordes con el muro de ladrillos.
Laura me toco el hombro. Me trajo de vuelta. Las tres nos abrazamos

La nadadora

Bernardo abre la valija. Saca un recorte de diario amarillento. Aparecen cuatro nadadoras. Todas con antiparras y mallas negras.
Bernardo da vuelta el recorte buscando las espaldas, o los nombres: parecen todas iguales con sus gorros de natación apretados.
Pasa la uña por encima de una de ellas.
Primero la tinta se corre y la nadadora se desfigura.
Sigue rascando el papel hasta que en lugar de la mujer aparece el vacío un hueco por el que se recorta el suéter de Bernardo.

Hueco

El hueco que quedó entre vos y yo, se mueve. Me sigue.
A veces me caigo adentro por semanas o meses.
Pero trepo y salgo, con esfuerzo.
La última vez caí tan hondo
que me costó trece meses
salir, volver y decidí
taparlo. Llené de
tierra negra
el pozo.

 

Lo rodeé con piedras y me despedí.